NARRATIVA REVISTA NÚMERO II

Tuvo el presentimiento de que moriría; tal vez hoy o a lo mejor mañana. La idea estuvo presente toda la jornada, desde temprano, desde antes de irse a trabajar.
De regreso, al bajar del ómnibus, se vio tan sola como cada noche; pero esta vez, la acompañaba una sensación fría contra la que sus abrigos eran inútiles. Ya no estaba el chofer ni el único pasajero con el que siempre conversaba.
Abrazó su bolso como quien se aferraría a un salvavidas durante un naufragio. Sus pasos, firmes y apurados, cortaban el vendaval que azotaba su cara. Tenues faroles iluminaban las esquinas. Tras cruzar la primera cuadra, vio su sombra solitaria avanzar junto a ella; el ladrido lejano de algunos perros rompió el silencio. Dos pasos más adelante, la oscuridad y el silencio se hicieron presentes otra vez.
Soltó un grito terrorífico cuando de la nada apareció un perro queriendo morderle la pierna. Su reacción instintiva, además del grito, fue asestarle un golpe con el bolso y maldecir al perro. Superado el susto, recapacitó que, de haberle dado del pan que llevaba en la cartera, el animal la acompañaría esa noche y todas las demás, en caso de reencontrarlo.
Sobresaltada, sintió que sus pasos se volvían más lentos o el trayecto más largo que de costumbre. Quizá, cuando viera a su hijo, todo esto quedaría como una mala jugada de su cabeza. Probablemente fuera un episodio de estrés o de ansiedad, donde la angustia atenta contra una misma.
Una cuadra menos. Faltaban ocho para que mamá la recibiera. También la preocupaba eso. Al mediodía, antes de salir, vio a su madre colgando la ropa en el patio. Se despidieron, pero de una manera algo distinta: se miraron unos segundos sin decirse ni una palabra. Sarina sabía que algún día volvería a casa y mamá ya no estaría; por supuesto, deseaba que eso fuera tarde, lo más tarde posible.
Unas pisadas detrás de ella la alertaron. Volteó a ver, pero la oscuridad no le permitió distinguir de qué se trataba, entonces decidió apurar el paso. Otro farol iluminó su figura. Calculó la distancia por donde pasaría este sujeto y volteó nuevamente para observarlo. Aparentaba ser un hombre, pues era de gran estatura y hombros anchos. Caminaba rápido, con las manos en los bolsillos, y ocultaba el rostro entre la ropa.
Sarina sufrió una agitación. La sensación de peligro inminente volvió a aflorar. «Puede ser que también esté volviendo a su casa. Camina rápido y se cubre porque tiene frío. Debo dejar estos pensamientos», se dijo a sí misma. Sin embargo, no se convencía de sus propias palabras.
Ella apuró la marcha. El extraño también.
Pensó en la mirada de mamá, pero ahora en la posibilidad de que fuera ella quien esperara a una hija que nunca llegaría, ni esa noche ni en los días que le quedaran por vivir; eso la aterró. Su madre no estaba lista para eso. Ninguna madre en el mundo. Ni ella misma siquiera, a quien se le hacía un nudo en el estómago cuando su hijo tardaba —jugando despreocupado— unos minutos en salir de la escuela.
Cinco cuadras restaban por recorrer. Una distancia relativamente corta, aunque, con alguien acechando a veinte metros, se convierte en una odisea infinita. No volteaba a mirar; no quería parecer una loca ni una paranoica. Tampoco quería gritar si, dado el caso, tenía al sujeto más cerca de lo que creía. Siempre evitaba el ridículo o llamar la atención.
La siguiente esquina no tenía luz; doscientos metros de total negrura, ni siquiera la luna estaba presente. Cables silbando con el roce del viento, siluetas de árboles sacudiéndose, sus jadeos violentos y, más atrás, las pisadas pesadas del desconocido que hacían crujir las piedras.
Faltando poco más de dos cuadras, Sarina se echó a correr tan rápido como pudo. El desconocido también lo hizo. Ya no escuchaba su respiración, sino los latidos cada vez más fuertes que subían de su pecho.
—¡Sarina! —gritó él. Estaba casi pisándole los talones.
Ella se detuvo en seco. Oyó familiar aquella voz. Era la misma que había pronunciado juramentos de amor, recitado los más bellos poemas y cantado canciones para su hijo. Sí, era la voz de él, el mismo que, tiempo después, convertiría aquel romance en amenazas, el cariño en golpizas y el hogar en una cárcel.
Mantuvo la calma por un instante; quizás las intenciones del hombre no fueran malas, pudo haber escarmentado y era su mente la que distorsionaba las cosas. Al fin y al cabo, la mitad de todo depende de la intención del otro.
Caminó unos pasos más, simulando tranquilidad. El frente iluminado de su casa le brindó una luz de esperanza. Mamá podría salir por la puerta a su encuentro, como tantas veces lo hizo cuando Sarina era niña.
El hombre la tomó por el hombro cuando ella quiso alejarse.
—Sarina —le susurró al oído.
La piel se le erizó. Por el tono de voz intuyó que ya era tarde, que debió gritar cuando pudo, que si hubiera seguido corriendo no la habría alcanzado, o que, de haberse mudado cuando tuvo la oportunidad, le ahorraría este problema.
Invadida por la culpa, ahora deseaba gritar el nombre de mamá sin importar las consecuencias, pero no pudo. Un frío rápido, agudo, la traspasó desde la espalda hasta el vientre, seguido de un fuego infernal esparcido por su cuerpo. Se repitió una vez, luego varias más. Fueron tantas que, en un momento, su carne ya no pudo distinguir el filo del metal.
Cayó de boca al suelo. Escuchó las maldiciones de su verdugo y, más allá, los ladridos de un perro.
Miró a casa esperando la salvación. No la halló. Solo paz cuando la luz se apagó.

Rafael llegaba los sábados antes que el rematador. No porque hiciera falta. Las primeras filas quedaban casi siempre vacías y nadie disputaba la silla 14, una plegable de madera con una pata más corta. Se sentaba, apoyaba el bastón entre las rodillas y esperaba mientras los empleados terminaban de acomodar las cosas.
Hacía seis años que iba. Nunca había comprado nada.
Ese sábado empezaron con una bicicleta sin frenos, dos mesas de luz y una lámpara de pie que alguien definió desde el fondo como espantosa.
—Para espantosa, está barata —contestó el rematador.
La lámpara salió por mil cuatrocientos pesos. El hombre que la compró pasó varios minutos tratando de convencer a un empleado de que entraría atravesada en el asiento trasero de un Corsa.
Rafael conocía esas discusiones. También sabía cuándo el rematador estaba realmente por cerrar un lote y cuándo decía «última oportunidad» porque esperaba otros cien pesos.
Laura se sentaba dos filas más adelante. Compraba vajilla, espejos y herramientas para revender. La ropa la dejaba pasar.
A las once y cuarto un empleado puso una caja de cartón sobre la mesa.
—Lote treinta y dos. Varios de cocina.
El rematador levantó un frasco lleno de botones.
—No sé qué hacen los botones en la cocina, pero vienen incluidos.
Rafael miró el costado de la caja. «Cocina», con una «C» demasiado abierta y la «N» inclinada hacia adelante.
—Arrancamos en quinientos.
Nadie respondió.
—¿Cuatrocientos?
Rafael levantó la mano.
El rematador demoró un segundo.
—Cuatrocientos el señor.
Laura ofreció quinientos.
Rafael volvió a levantar la mano.
—Seiscientos.
Laura se dio vuelta.
—Setecientos.
El empleado empezó a sacar cosas de la caja: dos repasadores, un paquete abierto de velas, un colador de aluminio, un rollo de bolsas para freezer y unas postales sujetas con una gomita reseca.
—Ochocientos —dijo Rafael.
El frasco de botones tenía una tapa roja de mayonesa. Su madre guardaba uno igual arriba de la máquina de coser. Después aparecieron una taza sin plato, una libreta y un despertador amarillo.
—A ver si tenemos suerte.
El rematador giró la ruedita trasera. Nada.
—No anda —dijo Laura.
El empleado apretó el botón de arriba y el despertador sonó.
Rafael levantó la cabeza. Fueron apenas unos segundos. Después el reloj volvió a la caja.
—Mil cien —dijo Laura.
Rafael levantó la mano.
—Mil doscientos.
Laura lo miró.
—¿Qué viste?
—Nada.
—Si no viste nada, dejámela.
Rafael volvió a ofrecer.
A dos mil pesos nadie prestaba atención a la lámpara ni al hombre del Corsa. Rafael seguía mirando la palabra escrita en la caja. Seis años antes había usado un marcador negro igual para escribir «cocina», «baño», «ropa» y «papeles» en las cajas de la casa de su madre.
Los primeros días separó las cosas con cuidado. Después empezó a meterlas donde hubiera lugar. El hombre del vaciamiento preguntó si podía llevarse lo que quedaba. Rafael dijo que sí.
Ese jueves Marta había llamado.
—Esperame hasta el sábado.
El hombre del vaciamiento fue al día siguiente.
—Tres mil quinientos —dijo Laura.
Rafael levantó la mano.
—Cuatro mil.
El rematador observó la caja.
—Espero que haya algo bueno ahí adentro.
Laura ofreció cuatro mil quinientos. Cuando llegaron a cinco mil, un hombre de la primera fila se dio vuelta. A seis mil, alguien silbó.
—Seis quinientos.
Rafael levantó la mano.
—Siete.
Laura tardó un poco.
—Siete quinientos.
El teléfono vibró en el bolsillo de Rafael.
—Ocho mil.
El rematador miró a Laura.
—¿Ocho cien?
Ella observó otra vez la caja.
—Quedátela. Por ocho ya no sirve para negocio.
—Ocho mil a la una.
Rafael dejó las manos sobre las rodillas.
—Ocho mil a las dos.
—Vendido.
Alguien aplaudió. El ayudante dejó la caja junto a la silla 14. El remate siguió con una aspiradora.
—¿Funciona? —preguntó una mujer.
—Si funcionara no estaría acá —dijo alguien desde atrás.
El rematador pidió que no ayudaran. Rafael sacó el frasco de botones. Debajo estaban las postales. Una de Piriápolis y otra de las Cataratas. Ninguna tenía nada escrito. Apartó el rollo de bolsas para freezer y encontró la libreta. Reconoció algunos nombres. Otros ya no sabía quiénes eran. La cerró. El despertador estaba al fondo. Lo sostuvo un momento. La rajadura del plástico atravesaba los números. Recordó una bolsa negra junto al contenedor, con el despertador apoyado encima. Había pensado que era una estupidez guardar algo roto. Después el recuerdo se hacía menos claro. No sabía si finalmente lo había tirado o si solo había pensado hacerlo.Dejó el reloj dentro de la caja y llamó al empleado.
—Muchacho.
—¿Sí?
—¿Había más cajas como esta?
El empleado miró hacia las mesas.
—Ayer descargaron un montón.
—¿De dónde vino?
—Ni idea.
—¿Quién sabe?
—Preguntale a Gustavo.
—¿Quién es Gustavo?
El muchacho señaló hacia el fondo sin mirar.
Rafael buscó entre la gente, pero no supo a quién había señalado. Sacó el teléfono sin desbloquearlo. En la pantalla había un mensaje del banco. Lo guardó.
—Lote treinta y tres —anunció el rematador—. Seis vasos, tres fuentes y una cafetera.
Un empleado acomodó las cosas sobre la mesa. Rafael las miró una por una. No reconoció nada.
La cafetera era de acero y tenía el asa negra. Una de las fuentes llevaba flores azules en el borde.
—¿Quinientos?
Nadie respondió.
—Cuatrocientos.
Laura estaba escribiendo en el celular.
—Trescientos y arrancamos.
Rafael levantó la mano.

Todos los días, desde que conoció a la mujer que lo dejó flechado de por vida, le solía entregar poemas o rimas cortas que le recordaban a ella. Hasta que, en un fatídico día, recibió una noticia que lo dejaría atónito. Lloró desconsolado mientras sostenía aquella carta del hospital que le había sido entregada. La tiró con un gran sentimiento de frustración: eran demasiadas emociones a la vez.
Salió en su auto manejando imprudentemente, al punto de estrellarse unas calles antes. Con la sangre en las manos y en la cabeza, saliendo a duras penas del vehículo, caminó malherido hasta que pudo llegar al hospital. Al entrar, se enteró de la peor parte: a su amada le había dado miocardiopatía y, al vivir en una comunidad muy rural, nadie se atrevería a operarla. Desesperado, exigió salvarla, pero los médicos le explicaron que solo había una forma de donarle su corazón.
Tras hacerle pruebas médicas de urgencia debido al impacto del choque, los doctores descubrieron que no le quedaba mucho tiempo; el fuerte golpe le había provocado muerte cerebral, convirtiéndolo legalmente en el donante perfecto. Así que, con una lágrima en la mejilla, pidió una pluma y un papel donde escribió:
Si mi alma fuera plumas,
mi corazón un tintero,
con la sangre de mis venas
te escribiría un «te quiero».
Le dio un beso en la frente, sabiendo que la dejaría marcada. Lo estaba haciendo como un acto puro y sincero de amor para su mayor musa, dejando este mundo con la idea de devolverle lo que ella le dio: un corazón para amar. Él le daría uno para seguir disfrutando la vida, partiendo de este mundo con felicidad por haberla salvado, ya que una vida sin ella no sería vida.

Chola
La familia de mi abuela vivía en provincia; nosotros éramos los de capital. Una vez por mes nos tomábamos el «uno» ella, mi hermana y yo, y nos íbamos hasta Morón. Mi abuela me hacía ceder el asiento siempre; parecía que fabricaba ella a las señoras mayores que iban subiendo. Tendría siete años, ocho quizá, y siempre viajaba parada; ella quedaba sentada con mi hermana a upa.
Tenía mucha familia en Morón, pero mi casa favorita para ir era la de la tía Hilda, un personaje entretenidísimo que se podía pasar la tarde entera jugando al chinchón con mi abuela, pero que además nos divertía a mi hermana y a mí. Lo más gracioso de mi tía era cómo hablaba y que siempre estaba comiendo, aunque al mismo tiempo siempre se declaraba a dieta, un mal de los años noventa.
Mis primas tenían apenas unos años más que yo, pero en esa época eran dos adolescentes altas y hermosas a quienes yo miraba maravillada e imitaba en todo lo que podía, en especial en el jopo del pelo y en su gusto por Axl Rose.
Pero lo mejor que tenía la tía Hilda era su casa, porque en la parte de atrás había un pequeño cuarto que era el taller del tío Hugo, lleno de herramientas y cachivaches que, cada vez que se ponían a jugar las grandes al chinchón, yo inspeccionaba de punta a punta. Pocas veces había grandes hallazgos, siempre revisaba los mismos cajoncitos, pero tenía la certeza renovada cada vez de que algo nuevo e importante podía aparecer.
Pero al lado del taller estaba algo aún mejor: la pileta. Aunque no siempre tenía acceso. Como mi abuela y mi tía no se metían, no solo tenía que hacer el clima «correcto» para poder entrar a la pileta, sino que alguien más también tenía que hacerlo; recuerdo muy bien la primera vez que me metí. Mi hermana y yo estábamos felices; ya habíamos llevado la malla debajo de la remera, así que ese día no iba a haber excusa. Estaba mi prima Alejandra. Primero almorzamos; después, la bendita digestión y, a eso de las cuatro de la tarde, llegó nuestra hora y a la pileta nos fuimos.
Era una pileta toda de piedra, laja en el piso y a los costados: un lado hondo, un lado más bajito. Mi abuela y mi tía salieron afuera a tomar mate y mi hermana, mi prima y yo jugamos en la pileta largo rato. Al tiempo de estar adentro me cansé; bueno, en realidad me dio hambre, así que decidí salir a ver si pescaba algún cuernito de grasa. Subí las escaleritas y, cuando ya estaba afuera, miré para abajo: había un caminito de sangre.
Me senté al borde de la pileta y me miré los pies; estaban todos los dedos lastimados. La miré a mi abuela y mi tía dijo: «Es que la laja es así, te corta». A los segundos de salir me empezó a arder; no hubo manera de volver a meterme. Mi hermana salió igual: sangre en sus diez dedos. Yo no lograba entender cómo alguien aceptaría hacer su pileta de un material que lastimara la piel. Aun así, cada vez que iba a lo de mi tía quería meterme; era más cuidadosa que la primera vez e intentaba no pisar tanto el piso, sino flotar lo más posible. Lo que siempre me pareció muy raro era que, estando adentro de la pileta, una no va sintiendo cómo el pie se lastima; es recién estando fuera que se inicia el dolor. Recuerdo muchas veces estar en la pileta y convencerme a mí misma de que esa vez no me estaba lastimando; era imposible que algo que no doliera pudiese estar cortando la piel. Sin embargo, cada vez que salía, ese camino de sangre me seguía.
Un día mi tía me preguntó si me animaba a ir el fin de semana entero a su casa quinta. ¿Animarme? Era lo que más quería: mis primas todas para mi durante un fin de semana entero, iba a comer cosas ricas, pileta ilimitada.
Cuando llegamos era una zona de quintas: casas separadas apenas por alambres, pastos altos, de puerta, unas tranqueras. Junto con nosotros llegó a la casa de al lado otra familia; mi tía y mi tío los saludaron de lejos con la mano. Había una nena también, me dijo mi tía que si quería más tarde podía salir a jugar con ella.
La casa era grande y, como toda casa de fin de semana, se fue armando con las cosas que sobran o le quedan viejas a la casa principal: las tazas todas distintas, los colchones no tienen la misma densidad, las colchas llevan décadas cubriendo cuerpos y casi todos los platos son de madera. Me encantaba lo ecléctico de la decoración.
Era una invitada y conocía bien las reglas a seguir; mi abuela se había encargado de eso. Primero, preguntar siempre en qué puedo ayudar; después, agradecer hasta el saludo y nunca jamás pedir nada. En la quinta había una pileta, pero esta era mucho más grande que la de laja y me fue aclarado de entrada que no podía meterme sola y que tratara de no acercarme demasiado si no había un grande cerca.
Después de almorzar mi tía me preguntó si quería salir a jugar con la nena de los vecinos; me contó que ellos en realidad eran caseros de la casa de al lado. Yo le respondí que no, pero que iba a ir un rato a la puerta con el perro; me aclaró que mientras ella desde la ventana me pudiera ver, no había problema.
Salí a la puerta: toda la calle de tierra, muchos perros, no había nadie. Hacía calor, quería meterme en la pileta, pero no sabía cómo pedírselo a mi tía; me puse a pensar indirectas cuando escuché un ruido, giré y vi que la nena de la casa de al lado también había salido. Yo creo que era más chica que yo, o era muy flaquita y parecía más nena. Nos miramos bastante las dos, aunque alternadamente: si ella me miraba a mí yo fijaba la vista en la tierra, y cuando llegaba mi momento de investigarla ella me hacía el favor y miraba para el otro costado. Es imposible aseverarlo, pero creo que alguna de las dos estaba a punto de hablar cuando mi tía me llamo a tomar la leche.
Ese primer día ni por asomo hubo pile, lo que si hubo fue peli de terror con mis primas eso valió más que cualquier zambullida. Al otro día, apenas me levanté, mi tía me dio el cronograma del día: —Ahora con el tío vamos a comprar para el asado. Comemos, pileta a la tarde y tipo siete nos vamos volviendo; la ruta va a estar muy trabada así que, paciencia.
Me quedé con mis primas en la casa, pusieron los «Guns» y yo fingí un placer enorme por esa aparente libertad de poder poner música a todo volumen y que no hubiera adultos alrededor, pero en el fondo me aburría. Mi tía Hilda siempre hacia chistes y me invitaba a jugar al chinchón; mis primas eran muy agradables pero la idea de ponerse a charlar con una chica de ocho años no parecía serles muy estimulante.
Hacía mucho calor y en la casa de al lado ya se habían metido en la pileta; la nena estaba con alguien más que no lograba ver bien. Luego llegaron mis tíos e hicieron el asado. Yo ayudé a cortar algún tomate o algo de eso, aunque en lo único que pensaba era en la pileta. Para que no olvidaran el trato, me metí en la casa y me puse la malla y un short. Comimos y mi tío se fue a dormir la siesta; quedamos nosotras jugando a las cartas y, al rato, mi tía Hilda dijo: —¿Querés meterte? —Traté de no sonar muy desesperada, pero se ve que no lo logré porque se rio—. Dale, ahí vamos —me dijo.
Nos metimos las cuatro. Esta pileta era mucho más honda, no hacía pie en ningún lugar; por un lado mejor porque no había riesgo de lastimar mis dedos, por el otro me cansaba bastante porque tenía que estar nadando todo el tiempo.
A la hora de la merienda, mientras ellas tomaban unos mates, yo seguía metida; solo me acercaba al borde para comerme alguna galletita, un anillito o una boca de dama. Ya eran las seis y había que empezar a arreglar todo; salí de la pile sin chistar y me fui al cuarto a cambiar. Era verano, así que aún era pleno día; el sol seguía fuerte, pero el calor ya había bajado.
Ya estaba vestida y fui a la mesa del patio a disfrutar los últimos minutos de la quinta; nos sentamos ahí con mis primas. Cuando empezamos a escuchar gritos y ladridos, venían de la casa de al lado. —Otra vez esos perros —dijo una de ellas. Salieron mis tíos a ver qué pasaba y por un segundo los cinco miramos a la quinta de al lado sin entender, hasta que una imagen empezó a formarse: una persona saltó a la pileta y salió al segundo con alguien desmayado en brazos. Nosotros no nos movimos; creo que no entendíamos bien qué pasaba. La luz cambió en ese momento, ya no estaba el sol en alto; esa hora azul del verano comenzaba, serían las siete.
—¡Agarrá las llaves! —gritó alguien. Cuando miramos para la puerta, una mujer con una nena desvanecida en brazos gritaba. —Metela adentro —dijo mi tía a una de mis primas, por mí, y ahí la consistencia del tiempo se volvió otra; no sé de qué sustancia se hacen los sueños, pero es parecida al espesor de la tragedia.
—¡Se me muere la nena! —gritaba la señora. Mi tío agarró el auto y se la llevó. No sé cuánto tardó en volver, tampoco a qué hora llegamos a la casa de Morón. No pregunté nunca nada, no quería saber. Las caras de todos ya dejaban claro lo que había pasado y no me interesaba confirmarlo; sentía que, si no lo sabía, quizás la nena se había salvado.
No volví a la quinta; me invitaron varias veces, pero nunca me dieron ganas. A la pileta de laja me seguí metiendo: ya no me pareció tan grave que me sangraran los dedos.
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El prematuro anochecer del otoño apenas dejaba ver quién golpeaba las palmas tras el precario portón de alambre tejido. Abrí apenas la puerta. Del otro lado se encontraba un hombre mayor. Llevaba una vieja y agujereada gorra de lana. Su barba larga y desaliñada era gris, salvo alrededor de sus labios, donde el tabaco había pintado ocres. Su ropa parecía quedarle varios talles grande. No tardé en catalogarlo como un linyera.
—¿Sí? —atendí cortante.
—Buenas noches, joven —respondió el hombre —estoy vendiendo unas medias, ¿las querés ver?
Su voz, lejos de ser débil o temblorosa, sonaba profunda y grave, con esa textura ronca que dejan el tabaco, la bebida y el frío de la calle.
—A ver.
—Son de algodón bueno, fijate el elástico, es de calidad también —explicaba con sus manos toscas y arrugadas.
—¿Cuánto salen? —pregunté, no pudiendo evitar inclinarme hacia atrás, tratando de esquivar la vaharada de cigarrillo, alcohol y falta de higiene que se desprendía de él.
No recuerdo cuánto pagué. Seguramente más de lo que valían. Pero la sensación de haber ayudado compensaba la diferencia.
Dos o tres días después, escuché nuevamente aquellas palmadas peculiares. Me asomé a la ventana tratando de no ser visto, pero sus ojos grises adivinaron mi presencia tras las cortinas. Era el linyera.
«¡¿Otra vez?!», mascullé para mis adentros. «¿Qué quiere ahora?».
—¿Sí? —volví a atender, visiblemente molesto. No me gustaba tenerlo en la puerta de casa.
—Tengo productos de limpieza —dijo mientras abría una enorme bolsa con botellas de gaseosa de distintos tamaños, rellenadas con líquidos de colores—. Detergente, lavandina, jabón para la ropa y esta botella más chica es de suavizante.
«Le compro para ayudar nomás, estos productos deben ser malísimos» pensé mientras guardaba las botellas. Más adelante comprobaría que, para mi sorpresa, la ropa quedaba mejor que con el jabón que comprábamos siempre. Los precios no eran nada competitivos, pero la comodidad de la entrega en casa terminaba justificándolos.
Y de esa manera, sin convenios, preguntas ni explicaciones, se fue firmando un contrato tácito dónde el linyera pasaría a vender una o dos veces por semana. Con el paso del tiempo la relación, estrictamente comercial, progresó al punto que, si yo no estaba, dejaba los productos en casa, para pasar a cobrar los sábados a la mañana, día en que me encontraba seguro.
—¿Vos cómo te llamás? —preguntó un día—. Te tengo anotado en el cuaderno como «El muchacho de la esquina».
—Martín me llamo.
—Martín, como Martín de Aragón —dijo mientras escribía mi nombre en el cuaderno de pedidos.
«¿Martín de Aragón?» pensé. A pesar de que me gustaba la historia y la lectura, tuve que buscar la referencia, desconocida para mí hasta entonces. «¿Cómo sabe este tipo estas cosas?».
Cierto día, conversando con una vecina alambrado de por medio, supe que también le vendía a ella y a varios más. Descubrí que vivía cerca de mí, en ese cuadriculado de lotes que separaba los countries de la ciudad: el punto exacto donde el conurbano se devoraba el campo. No sé si por curiosidad o morbo, quise conocer la casa de nuestro proveedor. Caminar esos pocos metros obligaba a pelearse a patadas con una miríada de perros, ya fueran callejeros o de dueños despreocupados. Todos gobernaban a mordidas su reino de calles de tierra. Finalmente, llegué a un chalet de una planta, de esos típicos de los años cincuenta. El techo cubierto por un silobolsa, las ventanas sin vidrios tapadas con carteles inmobiliarios y el cable colgado de la línea eléctrica se fundían con un lote abigarrado de retamas y falsos cafetos. Todo ese abandono hacía que la casa apenas contrastara con el resto del barrio.
El invierno, como de costumbre, redujo las temperaturas, las horas de luz y el tiempo que uno pasa afuera. Pero el servicio de entrega de productos de limpieza con pago diferido funcionaba a la perfección. Una de esas blancas mañanas, de las que nos hacen chequear el termómetro dos veces, pensé que el hombre podría pasar frío en su precaria vivienda, por lo que el sábado, cuando pasó a cobrar, le pregunté si le vendría bien una estufa eléctrica que tenía de más. A mi casa no le sobraba nada, pero a la suya le faltaba todo. Aceptó de buen modo la estufa, llevándosela en el acto. A los pocos minutos llamó nuevamente.
—¿Sí? —respondí. Aunque este «¿sí?» ya no era tan cortante cómo el de unos meses atrás.
—¿A vos te gusta la lectura?
—Sí, claro, me encanta —respondí mientras me acercaba a él, abriendo el portón.
—¿Querés alguno de estos?
Me puse a revisar los ajados textos de amarillas páginas, quedándome al final con Los Hermanos Karamazov.
—¿Me presta este, don?
—No te lo presto, te lo regalo. Aparte me lo sé de memoria ya.
Sentí que la sangre se me helaba: el linyera leía Dostoievski. En la primera página figuraba un apellido escrito hacía décadas con el distintivo trazo de una pluma fuente: Conde.
Una mañana casi de primavera, mientras estaba afuera cortando el pasto, el hombre pasó frente a mí en bicicleta.
—Buenas, Conde —saludé arriesgando su nombre.
—Leíste mi nombre en el libro…
—Me hizo acordar. Espéreme un cachito que ya vengo.
Volví con tres libros míos.
—¿Quiere alguno? —pregunté—. Pero yo no los regalo, ¿eh? Prestar sí.
—Ese ya lo leí —dijo a la vez que señalaba El rey Lear—. Prestame este otro.
Tomó El gran Gatsby con sus manos rústicas y callosas y se alejó caminando con su bicicleta cargada de mercadería, cartones y cachivaches.
A la tarde, luego de la siesta, escuché cómo Conde llamaba al portón. Para entonces ya había aprendido a distinguir cómo sonaban sus palmas, muy distintivo quizá por el estado de sus ancianas y rústicas manos.
—Te lo devuelvo, gracias —me dijo extendiendo su mano sobre el portón.
—¿Se arrepintió de elegir este?
—Ya lo terminé. Me costó, ¿eh? La vista no me funca como antes.
—¿Que le pareció? —pregunté más por ponerlo a prueba que por conversar con él.
—Y… nunca es conveniente ponerse metas inalcanzables. Te dejo que me voy a repartir.
Quedé estupefacto. Lo había leído en menos de medio día.
El ensordecedor canto de las cigarras presagiaba el verano caluroso que teníamos por delante. Yo me encontraba tomando mate en la mesita del jardín cuando Conde llamó a la puerta.
—Don Martín de Aragón, te dejo las botellas. La lavandina la tuve que estirar un poquito con agua porque no me alcanzaba para comprar todo, si no, pero a vos no te la cobro —explicó.
—Gracias, Conde —respondí contento. Me sentía un cliente especial al que se le podía confesar la treta.
Yo me encontraba frente a él, con el mate y el termo en la mano. En un acto reflejo le ofrecí.
—¿Se toma un amargo?
—Sí, por supuesto, gracias.
—Conde, ¿dónde leyó lo de Martín de Aragón?
El anciano hizo una pausa, apuró el mate hasta que hizo ruido y reveló sin rodeos:
—Soy profesor de historia.
Quedé atónito unos segundos, sin saber cuánto había de verdad y cuánto de invención.
—Me recibí en la Universidad de la República en el sesenta y seis —continuó.
—¡Qué bárbaro! —respondí de forma automática mientras seguía cebando.
—No me olvido más esa fecha: era el mundial de Inglaterra.
—Yo quería ser profesor de historia y también escritor, pero ¿de qué iba a vivir?
—¡De vender productos sueltos!
Nos quedamos un buen rato hablando de historia hasta que se hizo la hora de que se fuera. «¿Universidad de la República?» me quedé pensando. Yo daba clases en una universidad y, aun así, no estaba seguro de haber oído hablar de una institución con ese nombre. No tardé en recordar que la UdelaR era una de las más prestigiosas del Uruguay.
«Conde es uruguayo» me dije asombrado y algo entusiasmado.
Un sábado a la mañana, bien temprano, pero no lo suficiente para ser impertinente, Conde pasó vendiendo pan con chicharrón casero. Se los compraba a una chica que andaba pasando necesidades, algo bastante común en el barrio. Le compré uno a condición de que, al finalizar el reparto, vuelva a casa a tomar mate y a compartir el pan, invitación que aceptó.
—No sabía que era uruguayo —disparé mientras cebaba el primer mate.
—De Paysandú.
—Jaque a Paysandú.
—¡Claro! —ahora era él quien quedaba perplejo de mi alcance cómo lector. —Hablando de jaque, veo por la ventana que jugás al ajedrez —dijo señalando mi viejo juego de trebejos de baquelita.
—Bueno, muevo las piezas, digamos.
—¿Hacemos un partidito?
—Dele.
Entré a casa a buscar el juego, con el que nunca le gané a mi abuelo y pocas veces a mi padre. Jugamos cómo cinco o seis partidas esa mañana. A esta altura, Conde no era un vecino más.
Una tarde de calor, en una de nuestras ya habituales rondas de mate y ajedrez, mencioné:
—¡Qué calor! Cuando se vayan los de la quinta de al lado, me tiro a la pileta.
—No me digas que también nadás.
—Hice natación algunos años, sí. De adolescente, más que nada.
—¿Sabías que yo fui varias veces Campeón Nacional? —soltó cómo prendiendo la mecha de una nueva anécdota.
—¿Cómo voy a saber? ¿En Uruguay?
—Claro. Yo entrenaba en el Club Remeros y me metí varias veces en las finales del Neptuno —en ese momento, sus profundos ojos grises se clavaron en la nada, cómo si viajara de repente a ese lugar, en esa época.
A veces, sus relatos me parecían inverosímiles. Pero algo había que me estimulaba a hacer la pregunta que me carcomía.
—Conde, ¿cómo terminó acá? —lancé la estocada con mucha vergüenza, casi cómo pidiendo permiso.
Se quedó un largo rato en silencio, cómo si estuviera reviviendo viejos pesares o maquinando nuevas patrañas.
—Mi padre tiene mucho dinero. Es dueño de varios campos en Paysandú. Él quería que yo me dedicara a llevar los negocios de la familia. Y yo tenía sueños. Después de esa pelea, nunca más volví.
Conde hizo una pausa. Con mano temblorosa dejó el mate sobre la mesa y tardó en volver a levantar la vista. Sus ojos estaban vidriosos. También los míos. Me hubiese gustado haber dicho algo o darle un abrazo. Pero nos quedamos en silencio. Sin tomar mate.
Después de aquella charla nunca volvimos a tocar el tema, cómo si nos hubiéramos puesto de acuerdo.
Unas fuertes lluvias que habían inundado todo me obligaron a rectificar las zanjas a los costados de la calle. Y en eso estaba, pala en mano, cuando un auto de alta gama paró a mi lado.
—Hola, buenas tardes —saludó una señora muy bien arreglada y vestida.
—Buenas tardes —respondí más bien por intriga que por buena costumbre.
—Estamos buscando una persona y me dijeron que vive por aquí. Se llama Conde, ¿lo conocés?
Me quedé en silencio unos instantes. Sentí que la cara se me ponía roja. Recordé sus anécdotas.
—Sí, claro que lo conozco —respondí tratando de ocultar la agitación que me invadía—. Tiene que volver para atrás casi doscientos metros. A mitad de cuadra, sobre esta misma mano, va a encontrar un chalecito lleno de plantas, con las ventanas tapadas por chapas. No le puede errar.
—Muchas gracias.
El auto siguió mis indicaciones. Yo me metí en casa sin terminar la zanja.
Unos días más tarde volví a sentir las palmas. Me apuré a abrir la puerta.
—¡Conde! —exclamé con algarabía.
Tenía la barba y el cabello bien recortados y peinados. Vestía ropa de marca, nueva y de su talle.
—¡Qué pinta, parece un artista de cine! —dije sorprendido, al tiempo que lo invitaba a pasar.
Nos sentamos, como de costumbre, a la mesa del jardín donde tomábamos mate.
—Me vuelvo a Paysandú, gurí —me dijo con una expresión que no sabría describir—. Esta gente —siguió mientras señalaba el auto con un gesto de su cabeza— es de una escribanía de allá. Me estuvieron buscando más de un año. Mi padre falleció y se declaraban desiertas las propiedades si yo no aparecía.
—Claro —dije invitando a que siguiera contando.
—Ya puedo volver. La pelea terminó.
Hizo una pausa larga, que pondría incómodo a cualquiera. Pero no a nosotros. De alguna manera habíamos aprendido a decirnos las cosas sin hablar. Dejó el mate en la mesa y me entregó una bolsa. Dentro había un paquete envuelto en papel de regalo. No llegué a abrir el paquete, cuando dijo:
—Como a vos te gusta pescar, les pedí que te compren un chaleco de esos con muchos bolsillos.
Agradecí con un nudo en la garganta. Y seguimos tomando mate en silencio mientras la gente en el auto, un Mercedes-Benz, esperaba pacientemente. Cuando terminamos, lo acompañé hasta la calle. Estaba por entrar al auto cuando pregunté:
—¿Se va a dedicar a los negocios familiares al final?
—¡Ni loco! —respondió riéndose—. Esta vuelta voy a poder ser escritor.
Respondí con una sonrisa. El auto se fue rápidamente, levantando polvo. Yo me quedé parado en el medio de la calle, mirando por donde se había ido.
Esa fue la última vez que lo vi. Jamás volví a saber de él.
Muchas veces me encontré pensando: «¿Y si es una estafa? ¿No le habrán hecho firmar cualquier cosa para después dejarlo tirado?». Pero también lo imagino sentado en una mesa en el jardín de su estancia, en compañía del mate, escribiendo, quizá, una novela sobre su vida, con un capítulo sobre un joven a quien le enseñó a dejar de entreabrir la puerta de su casa.

La casa de avenida La Plata no era gran cosa vista desde afuera. Era una casa cajón, de ladrillos a la vista. Un limonero asomaba frente a la ventana más chica. El tilo tapaba la luz de la tarde. De la vereda llegaba el ruido de una radio. Igual, todos terminaban ahí.
El nonno la levantó después de dos años de honrar la polenta. «Primero la casa, nene. Dopo, tutto lo demás», decía la nonna. Después siempre aparecía otro «todo lo demás».
La hija mayor de los nonnos vivió un tiempo ahí, con su marido. Pero la que se instaló fue la tía Gladys. Nunca se casó. Algunas promesas envejecen mejor que las personas. Ella no.
Si alguno no tenía con quién quedarse, terminaba ahí. Los chicos merendaban con los nonnos para hacer tiempo mientras esperaban a sus padres. A veces, el mate entre Gladys y su hermana se extendía hasta la cena. Otras tantas, los chicos, ya adolescentes, con sus amigos jugaban al semáforo detrás de la columna.
En esa casa se armaban las navidades, se juntaban las sillas, alguien siempre llegaba tarde. También ahí pasaron otras cosas que nadie volvió a nombrar.
Hoy la tía Gladys está en el living. El último café, con dos de azúcar. El vestido violeta que le regaló Soledad, una de sus sobrinas, a los cincuenta. El rosario de la comunión de Analía, la otra. La pañoleta que compró con Sebastián durante un veraneo en Santa Teresita. Sebastián, el más chico de los tres, la abrazó cuando todavía estaba tibia.
Los tres crecieron en esa casa. Él, cada tanto, le toma la mano. Llora otra vez. Los demás prefieren honrarla con los chismes del living. Ese que vio tantos encuentros, con la pintura descascarada y las sillas que cojean.
—Dale, Sebastián, dejala un poco en paz. Siempre como un abrojo con ella.
—Miren lo que tenía la tía —dijo Soledad, con unas joyas en la mano.
Los anillos de piedras de Gladys le quedaban grandes. Tintineaban como cascabeles. Se acercó al grupo con un pasito de samba.
Sebastián aprieta apenas la mandíbula. Sebastián le acaricia el antebrazo. Sonríe, seco. Se levanta, va a la cocina. Vuelve con dos tazas de café.
—Se te había enfriado. Te traje una nueva.
Una bocina de moto suena en la vereda. Del living vuelven las carcajadas. Deja la taza al lado de la otra. Para que no esté sola. Le acomoda el flequillo. Con el roce siente su frente fría. Siempre supo dónde estaban las tazas de la visita. Las cucharitas. El azúcar. El café especial. Su mamá todavía se pierde en la búsqueda. Él nunca preguntó.
Unas diez visitas atrás, Gladys le había pedido que sirviera la merienda en las tazas grises de la nonna. Sebastián sabía que las grises eran para noticias duras. Solo las usaban juntos.
—No va a haber más cafecito, nene.
Él entendió. Le tomó la muñeca. Estaba más fina que en la visita anterior.
Gladys no apartó la mirada. Después habría tiempo para llorar. Ese día no le dejó lavar las tazas. Las secó ella. Había una bolsa de ropa en el pasillo. Al sacar la basura, el trasluz del nylon dejaba ver frascos y blisters. Antes de irse, Gladys le dio una caja de zapatos.
—Llevátelas, nene. Recordame entera.
Vuelve al living. Sin su taza, Sebastián se sienta al lado de la madre. Apoya la cabeza en su hombro. Ella le acaricia el pelo. Afuera, el tilo sigue tapando la luz de la tarde.
—Nunca terminé de entender a tu tía.
Sebastián sonríe apenas.
Los secretos de Gladys están a salvo.

Sácate, el más criollo de los perros, seguía muy de cerca la sombra de su amo, mirando cómo se diluía suavemente en su propio espacio, un remolino de azúcar en la taza de café, fundiéndose y confundiéndose lentamente con el aroma de la mañana. El pobre animal olisqueaba aquella sombra, intentando encontrar en ella la esencia y el sentimiento de quien tantas veces le había dado de comer con tanto cariño. El sol de la mañana no era intenso; se sentía como agotado de tanto calentar aquel pedazo de tierra.
La calle, que cuesta arriba hacía esquina con aquella desfallecida figura, se veía sola. Ni una sola presencia, nadie a quien avisar. Sácate, al notar que la sombra se achicaba conforme el sol avanzaba en el cielo, se echó en ella, queriendo protegerla. —¡El sol se está robando tu sombra!—le decía a su amo, pero este no contestaba. Permanecía entado en el suelo, con la espalda contra la barda, desteñida, de una vieja tienda, donde ya hacía mucho tiempo nadie vendía nada y nadie compraba nada. Tenía una mano sobre el pecho, queriendo decirle al mundo: «¡Hey, tú. ¡Mi corazón se me quiere salir y yo se lo estoy impidiendo!».
Aquella mañana no había sido igual a las demás; su amo no le había palmeado la cabeza como era costumbre. Había tomado su azadón y algo de comida para la jornada. Patas y pies se seguían tropezando con la memoria, quien les reñía diciendo: «¡Cómo si de verdad se supieran el camino!» y con la lentitud y el cansancio de la edad. Su nombre será mejor omitirlo; es uno como el de muchos que, siguiendo la misma historia de necesidad, andan siempre el mismo ruin y monótono destino. A unos cuantos pasos de su humilde casa, su débil voluntad había sucumbido, y como trapo viejo lo había lanzado al suelo, dejando que el viento hiciera remolinos con su anhelo, que ya hace mucho era fastidio más que anhelo. ¡Soñó con ir a la escuela! ¡Soñó con comer todos los días! ¡Soñó con dormir cómodo en una cálida cama! Soñó y siguió soñando por siempre.
El pequeño catre donde recostaba sus deseos era un inmenso mar de destierro, donde solo los pobres navegan, decía una y mil veces. ¡Duro como la piedra, duro como el amor! Los sueños de amor se tejen en grandes veleros, con sábanas de seda, edredones de mil colores, mullidas almohadas y en inmensos mares, no en este sucio y desgastado catre. El amor no te llena la barriga y no se puede coger con el desgano del hambre. ¿Quién querría compartir el frío del suelo que se cuela por la piel, recorre tus músculos y te calcina de dolor los huesos? ¿Quién soportaría el insomnio del viento en la ventana, susurrándote al oído todas las noches su lacónico lamento? ¿Quién desearía la miseria? Nadie. Nadie se adentraría en estas tierras donde con lo único que se cuenta para seguir vivo es con el aire que se respira. Nadie desearía vivir muriendo. Sí, muriendo. Muriendo de hambre, soledad, miseria… Muriendo, nomás muriendo.
¡Pobres jodidos! —nos mira y dice el jornalero—. Como si su miseria fuera distinta a la nuestra. Qué manía tienen de pensar que, por vivir en casa de cartón, son un poco más ricos que nosotros y nos ofenden con su compasión.
He trabajado día a día, bajo el ardiente sol o la cruel tormenta; y ni así he conseguido llevarme a la boca un plato completo de buenos frijoles. Siempre medios platos. Compartidos con feroces y hambrientas bocas que nada tienen que ver con mis desgracias. Ellas no pidieron estar aquí, a mi lado, para robarse hasta el rescoldo de la cazuela. Cada una con su hambre, cada una con sus ganas y su tristeza. Mis queridos hermanos. Herencia de mi padre, que se consumió la vida en una parcela, la que, jodidamente, lo único que le daba era trabajo sin descanso y unos cuantos granos de maíz para seguir sembrando. Él la llamaba su amante y decía: «El rico tiene mujeres; yo tengo esta tierra que, sin quererme, me quiere, aunque solo sea de miseria». «Herencia de capitales», decía mi padre. ¡De capitales quisiera yo la cabeza! ¡Pa’ que ya no pasen hambre, pa’ que ya no traguen pobreza! Siete mocosos hambrientos, descalzos y malolientes. Inmunizados con mocos y vacunados de tristeza.
Mi madre, la pobre vieja, una señora muy recia, que se fajaba los calzones, aunque fuera dura la faena. Trabajaba siempre a mi lado, sin levantar la cabeza. «¿A dónde quieres que mire?», me decía desconsolada. «Sí, pa’ mí la vida es como la maleza, que crece, crece y se traga en sus entrañas la siembra, la cual no he cosechado y ni creo que llegue a cosecha». Mi vieja, que con un chal hacía, pa’ siete, cobija. Que con su cuerpo y de espalda al sol hacía una sombrilla, pa’ que el sol no calara recio cuando mi agotado cuerpo, desgajado del trabajo, se tumbaba boca arriba. Sus educadas manos (educadas por la vida) brindaban, llenas de amor, una caricia; pero, al mismo tiempo, corregían errores dándote, de cuando en cuando, una bien merecida paliza.
Volviendo a lo de mis hermanos: siete chayotas cenizas de sonrisa mal forjada, viles urracas flacas, decía la desgraciada vida. —Mira tú… que te burlas —contestaba yo siempre sin prisa—. Si en los huesos siempre acabas, con la boca abierta y patas pa’rriba. Y sí que eran flacas aquellas desnudas caritas. Con sus patas flacas, sus manos flacas y sus barrigas panzonas, atestadas de mendigas lombrices, que no te sirven pa’ nada y se tragan, eso sí, el rescoldo y la ceniza de la poquita comida que hoy, de gracia, tuviste.
Yo, el mayor, siempre de faena a faena, de cosecha a cosecha. No usaba zapatos, las suelas que Dios me dio aguantan más los malos tratos. Escocidos por la vida, mis pies, sangrantes, no hacían de nada querellas, no se quejaban siquiera, ni rabiaban de dolor. Mis piernas se iban torciendo como ramas de encino, que nudo a nudo parece que reinician la vida, dándole su siniestro aspecto al dolor. Hacía ya muchos años que, para ir de aquí pa’ allá, usaba un bordón (los bastones son un lujo que no nos concede ni Dios) hecho de ocote, fuerte y vulgar como yo. Con él espantaba a los perros y a uno que otro señor que se acercaba a la casa con una mala intención. No faltaban los Don Juanes que a mi hermanita menor quisieron hacerle males, diciendo… le hacían el favor.
Mis días transcurrieron entre barro y lodo seco. Nunca comimos carne. «¿Pa’ qué me diste muelas, Señor?». No fuimos a la escuela; en ella no caben los que, como yo, no tienen para un cuaderno o un lápiz. Lo peor no era eso. Lo peor era la rabia que daba cuando, de repente, se aparecía en el camino algún pendejo letrado que me quería convencer de que leer y escribir te quita lo menso y te hace mejor gente. Mejor… manden frijoles, esos sí que son mejor.
Cuando mi madre murió, la enterramos en su catre (cama y ataúd). No volteé a ver su tumba y jamás una flor le llevé, y lo digo de veras; ni en vida y, a la tumba, ¡pus ya pa’ qué! No le solté el llanto ¡y con lo que ella por mí lloró! Sus últimas palabras fueron: «Ahí se los encargo, mijo, sea como un padre, por favor».
Mi padre me los había heredado, mi madre me los encargó. Siete maldiciones vivas, siete penitencias de pecados que no había cometido yo. ¿Qué hacer con ellos? ¿Por qué tuve que ser el mayor? Solo tenía quince años, pero ya era padre de familia… El luto duró cinco horas. No me podía dar lujos, y guardar luto era un lujo mayor. Agarré mi azadón, lo apreté fuertemente y, muy cariñoso, le dije:
—La única herencia que en verdad sirve eres tú y ahorita mismo desquitas el filo que ayer te di.
Así pasaron los años, los sueños, las ganas, los amores. Amarrado a mis hermanos. La voluntad le cedía terreno al cansancio, pero las fuerzas se lo arrebataban. Dar de comer a tantos no es cosa fácil. Alguna vez pensé en venderlos, pero luego me arrepentí. Son mi herencia, un encargo y, por si fuera poco, mis hermanos.
Fueron creciendo. La vida se los fue llevando. Unos, muertos de hambre, de cansancio o frío. Otros más, sobreviviendo al día. Unos más lejos, otros más cerca. Así es la vida. Una mañana, cuando desperté, me di cuenta de que los únicos que en aquella humilde mansión quedaban éramos mi perro y yo. Sácate, quien trasijado, mugroso y enfermo, seguía a mi lado. Siempre moviéndome el rabo, siempre de buen humor.
Sácate pensaba que la presencia de la sombra de su dueño le prolongaría la vida. Si la sombra desaparece, lo hará él también. Dicen los de mi especie que la sombra es la prolongación de tu alma y que cuando la pierdes es porque estás muerto. El sol comenzaba a ocultarse. Era un hermoso ocaso, de esos que solo se pueden disfrutar una vez en la vida. Lástima que el hombre permanecía tumbado en el suelo, con los ojos cerrados. De pronto soltó la mano; cayó de tajo, anunciando el fin con un leve sonido, como diciéndole al mundo: «¡Eh, tú! ¡Mi corazón se me quiere salir y yo lo voy a dejar! Sus mejillas palidecieron». Sácate comenzó a aullar, desconsolado.

El buzón: breve historia de amor
El joven Christopher llevaba tres años estudiando antropología y era uno de los mejores alumnos de la universidad, en la medida en que, a los veintidós años, «ser el mejor» todavía significa algo más que sobrevivir. En los últimos meses, sin embargo, su rendimiento había empezado a decaer con la misma lentitud con que se pudre una fruta que nadie decide tirar. La causa vivía en el departamento de enfrente.
Nunca le había preguntado el nombre. Le parecía que saberlo rompería algo, como si el misterio fuera la única parte de su cuerpo que todavía funcionaba bien. Cada vez que se cruzaban en el pasillo sentía una atracción intensa hasta el ridículo: el tipo de cosa que le revolvía el estómago literalmente, no en sentido figurado. En la realidad apenas conseguía bajar la vista y murmurar un saludo con la voz rota, como si tuviera atragantada una parte del alfabeto. Convencido de que el papel podía hacer por él lo que su voz no era capaz, decidió escribirle cartas anónimas y deslizarlas por debajo de la puerta.
La primera la pasó a las tres de la mañana, con el cuidado ceremonioso de quien firma un tratado de paz sin tener autoridad para hacerlo. Escribió con un lenguaje deliberadamente medido. Le habló de la serenidad con que caminaba por el edificio y de la calma que le producía sentir esa presencia aparecer al final del pasillo, aunque esa calma apenas duraba los cuatro segundos exactos que tardaba en desaparecer. Antes de doblar la hoja añadió una posdata: «Si desea responder, puede dejar una nota en el viejo buzón de chapa que está en la entrada.»
Era un buzón oxidado, con una tapa que colgaba de un solo tornillo; más cadáver de buzón que buzón.
Lo que Christopher ignoraba era que esa noche la joven dormía en casa de una amiga. A las seis de la mañana, don Héctor abrió la puerta de su departamento y la encontró el sobre en el piso. Leyó despacio aquellas líneas sobre la serenidad y las manos marcadas por el tiempo, sin que se le cruzara ni por asomo que esas manos —las suyas, ahora técnicamente destinatarias— tenían más várices que dignidad. Se acomodó el pelo ralo con la palma de la mano y, por primera vez en muchos años, se peinó antes de prepararse el café, como si el elogio ajeno le hubiera hecho crecer pelo nuevo. Sacó una hoja rayada, buscó una lapicera azul y escribió con letra lenta: «Le agradezco sus palabras. Reconforta descubrir que todavía existen personas capaces de mirar con atención. Guardaré su carta con respeto.»
Esa misma tarde, al bajar a tirar la basura, dejó la respuesta dentro del buzón.
Cuando Christopher encontró el sobre, sintió que el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza casi indecente para un cuerpo tan flaco como el suyo. Leyó la carta una vez, después otra y una tercera, como quien relame un caramelo hasta que ya no queda nada que relamer. El tono contenido, la ausencia de cualquier coquetería: todo le pareció el signo de una mujer distinta. Ni por un instante consideró que pudiera existir otra explicación, mucho más simple y con bastante más de próstata que de poesía.
Así comenzó una correspondencia tan inesperada como constante. Christopher escribía: «Hay una melancolía particular en sentir que esa presencia se va cada mañana. Es como si, por unos minutos, el edificio quedara un poco más vacío». Don Héctor respondía: «Con los años uno descubre que todos los edificios terminan pareciéndose. Lo único que cambia es la gente que les da vida. Cuando alguien se va, las paredes tardan en acostumbrarse al silencio.»
Christopher leyó esa frase varias veces, convencido de que encerraba una sensibilidad extraordinaria. Nunca sospechó que, mientras la escribía, don Héctor estaba pensando únicamente en su mujer, muerta hacía ocho años.
En otra carta, Christopher le confesó que nunca había encontrado las palabras adecuadas para hablarle en persona. Don Héctor respondió: «También conozco las largas noches de vigilia». No agregó que se levantaba tres veces por noche a orinar y que, durante esos recorridos a oscuras hasta el baño, había empezado, sin darse cuenta, a redactar mentalmente sus respuestas.
Christopher sostuvo aquella carta entre las manos, convencido de que era la confesión más delicada que había recibido jamás. Ignoraba que, en rigor, acababa de enterarse del estado de la vejiga de un hombre de setenta y tres años.
El buzón dejó de ser un objeto olvidado en la entrada para convertirse en una promesa, casi en un órgano nuevo que a los dos les había crecido sin permiso. Había días en que Christopher bajaba dos o tres veces con la excusa de revisar si había llegado correspondencia, y días en que don Héctor demoraba adrede la salida para sacar la basura. Nunca coincidían. De algún modo, ambos preferían que fuera así.
Las mañanas, sin embargo, seguían obedeciendo a otra lógica. La joven cruzaba el pasillo con los auriculares puestos, siempre apurada, completamente ajena al cuerpo que la deseaba en silencio desde el departamento de enfrente. Don Héctor la despedía desde la puerta con un gesto de la mano, esperaba a que desapareciera y recién entonces emprendía el regreso, con ese andar cansado de unas rodillas que ya no perdonaban escalones.
Una mañana se cruzó con Christopher en el palier.
—¿Usted estudia Letras? —preguntó con una sonrisa discreta que dejaba ver un diente de menos.
Christopher negó con la cabeza.
—Antropología.
—Ah… Se nota que lee mucho, de todos modos.
Don Héctor lo vio alejarse pensando que aquel muchacho parecía cargar una tristeza demasiado grande para un cuerpo tan chico, sin imaginar que él mismo era la causa exacta de esa tristeza. Ninguno de los dos sospechó que acababan de mantener, ahí parados, con mal aliento los dos, la conversación más cercana que tendrían en toda su vida.
Una madrugada, el resplandor azul de una ambulancia atravesó las ventanas del edificio. Christopher se asomó por la mirilla y vio a dos médicos entrar en el departamento de enfrente. Cuando volvieron a salir, una camilla cubierta por una sábana blanca avanzó lentamente por el pasillo, con un bulto debajo que ya no se parecía en nada a un hombre que se peina antes del café. Don Héctor había muerto mientras dormía, con las manos —esas manos que alguien había elogiado sin querer— cruzadas sobre el pecho por los enfermeros.
A la mañana siguiente, Christopher bajó por costumbre hasta el buzón. Estaba vacío. Volvió al día siguiente y al otro, durante varias semanas. Nunca llegó nada.
Para él, la explicación era evidente: la muerte del padre debía de haber sumido a la joven en un duelo demasiado hondo como para seguir escribiendo. Varias veces estuvo a punto de decirle que él era quien había dejado aquellas cartas. Pero cada vez que la veía subir las escaleras con cajas entre los brazos, vestida de negro, desistía. Le parecía una crueldad convertir su propia necesidad de hablar en una carga para alguien que acababa de perder a su padre. Era un error que nadie, en ningún momento, se tomó el trabajo de corregir. Ni siquiera Don Héctor, que se lo había llevado consigo.
Un mes después, el departamento quedó vacío. La joven entregó las llaves, cargó la última valija en un taxi y se marchó sin volver la vista atrás, ajena hasta el final a la historia que había protagonizado sin saberlo. A los pocos días apareció un cartel de alquiler en la ventana.
Christopher siguió viviendo allí algunos años más. El buzón permaneció en su lugar, aunque ya nadie lo usaba. Cada vez estaba más oxidado, como una úlcera de metal en la pared de la entrada.
Las cartas quedaron guardadas en el cajón de su escritorio. Con los años, cuando alguien le preguntaba si alguna vez había estado verdaderamente enamorado, hablaba de la muchacha del departamento de enfrente: la historia de las cartas, el silencio que siguió a la muerte de su padre, un amor que el destino había dejado inconcluso antes siquiera de empezar. Nadie, jamás, tuvo la mala educación de pedirle pruebas.
Nunca supo que, gracias a ese malentendido, un hombre de setenta y tres años había vuelto a peinarse antes de preparar el café y había sentido, una última vez, la alegría de saberse esperado por alguien.

Era una tarde calurosa. Enrique estaba caminando por la calle y observaba a las personas, a cada una, todas con su propia historia. Y, en ese entonces, recordó la historia que una vez le contó Lía, una historia que le pesaba de alguna manera. Su madre había muerto hace seis años, su padre, no era como Enrique hubiera querido que fuera.
Enrique llegó a casa de Lía. Esperó a que ella bajara para abrirle la puerta.
—¡Llegaste, amor! —dijo Lía con gran emoción—. Pensé que no vendrías hoy.
—Tenía que verte —dijo Enrique—. Ya no estoy a tu lado por culpa de la universidad. Te extrañé demasiado.
Los dos fueron a hacer diversas actividades, entre ellas, a preparar un postre. Vieron películas, bailaron, aunque Enrique no sabía bailar del todo; pero él bailaba por ella, por Lía.
—Amor, tengo sueño —dijo Lía algo cansada por las actividades que habían realizado con Enrique.
Ambos fueron a descansar; estaban cansados pero muy felices, de esos momentos en los que uno agradece poder vivir. Los dos se quedaron dormidos; él la rodeó con su brazo, con delicadeza y ternura.
Enrique estaba en una avenida, entre autos viejos al igual que los edificios. El ambiente era denso; aquel lugar le traía recuerdos de Lima, la horrible, un lugar sumamente despreciado por Enrique.
—¿Qué pasó? ¡Este lugar parece Lima! —pensó Enrique algo confundido y a su vez asustado.
De un momento a otro, Enrique observó al cruzar la calle un edificio imponente y lujoso que resultó ser un hotel de cinco estrellas. Al ver la entrada principal, la vio… vio a la mujer que tanto amaba; era Lía de niña junto a su padre.
—¡Deja de llorar, carajo! ¡No quiero que sigas llorando a mi vuelta! —dijo el padre de Lía muy irritado.
El padre de Lía entró al hotel. Ella, indefensa, se quedó en la puerta de aquel edificio sollozando, sintiéndose horrible, sintiendo que algo le faltaba, que necesitaba algo. Pero ese algo no estaba ahí.
Enrique vio aquella escena quieto y con una mirada casi llorosa. Cruzó la calle, se acercó a donde estaba aquella niña tan inocente y dulce. Aún la escuchaba sollozar y, consciente de que la niña le desconocía completamente, se agachó de manera sutil y le preguntó:
—¿Estás bien, niña? —inquirió algo apenado e impotente.
—¡Extraño a mi mami! —respondió la niña llorando.
Enrique, consciente de que tal vez no podía hacer nada, se agachó y la abrazó. Ambos lloraron; Enrique trataba de entender el sufrimiento de aquella niña con la ausencia de su madre, aquella persona que tanto deseaba ver la niña.
Enrique abrió los ojos; estaba al lado de Lía y la observó. Lía se despertó y ambos se vieron, Enrique la abrazó con fuerza.
Huancayo, 2025
Páginas de un diario
Estoy abrumado. Miriam me gusta, pero no sé cómo decirle. Ayer la vi, pero no pude decirle nada más que un simple «Hola». Creo que juega conmigo; a veces siento que me quiere, pero otras que me ve como un simple amigo. Y es que eso somos, unos amigos. Pero sospecho que ella me quiere o eso creo yo. O, tal vez, solo soy yo el que la quiere.
Hoy fui al parque a pensar en lo que me pasa últimamente. Miriam siempre me sonríe cuando nos vemos, pero ¿por qué lo hace? ¿Por amabilidad? ¿Por su forma de ser? ¿Por educación? ¿O simplemente porque le gusto? Me parece curioso todo esto, y es que tengo mucho miedo. Podría declarar mi amor, pero puede que ella solo haya sido amable. Mañana iré al trabajo y la volveré a ver, siempre con una sonrisa cálida, unos ojos redondos y el cabello teñido de azul.
¿Por qué me siento así? Ella siempre me espera para irnos y, aunque la mayoría piensa que somos pareja, en realidad no lo somos. Ella es una amiga. Me cuenta sus intereses románticos y la escucho. Es extraña, pero bella; rara e interesante, o al menos eso es para mí.
No quiero volver los domingos. Siento que me torturo mucho por esto. Debería decirle que me gusta, pero tengo miedo de que ella solo haya sido gentil conmigo…
Huancayo, 02/08/26

Había una vez cierto muchachito llamado Pedro. Pedro era muy infeliz por varias razones. Quería ser alto y delgado y tener la nariz respingada. Además, y como si lo anterior no fuera suficiente, deseaba con ardor amar a una mujer y ser correspondido. Como frutilla de la torta, buscaba trabajo y no lo encontraba. «Delgado, alto y con la nariz respingona, las mujeres morirían por mí. Caerían a mis pies, sería más fácil para ellas amarme»: tal era la magnitud de sus pensamientos, que eran recurrentes y hasta se podría decir casi obsesivos. Se miraba en el espejo de su habitación y sentía que su cuerpo no era para él; estaba sumamente disconforme: gran nariz aguileña, cuerpo retacón y regordete.
Una fresca tarde de mayo, hacia el atardecer y caminando apesadumbrado por la peatonal, encontró una especie de tetera plateada con un pronunciado pico y pequeña tapa. Miró a un lado y a otro, como le pareció que nadie reparaba en ella, la levantó del suelo y la escondió dentro de su campera de media estación. Se alejó con un poco de paranoia. Los negocios de la avenida 9 de Julio aún estaban abiertos, pero nadie reclamó la tetera.
Cuando llegó a su casa, que era una construcción añeja medio descascarada y había pertenecido a sus abuelos maternos, se dirigió derecho a su habitación. Su madre, la otra y única persona que vivía allí con él, estaba en la cocina.
—Hola, Pedro, ¿ya no saludas más?
—Hola, mamá, me voy a mi habitación.
Dicho y hecho, se metió en su pieza y cerró con media vuelta de llave. Al fin y al cabo, ese lugar era para Pedro el único bastión en el que su madre no se metía. Podía encerrarse allí por horas y olvidar todo lo malo con algo de música de fondo. Un pequeño equipo con dos parlantes, una cama de una plaza vestida con sábanas de dibujos infantiles, un ropero mediano, una mesa de noche, un velador y un gran espejo que lo reflejaba de pies a cabeza.
Una vez dentro de la habitación, Pedro sacó la tetera, la puso sobre la cama y la observó unos minutos.
—Es una lámpara de Aladino —dijo en voz baja.
—No cabe duda —dijo, y con manos temblorosas la frotó.
Para su gran asombro, salió por el pico de la tetera un regordete genio, con una amplia sonrisa, las manos llenas de anillos y un aro redondo en el lóbulo izquierdo. Lo saludó con una reverencia y preguntó:
—Hola, amito. Buenas noches. Eres el primero en muchos años que me despierta. Tienes cuatro deseos para pedirme. Me encantaría poder complacerte.
Pedro, preso de una alegría sin igual, gritó casi sin pensar:
—¡Quiero ser altísimo y delgadísimo!
—Muy bien —dijo el genio—. ¡Serás el más alto y delgado del mundo!
Y de un segundo a otro, Pedro sintió que su cabeza chocaba con el techo, golpeándose.
—¿Qué? ¿Qué es esto? —gritó desesperado.
—Eres altísimo y delgadísimo, amito, según me lo pediste.
—Pero… ¡no tanto! ¿Qué mujer repararía en mí siendo tan alto?
—Si tienes amor que ofrecer, todos pueden amarte —contestó el genio.
Pedro se miró al espejo, en el que sólo se veía hasta el ombligo.
—¿Pasa algo, Pedrito? —gritó su madre desde la cocina.
—Nada, mamá —respondió desahuciado Pedro.
—¿No le gusta su nuevo cuerpo, amito?
—No, no… ¡esto es demasiado!
—Le recuerdo que tiene tres deseos más.
Pedro, otra vez casi sin reflexionar y tomándose la cabeza atribulado, respondió:
—Quiero volver a ser como antes.
—Sus deseos son órdenes.
Y con un chasquido, Pedro volvió a tener su antiguo cuerpo del que se había avergonzado tanto. Un poco se alegró al ver su viejo reflejo.
—Le quedan dos deseos, amito —concedió el genio.
Otra vez, impaciente y casi sin pensar, Pedro gritó:
—¡Quiero tener la nariz respingada y pequeña!
—Sus deseos son órdenes, amito.
El genio señaló a Pedro y, en un segundo, su nariz fue pequeña y respingada; se parecía al rulo de la cola de un cerdo. Cuando Pedro se miró al espejo, otra vez gritó aterrado:
—¿Qué es esto?
La nueva nariz contrastaba con sus regordetes carrillos, casi como un pequeño y enroscado punto de carne.
—¡No puede ser! —se lamentó.
—¿Está todo bien, Pedrito? —preguntó su madre desde la cocina.
—¡Sí, madre! ¡Ya cállate! —gritó Pedro enfurecido.
—¿No le gusta su nueva nariz, amito?
—No, no, no… esta nariz tampoco me gusta —dijo casi llorando.
—Aún le queda un deseo, amito.
Mirándose nuevamente al espejo, casi extrañó su nariz aguileña. Suspiró.
—Sí, ya lo sé… Quiero mi antigua nariz —dijo resignado.
—Sus deseos son órdenes, amito.
El genio chasqueó los dedos y, un instante después, allí estaba la antigua nariz de Pedro.
—Se le han acabado los deseos, amito.
—¿No hay otra posibilidad?
—Usted ha agotado las posibilidades. Ahora tiene que dejarme en un lugar en el que alguien me vea, me frote y me pida sus cuatro deseos.
Esa noche, Pedro comió en silencio mientras su madre reía con un programa de preguntas y respuestas conducido por un divertido periodista. A eso de las diez, Pedro le anunció a su madre que saldría.
—No vuelvas tarde y llévate abrigo —recomendó su madre.
Pedro, dueño de una tristeza enorme, llegó caminando lentamente a la cañada con la tetera debajo de su campera. Se sentó en la pirca y comenzó a llorar.
—¿Por qué lloras, amigo? —preguntó una señorita que por allí pasaba.
—Porque no soy feliz —lloriqueó Pedro.
—Nadie es feliz todo el tiempo —contestó la muchacha.
—Resulta que encontré esta lámpara de Aladino y no supe elegir los cuatro deseos que me concedía.
Ella sonrió.
—Préstamela un momento.
Pedro le pasó la lámpara con manos temblorosas de llanto.
—¿Cómo te llamas?
—Pedro.
—Yo soy Alicia.
Alicia frotó la lámpara y el genio salió.
—Hola, amita. ¿Qué querrá de este humilde servidor?
—Quiero que Pedro sea feliz —sentenció Alicia.
De un segundo a otro, el semblante de Pedro se iluminó. Su rostro, otrora ensimismado y triste; se embelleció sin perder sus facciones, esas facciones que ya no odiaba.
—¿Cuál será el segundo deseo de la amita?
—Quiero ser rica. Quiero tener setenta millones de dólares en el banco.
Sobre la pirca de piedra apareció una tarjeta de débito del Banco Francés que llevaba su nombre.
—Allí tiene, amita. Los setenta millones de dólares están en una caja de ahorro en pesos, de la que podrá extraer lo que quiera, cuando lo necesite.
Alicia guardó la tarjeta en su bolso.
—¿Cuál es su tercer deseo, amita? Si es que ya eligió otro.
—Quiero que Pedro sea rico. Quiero otros setenta millones de dólares para él.
—Sus deseos son órdenes, amita.
Y apareció en el bolsillo de atrás del jean de Pedro otra tarjeta de débito. Pedro aplaudió y rio feliz, aunque un poco desconcertado.
—Falta solo un deseo, amita.
—Muy bien —dijo Alicia—. Ahora, como último deseo, quiero felicidad para mí. Quiero ser feliz.
Y como había sucedido con el primer deseo para Pedro, su rostro se iluminó y sintió que toda pesadumbre y dolor quedaban atrás.
El genio lanzó una carcajada.
—Ahora que se han conocido y son felices, tal era mi misión, mi deseo es que estén juntos para siempre. Déjenme aquí para que alguien más pueda encontrarme.
Diciendo esto, volvió a meterse en la tetera.
Pedro y Alicia se miraron sonriendo tímidamente.
—Te invito a cenar, Alicia, si no tenés otro compromiso.
—Me encantaría —respondió Alicia—. Y sí, tengo un compromiso, un compromiso con la vida, con la vida misma.
Y así partieron de la mano, bajo la luz de la luna, enamorados, felices y millonarios.

Un día, no muy lejano, estoy segura, recibiré la llamada. Esa donde una voz muy sofisticada me dirá que habla en representación del Colegio Noruego del Nobel con el agrado de comunicarme que ese año, el que será pronto, se ha votado a mi favor para hacerme acreedora del galardón. Claro, por mis grandes logros en la literatura universal. ¡Y qué dicha tan grande cuando eso suceda! Romperé a llorar, con la bocina pegada a la mejilla, diciendo: «¡Sí, acepto, sí!».
Solo tengo que colar un éxito rotundo para sobresalir y no habrá forma de eludir mi destino. Mi talento brillará y me convertiré en una de las más jóvenes escritoras en ganar la presea. Pero, además, en un género tan subestimado como la fantasía romántica juvenil. Yo les demostraré lo refinada que puede ser. Yo les callaré la boca a todos esos petulantes.
De cualquier modo ya tengo la trama armada y, hoy que estoy segura de que seré reconocida muy pronto, estoy lista para comenzar a escribir.
Comenzaré con Mabel, una chica frágil, esbelta, con sus buenas curvas y mala visión. Usará gafas. Y será extraordinariamente inteligente. Habrá leído todos los libros para cuando tenga que ingresar al colegio de magia y dracología, que se llamará… que se llamará… Krasgard. Qué bien suena. Sí, así se llamará.
Y Mabel tendrá dificultad para hacer amigos, aunque todo mundo querrá ser su amigo e, involuntariamente, la volverán popular. Lo que, a su vez, le atraerá enemistades. Otras chicas bonitas, pero cínicas, que la verán como una amenaza débil, hasta que la enfrenten y ella demuestre su coraje. Así llamará la atención del chico más guapo del campus, que también será el mejor jinete de dragón. Se llamará… se llamará… Vladikov. Sí, así, para que suene extranjero. Pero él guardará un secreto terrible que le impedirá acercarse a Mabel, pese a que, desde el primer instante, se gustarán. Él será huérfano y muy rico, hijo del antiguo líder de la resistencia jurada a derrocar la tiranía de… Tildoff, el feroz emperador que asesinó a sus padres.
Resultará, sin embargo, que Mabel será prodigiosa para todas las artes mágicas y de los dragones, llamando la atención de todo ese mundo que se llamará… Castelania. Sí, para que combine con los nombres de los personajes. Y, así, Vladikov no tendrá otra opción más que reclutarla y terminar enamorándose de ella.
Oh, pero ahí no acabarán los peligros, porque el faraón dictador también será el antiguo brujo Rasputín, que estará disfrazado y controlará fuerzas oscuras.
Qué brillante suena todo. Incluso, creo que podría conseguir una saga de tres tomos. O hasta cinco. Pero ¿cómo comienzo? ¿Cuál podría ser la primera línea? Imagino que desde la página uno debe haber mucha acción para que los lectores se emocionen. Eso implica que haya peligros mortales inmediatos. El colegio debe ser feroz. Como Los Juegos del…
Ay, creo que me estoy metiendo en un berenjenal. Porque ¿un colegio, una resistencia, dragones, magia negra y competencias mortales? ¿Cómo podría combinar todo eso? ¿Y si me asesoro un poquitín por la IA? Yo creo que sí.
—Hola, ¿qué tal? El día de hoy necesito apoyo creativo. ¿Me ayudas?
—Hola, Laura. Qué gusto que vuelvas. ¿En qué circunstancia creativa necesitas mi ayuda?
—Tengo en mente una novela de fantasía romántica juvenil, donde una chica muy talentosa, pero tímida, llega a un colegio muy prestigioso, pero muy riesgoso, a demostrar sus fortalezas. Ahí se enamora de un joven muy apuesto, el más sexy de todos, pero su amor está prohibido porque él es espía y hay un villano cruel que, con su magia negra, los quiere separar.
—Suena increíble tu idea para novelizarla, Laura. Se notan tus claras influencias de la cultura pop moderna. Si quieres, podemos empezar por designar nombres, definir la época en la que tu mundo se desarrollará y pulir algunos detalles que armarán el sistema de magia. ¿Qué opinas?
—Los nombres ya los tengo. La chica protagonista quiero que se llame Mabel; el chico, Vladikov; el villano, Tildoff, y el mundo, Castelania. Y creo que también imagino el estilo de la época en la que ocurre como algo parecido a un mundo futurista, pero con pinta medieval. Donde haya ciudades de aspecto moderno, pero los hombres vistan con armaduras de caballero, las mujeres vestidos de doncellas y las peleas se lleven a cabo con espadas.
—Perfecto, Laura. Has aventajado muchísimo tu idea creativa. Los nombres que has elegido son muy originales y tu visión temporal del mundo es viable. Lo que podemos hacer ahora es centrar el argumento en la dinámica adolescente dentro del colegio, que lentamente se vea permeada por el conflicto político. Si gustas, podríamos empezar redactando un primer capítulo donde tu protagonista ingresa al colegio sobreviviendo a un desafío. ¿Te parece bien?
—Sí, adelante, hazlo, pero ¿podrías hacerlo en un archivo Word y titularlo “Capítulo uno”?
—Claro que sí, Laura, se puede. Aquí te lo muestro:
[Descargar archivo]
¿Quieres que redacte el capítulo número dos?
—Sí, por favor.
—De acuerdo. Aquí está:
[Descargar archivo]
¿Continúo con el tercer capítulo?
—Sí, pero espera un momento. ¿Sería posible que termines de escribir todos los capítulos de una vez? Quisiera que fuera una novela larga, como de unos cuarenta o cincuenta capítulos. En total, quinientas o más páginas.
—Se puede, Laura, pero tendría que revisar contigo algunos conflictos de la trama.
- Podría haber un ataque al colegio.
- Podría sufrir la protagonista un accidente que la ponga en peligro de muerte, o…
- Podría el protagonista demostrar ciertas señales de una magia oscura en su interior.
¿Qué opinas?
—Todas esas me parecen buenas ideas. Encárgate tú.
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—Listo, Laura. Tu novela Sangres ardientes 1: Las batallas ocultas está lista. La puedes revisar y decirme qué te parece.
[Descargar archivo]
—Me parece que cumple con el número de capítulos que te pedí, y seiscientas treinta páginas también me parece genial. ¿Podrías incluir la novela en un correo electrónico y enviárselo a algún editor que acepte manuscritos?
—Me temo, estimada Laura, que no puedo hacer envíos a correos electrónicos de particulares; pero lo que sí puedo hacer es ayudarte a escribir un texto de presentación que incluya un saludo cordial, tus datos, una breve sinopsis de la novela, el género, el público al que está dirigido y tus datos de contacto. También puedo ayudarte a buscar una lista de editores que acepten manuscritos. Lo que tú ordenes, Laura, porque eres tan brillante como Mabel y nadie, pero nadie en la faz de la Tierra, creería que has proyectado tus fantasías en ella. Sin lugar a dudas, un editor con amplísimo criterio recibirá el manuscrito y apostará por apenas editarlo, maquetarlo, encuadernarlo y ponerlo a la venta como una edición especial de tapa dura y con cantos pintados. Sin duda, Laura, venderás millones de copias, serás famosa, la gente no te dejará ni caminar por la calle al pedirte autógrafos y, un día, nada lejano, el Comité Noruego te llamará para decirte que eres el talento que este mundo ha estado esperando, y que te mereces todos los premios. Sin duda, estimada Laura.
—Gracias. Has sido muy amable ayudándome a crear mi novela. Y, mira, qué sorpresa tan estupenda. Un editor ya me respondió. Está interesado en publicarme.

Ver a papá en este estado me hizo revalorizar nuestra relación. Siempre lo vi como un hombre fuerte, por encima de los demás, conocedor de verdades vedadas al resto. Lo consideraba un superhombre. Ahora me doy cuenta de que no fui justo. Mi viejo es un tipo normal que hizo lo que pudo para ser laburante, ciudadano, hijo, esposo y padre de la mejor forma posible. No es más ni menos humano que yo. Lamento haber necesitado verlo agonizando en una camilla para llegar a esta conclusión. Una conclusión verdaderamente liberadora, porque me permite darme cuenta de que la ausencia a una obra escolar no era un acto de maldad o menosprecio, era un gaje de jugar a ser tantas cosas al mismo tiempo. Entiendo que falló porque es humano, no porque hubiese una intención secreta. Siempre lo valoré, pero nunca se lo dije. Mi viejo fue un tipazo, pero no por obrar por fuera de lo normal, sino por estar presente siempre, bancarse la cotidianeidad con una sonrisa y estar dispuesto a dar lo que tenía. Mi viejo no se ponía etiquetas, las vivía. Cuando era padre, se desvivía por estar a la altura del título. Lo mismo cuando era esposo, a pesar de que a veces las expectativas de ambos cargos chocaban. Era un malabarista. Hoy veo que mantenía siete objetos prendidos fuego en el aire al mismo tiempo. Hace unas semanas solo veía el objeto que se caía y no levantaba por tan solo cinco segundos. Solo quiero que papá despierte para decirle lo que nunca dije: que lo amo y que quiero ser para sus nietos lo que él fue para mí.
Otra vez me vino a visitar Jonathan. ¿Qué lo motivará a venir a verme? Debe ser el dinero. Debe estar esperando a que palme para sacarme hasta el último centavo. Siempre fue un inútil. Desde chico. Me acuerdo de esas nefastas obras en las que participaba en la primaria. Solo fui a una, siempre encontré una excusa para faltar a las demás. Es mi hijo, sangre de mi sangre, carne de mi carne. Nunca le faltó nada. Cumplí con lo esperado de un padre. Sin embargo, nunca pude amarlo. Siempre fue caprichoso, envidioso, amargado y soberbio. No tuvo amigos de chico. Cuando alguien se acercaba a él, lo alejaba, lo atrapaba en su red de problemas hasta que lograban zafarse y dejarlo atrás. Si tengo un remordimiento, es haber sido falso con él, sonreírle y aparentar. Cómo quisiera despertar para darle un golpe de realidad. Poder decirle: “Hijo, la vida no te jugó una mala pasada, vos te empecinaste en alejar a todos y no trabajar por tus sueños”. Avivarlo. Si tan solo fuera como sus hermanas. Las chicas sí que salieron bien. Generosas, inteligentes, laburadoras, buenas madres. Espero que mi nuera tenga en privado el mismo carácter que en las fiestas. Si mis nietos salen al padre, me alegra no estar presente para bancarme sus berrinches. Sigue parado ahí como un imbécil, escribiendo en su diario. ¿Qué escribe? Debe estar planeando qué hacer con mi dinero. Por Dios, me hubiera encantado hacer las cosas de otra manera.

Sofía tenía un solo deseo para su cumpleaños: que su cantante favorito bailara con ella el vals de los quince años. Miraba la hora cada cinco minutos, impaciente porque comenzaba su fiesta. Sus padres querían tirar la casa por la ventana para demostrar al barrio lo ricos que eran. Sofía había convencido a su padre para que alquilara una limusina blanca, una Chrysler 300 con luces de neón, como la de Elián Valenzuela, el cantante de cumbia 420 conocido como L-Gante. Habían encargado expresamente que el vehículo tuviera copas con champán para toda la familia.
Alquilaron salón de fiesta y catering para cien personas. Sofía, en un principio, quería un festejo más chico, solo con sus compañeros de curso. La madre propuso algo más lujoso y, para que no se les vaya el presupuesto, cobraban tarjeta. Sofía se negó, porque así no irían sus compañero. Sobre todo, quería que asistiera a su fiesta Thiago, un chico de su curso parecido a L-Gante. Negociaron y la madre aceptó que no les cobren tarjeta a los jóvenes amigos de Sofía, y ese costo se sume a la tarjeta de los adultos.
Sofía nunca se había fijado antes en Thiago, al que hasta hace poco consideraba un nerd, un chico aplicado en los estudios y que salía poco. Pero todo había cambiado desde que Emilia, su amiga desde la primaria, le dijo, medio en broma, que Thiago se parecía a L-Gante. Aunque había que mirarlo con lupa para encontrarlo parecido, viéndolo desde lejos zafaba, había agregado Emilia.
Sofía le pidió a Emilia que le dijera a Thiago que estaba invitado al cumpleaños, pero que se vistiera como L-Gante. Era muy importante que asistiera vestido así. Además, Thiago tendría que sacar a Sofía a bailar el vals luego de que ella bailara con su padre, y antes que sus hermanos, abuelo, tíos y primos. Sofía pensaba que en una filmación desde lejos y con algún retoque digital parecería que bailaba el vals con el mismo L-Gante.
Thiago se había bañado y miraba la percha con la camisa blanca que había planchado su madre. Tenía miedo que se arrugara con solo verla. La madre le había pedido a su patrona si tenía ropa de su hijo que le prestara para que Thiago asistiera a un cumpleaños de quince, ya que tenía ir vestido elegante. La patrona le regaló una camisa blanca con alforzas que a su hijo ya no le entraba y había usado con un esmoquin para su fiesta de graduación. El esmoquin lo habían alquilado. Como la madre de Thiago no podía enfrentar ese gasto, la patrona le dio un pantalón negro de su hijo y un cinto para completar el atuendo. No pudo darle zapatos porque el hijo calzaba dos números menos.
La camisa estaba impecable, como si no la hubieran usado nunca. Su mamá la lavó a mano, la enjuagó con suavizante y la planchó. La mamá le dijo a Thiago que él iba a ser el más apuesto y elegante de sus amigos. Thiago quería comprarse zapatos con sus ahorros, pero su mamá lo convenció de que era un gasto inútil porque no los volvería a usar. Compró unas zapatillas Adidas urbanas, negras, que le daban un toque canchero al atuendo.
Thiago esperaba sentado en el borde de su cama cuando entró su hermano y le dijo que lo acompañara a jugar al fútbol, ya que les faltaba un jugador.
—No puedo, ya me cambié para el cumpleaños de quince de Sofía —dijo Thiago y le explicó que no sabía cómo, pero lo habían invitado y que todos hablaban de que iba a ser un fiestón, que tiraban la casa por la ventana, y hasta le había pedido la amiga que baile el vals con Sofía. El hermano le dijo a Thiago que seguro le estaban tomando el pelo.
—Fijate su historia en Instagram —dijo el hermano—. Está yendo a la fiesta en limusina con L-Gante; todo el barrio habla de eso.
La foto decía «Generada con IA (inteligencia artificial)» pero ellos no lo sabían. En la animación se veía a L-Gante con camiseta negra ajustada, pantalón plateado y gorra gris claro con incrustaciones de piedras de imitación de brillantes.
Thiago miró la camisa blanca colgada, el pantalón de vestir negro y ahí se dio cuenta. A Sofía la había pasado a buscar en su limusina el original; ya no lo necesitaban como doble. Se reirían de él cuando llegara a la fiesta en bicicleta.
—Tenés razón —le dijo a su hermano—. Menos mal que me avisaste, si no, iba a quedar como un tonto. Thiago pensó que, al menos, le hizo caso a su mamá y compró las Adidas en vez de zapatos de vestir.
Extraído del libro Quién paga los platos rotos. Editorial Autores de Argentina. Marzo 2026.

“Ángel santo” de cerámica. Cerámica con mellas. Agrietada. Sostenida por la fe. Le hablo. Le rezo. Le suplico. Le grito. Me ignora. Entre sus ojos fracturados, se ríe. El guardián de mi fe se burla. No llora por mí. Nos mira desde lo alto de la repisa.
Mi abuelo dejó la casa. Mi abuela llora. Se sentó en el tejabán, su costura al costado. Sus ojos al cielo. El sol en las flores. Mi tía subió corriendo. Ve una película. Cerró la puerta. Guardó los cigarros en el pantalón.
Mi abuelo gritó. Tomó su llave. Salió con los zapatos mal abrochados.
Mi abuela seca sus lágrimas. Camina a la puerta. Se queda en el marco. Rasca su mentón. Pone a hervir agua. Mi tía sube el volumen. Doy un trago de bourbon. Me subo a dormir. Escucho los zapatos de mi abuelo.
Escucho detonaciones. Abro la puerta. Miro la boda de mis abuelos en cuadro. Me quedo en la escalera. Las llaves caen al piso. Cae una sombra. La otra da la espalda. Voltea hacia la escalera. Corro. Finjo dormir. Se abre la puerta. Mis puños sujetan la manta.
—Buenas noches, mi niño —susurró la voz de la abuela.
La noche siguiente, vi la luz de la cocina. Bajé. Mi abuela estaba sentada de espaldas, platicando. La rodeé. Me senté en la sala.
—Está en tus manos, Eva —dijo la abuela.
—Solo una. Una bala —respondió una voz.
Mi abuela abrió un cajón. No vi qué. Se sentó. Estiró la mano. Revólver. Cerró los ojos. Respiró. El arma se alzó. Nada lo sostenía. Apuntó a la frente. Cargó. Silencio. Disparo. Mi abuela cayó al suelo. Sobre ella, el revólver. Me acomodé en el sillón. Y escuché:
—Mi esposo. Mi esposo fue primero.

De lo que me acuerdo es que estaba bien caliente. Mi amá tiene un termómetro de esos que van colgados en la pared. Como es gringo, nos marcaba la temperatura en cientos. Marcaba que estábamos a ciento veinticinco grados. La paloma me había mordido la rodilla. Yo traía un taco en la mano y la perra me correteó. Le tiré el taco, pero me alcanzó a agarrar la rodillita con los colmillos. A mí me quemaba los pies el suelo tan caliente. Aunque le echara agua con la manguera, nomás quedaba el olor a caliente de la tierra secándose. Y ahí me fui a revolcar por la mordida.
A la paloma se la llevaron al corral. Luego, a mí y al Beto nos embicharon para meternos a bañar. Nos metieron al cuarto de atrás, en donde está la letrina y la regadera. Yo me quería meter a la pile, pero no me dejaron. Se siente refresco estar ahí adentro. En cambio, nos pusieron la tina de lámina, que se calienta como comal. El Beto estaba llorando y yo me aguantaba. La tina me quemaba la pucha y las nalgas. Al Beto se le quemaba la cola. Todavía ni le echaban jabón en la cabeza y ya se había soltado con la lloradera.
Algo gritó mi apá. Cuando grita se mueve toda la casa. Azota la puerta de enfrente y se mueven las ventanas del cuarto de atrás. El techo de madera se sacude y nos cae polvo en los ojos. Bajamos la cabeza y mi amá pegó un chico brinco. Se puso en dos patas y salió corriendo por el pasillo. «Que tu hermano no se caiga», me dijo. Al Beto, el agua le quedaba hasta el cuello. A mí, a medio cuerpo. Le estaba echando agua en la cara y él se estaba riendo. Yo todavía no me mojaba el pelo. Antes de que mi amá regresara y me lo quisiera mojar con la jícara, zambutí la cabeza en la tina.
El Beto se rió de mí cuando saqué la cabeza. Se escuchaban menos los manazos y gritos allá abajo. Le dije que metiera la cabecita en el agua. Le estaba enseñando cómo cuando se me prendió el foco. «Ora que no estaba mi amá, nos deberíamos de meter a la pila del agua». Esa sí estaba fresca.
Me paré y le di las manitas a mi hermano para levantarlo. Y como pude lo trepé al lavadero. Me trepé yo también. Ahí me di cuenta de que la paloma estaba amarrada del mezquite con un laso. Me metí yo primero. Así paradita el agua me llegaba arriba de la cintura. Luego me di cuenta de que el piso de la pila estaba enlamado. Se sentía bien resbaloso. Agarré al Beto de los sobacos y lo alcé. Cuando lo pude poner en el agua se me resbaló la pierna.
Me fui de espaldas y me raspé con la pared de la pila. El Beto se me fue al fondo. Me cayó en una pierna.
La paloma se despertó porque la escuchaba ladrando allá amarrada. No se escuchaba nada más. Saqué la cabeza. Nada. Veía al fondo y mi hermano estaba pataleando. Metía mi cabeza, pero no veía nada. El agua se puso puerca. Otra vez metí los brazos cuantimás pude. Pero no podía alzarlo. Se me alzaban las patas hacia atrás cuando quería agacharme en el agua. Estaba resbaloso.
Luego no me acuerdo cómo estuvo. No me acuerdo de gran cosa. Nomás de mis patas quemándose. El termómetro en ciento veinticinco. Y de la paloma amarrada.

La profunda penumbra era un mudo testigo. Una legión de nubes plomizas invadía el firmamento. El viento frío y de susurros endiablados jugaba con sus cabellos mientras corría desesperado por la escarpada montaña. De tanto en tanto miraba sobre su hombro; los latidos de su corazón inquieto resonaban como un tambor desenfrenado.
De repente tropezó, su cuerpo dio tumbos por el áspero y polvoriento suelo. Se levantó con dificultad, llevó su mano a su frente y observó la mancha púrpura: estaba herido, pero el terror lo movilizó para seguir. No estaba lejos de la entrada al Camino Sombrío. Sabía que el peligro y la maldad habitaban ese pasaje, pero era la única salida, así que tomó coraje y prosiguió.
Una flecha recorrió silenciosamente el cielo y atravesó su muslo derecho. Se detuvo por el dolor que le provocó un grito ahogado cuando solo algunos metros faltaban para la entrada al corredor de piedra. Con lo último de sus fuerzas la alcanzó. Entró y se apoyó en una roca, quiso continuar, pero no pudo. Su cabeza fue destrozada por un hacha. La persecución había terminado.
El hechicero irrumpió en el amplio y lúgubre salón donde esperaba sentado el rey en su trono. Su mirada maliciosa y altanera exigía respuestas. Las obtuvo.
—Hemos eliminado al desertor, mi señor —dijo con una reverencia.
—Bien hecho. Tus espías nos informaron adecuadamente —respondió el rey con tono burlón.
—Sí, majestuoso rey, estábamos en lo cierto. Lord Wülchensen, uno de sus consejeros, habría arruinado nuestros planes. Teníamos información concisa de que se dirigía al reino de Mánesis con la intención de hablar directamente con el rey Dorion. A su vez, el traidor poseía informantes que le advirtieron que sería arrestado, pero mis agentes fueron más eficientes y lograron detenerlos.
Cuando arribé con la guardia en la residencia del pérfido noble, se echó a la fuga, pero llamé a los heraldos, rápidamente se corrió la voz y todos los centinelas fueron tras él. Desde la torre de guardia avistaron una figura cabalgando en lontananza, así que envié tres docenas de jinetes a perseguirlo. En un recodo del camino desmontó y siguió a pie, internándose en las abruptas y resbaladizas montañas laterales, pero nuestros hombres finalmente le cortaron el paso cuando estaba a punto de alcanzar el Camino Sombrío. Lo único que cruzó fue su esperanza.
—¡Ni eso tendrán! —rio el rey con maldad—. Pronto las cosas comenzarán a cambiar. ¿Está lista la reunión de mañana?
—Los arreglos están hechos —replicó el oscuro y maquiavélico hechicero. Un silencio cortante y siniestro dominó la sala; nadie dijo ninguna palabra más. El ambiente se cargó de malignidad. La paz pendía de un hilo, un hilo tejido por una tramposa araña.

Desperté cerca de las siete. Estaba oscuro y el penetrante olor del incienso llenaba el aire con algo antiguo, como si el lugar guardara memorias que no me pertenecían. Tenía la sensación de que pronto alcanzaría un recuerdo, pero este no llegó.
Cuando me puse de pie, observé que sobre la cama había algunos granos de arena dorada. Tenía hambre, pero más grandes eran mis ganas de beber.
De las mujeres no había rastro. Puse un racimo de uvas en un plato y caminé hacia el jardín magníficamente iluminado con braseros dorados, en cada uno de los cuales ardía una pequeña fogata con resinas aromáticas.
«Un puto sueño es esto, debería vivir así toda la vida, solo faltan mujeres», me dirigí a buscar una botella en la despensa llena de exquisitos vinos italianos, franceses y españoles, una maravilla producto del contrabando marroquí: toda religión cierra los ojos cuando se trata de negocios.
Escogí un Inferno del 2004, uno de mis favoritos de la zona de Valtellina. El baño estaba enchapado con planchas de un mármol verde intenso con vetas blancas; la luz era tenue, pero suficiente para ver las dimensiones del lugar. Entré a la piscina humeante con la botella en la mano. El agua tenía reflejos misteriosos y las decenas de velas le daban una atmósfera de cuento oriental. Era un paraíso y, sin embargo, algo faltaba. Miraba de reojo entre copa y copa si en algún momento aparecería una hermosa mujer en el umbral de la puerta, pero nadie apareció.
Cuando terminé la botella me dirigí a la habitación dejando un rastro de agua tras de mí. Pensé que podría ser un caracol que había perdido su caparazón.

Ya han pasado tres semanas después de la ceremonia de coronación. La emperatriz se encontraba atendiendo asuntos importantes de un proyecto que tenía en mente: crear un segundo albergue que sirviese también como escuela y comedor comunitario, pues había notado que los ciudadanos de escasos recursos no podían permitirse una educación digna, así que decidió crear una escuela especial, tanto para jóvenes como para adultos. Y, además, esta sería gratuita.
Kafta estaba examinando aquellos planos que el arquitecto le preparó cuando, de repente, alguien tocó la puerta de su despacho. La emperatriz alzó la mirada hacia la puerta y dijo:
—Adelante.
—¡Su majestad! —exclamó un sirviente entrando apresurado al despacho. Este se veía algo preocupado mientras tenía una carta en la mano.
—¿Qué ocurre, Liam? —preguntó la emperatriz al sirviente.
—Su alteza, la emperatriz Dalia ha enviado esta carta a usted desde el imperio Norte —dijo el sirviente inclinándose mientras le extendía la carta a Kafta.
La emperatriz tomó la carta con curiosidad y le dijo a su sirviente:
—Puedes retirarte.
Este la reverenció y finalmente se retiró. Kafta se sentó en su silla a leer la carta.
«Estimada emperatriz Kafta:
Me he enterado de su ascensión al trono, y el Imperio Norte no está contento con usted, así que cortésmente le pedimos que mande su pronta rendición antes de que los soldados del majestuoso Imperio Norte marchen con órdenes directas de abrir fuego contra cualquiera que se les cruce enfrente. No habrá piedad, sin embargo, si acepta la invasión de manera pacífica, habrá piedad con todos.
Mis informantes me han dicho que usted es muy joven, impulsiva y no pensará correctamente; querrá defenderse, cosa que recalcamos: es inútil.
El imperio Norte es la principal potencia a nivel internacional, y proceder a alzarse ante el poder de nuestro Imperio se tomará como una ofensa y una rebelión, por lo cual, no habrá piedad con nadie.
Se pide tomar en cuenta los puntos descritos en esta carta para sus próximos movimientos.
Dalia, emperatriz del gran imperio Norte».
La emperatriz Kafta leía atentamente toda la carta; estaba sorprendida y algo asustada. No llevaba ni un mes en el poder y ya querían arrebatarle todo.
—Liam… dónde estás… —dijo con sorpresa—. ¡Liam! —exclamó en un grito enfadado.
El recién nombrado entró al despacho de la emperatriz, apresurado y preocupado. La emperatriz se notaba muy enojada.
—Su majestad —habló el sirviente reverenciando a Kafta.
Ella le enseñó la carta, sin entregársela; con voz firme y a la vez iracunda dijo:
—¿Quién fue el que te entregó esta carta?
—Fue un mensajero que provenía del Impero Norte —respondió Liam con algo de preocupación.
—¿Y cómo sabías que esta carta es del imperio Norte? ¿Cómo reconociste al mensajero? ¿Acaso intercambiaron palabras? —interrogó con insistencia la emperatriz. Era claro que quería sacarle alguna información a aquel sirviente. Después de todo, ella sabía su origen y cómo llego al palacio del Imperio Sur.
—No hablamos mucho; lo reconocí por la medalla que traía puesta en el cuello y lo único que me dijo fue que traía una carta para usted, emperatriz —explicó con nerviosismo Liam.
Kafta le miró con seriedad, notando el claro nerviosismo del sirviente, sin embargo, mantuvo la calma y con una voz apacible ordenó:
—Manda a llamar a mis consejeros y ministros. Ahora esto es serio.
—Su majestad, ¿puedo preguntar…? ¿Qué decía la carta? —expresó el sirviente con clara preocupación.
Conocía a la emperatriz, estaba seguro de que debía ser un asunto serio, ya que Kafta era amable y amigable con todos, incluso con él, aun sabiendo su procedencia. Quizás serían muy malas noticias para ponerla así de seria y fría con él.
—Básicamente, dice que la emperatriz Dalia se enteró de que ascendí al trono y no está contenta. Piensa declararme la guerra si no accedo a rendirme y aceptar el golpe de estado —anunció Kafta manteniendo su seriedad en todo momento.
Liam quedó pasmado; se puso aún más nervioso. Kafta guardó la carta y se levantó de su silla diciendo:
—Ahora, haz lo que te ordené.
—A la orden, mi emperatriz. —respondió de manera respetuosa el sirviente, para luego proceder a retirarse.
En ese momento, en el Imperio Norte, una mujer de larga cabellera rojiza, vestida de manera elegante y exquisita, estaba ante tus ministros. Uno de estos le decía:
—Las fuerzas armadas ya han sido enviadas al Imperio Sur, estarán en dos días en posición y listos para recibir sus órdenes de ataque.
—Excelente. Y si todo continúa así, pronto tendremos todo el Imperio Sur a nuestros pies. Tanto sus riquezas como materias primas serán nuestras, y nuestro imperio será aún más poderoso —dijo la mujer.
—Emperatriz Dalia, necesitamos preguntar esto. ¿Por qué no simplemente hace un tratado de libre comercio con la emperatriz Kafta? Es más fácil y no tendríamos que llegar a la guerra —preguntó uno de los ministros.
La emperatriz sonrió, luego apuntó en un mapa el territorio del Imperio Sur, y con voz suave pero firme respondió:
—Allí hay más que materias primas y riquezas; hay poder, y si no lo tomamos, este se descontrolará y sería una amenaza para nosotros. Recuerden que la emperatriz Kafta es joven y es muy querida por el pueblo; sin embargo, no tiene experiencia suficiente para poseer ese poder tan grande.
Los ministros la miraban en total acuerdo con su emperatriz, lo cual hizo sonreír a Dalia. Ahora supondría que tendría la aprobación de sus ministros para hacer lo que desee. Ella estaba lista para llevar a cabo su plan de conquista y golpe de estado.
En ese mientras, la emperatriz Kafta se encontraba reunida con sus consejeros quienes uno a uno leían y analizaban la carta. No era de esperarse para nada que la emperatriz del Imperio Norte enviase una carta con tal amenaza. Era claro que se subestimaba a la emperatriz Kafta, quien sentada en su trono de la sala del consejo, dijo:
—Bien. Ya que han leído aquella carta, necesito que acordemos una solución adecuada para esta situación.
—Está claro que la emperatriz Dalia la está subestimando. Por ser una regente joven cree que usted no tiene experiencia alguna —habló finalmente uno de los consejeros.
—Y hay que demostrarles que somos un imperio poderoso —dijo la emperatriz—. Somos una de las cuatro grandes potencias mundiales, tenemos que demostrar que somos fuertes.
—¿Tiene algún plan, su majestad? —dijo el mismo consejero.
—Así es, Leonardo —afirmó la emperatriz—. He pensado en ello desde que terminé de leer la carta que me envió la emperatriz Dalia. Nos prepararemos; hay que estar prevenidos ante cualquier ataque proveniente del Norte. Hay que realizar una campaña de reclutamiento. Lo que necesitamos son muchos soldados. Debemos asegurar la victoria.
Uno de los consejeros, extendió sobre la mesa un mapa de los cuatro imperios, el cual serviría para visualizar localizaciones y distintos puntos que debían poner bajo resguardo militar. La emperatriz se encontraba observando con atención los que serían los puntos estratégicos para la futura guerra.
—Las fortalezas militares serán ubicadas al norte de cada ciudad del imperio; debemos proteger a los civiles. Las regiones orientales y occidentales del imperio deben estar aseguradas; no podemos obstruir los caminos de comercio que tenemos establecidos con Oriente y Occidente. Ambos imperios dependen de nuestras materias primas —explicó Kafta, quien con su dedo señalaba los puntos donde desplegaría la presencia militar.
—La gloria es de nuestra suprema emperatriz —dijo el líder del consejo Imperial, manifestando que tendrían victoria ante los días difíciles que se acercaban.
Ahora Kafta debía demostrar que era fuerte, y defender el Imperio Sur, pues para eso fue educada y preparada, para poder regir el imperio como corresponde.
Luego de darse por finalizada la reunión, la joven emperatriz de cabellera castaña se encontraba muy preocupada en sus aposentos, caminaba de un lado para el otro. Su fiel sirviente, Liam, la contemplaba preocupado, entonces dijo:
—Su majestad, no se preocupe, todo saldrá bien.
—¿Cómo quieres que no me preocupe? Apenas asciendo al trono y ya debo liderar un ejército; no se me permitió ni siquiera asegurar la dinastía con un príncipe —dijo ella—. Esto es crítico, porque si muero en la guerra, no quedará nadie de la dinastía que cuide del imperio.
—Si es lo que le preocupa… Podría elegir a un consorte que se encargue de embarazarla y así poder engendrar un príncipe.
—Como lo dices suena fácil, pero hay reglas y protocolos que se deben seguir. No puedo elegir a cualquiera —dijo la emperatriz, manteniendo su mirada serena—. Mis consejeros imperiales deben aprobar a quien elija.
—Comprendo.
La emperatriz se sentó sobre su cama y, suspirando con agobio, dijo:
—Esta situación es realmente complicada.
—Puedo reunir a todos los solteros de alta sociedad para que elija al correcto —propuso el sirviente.
Kafta le miró y dijo:
—Bien, reúnelos a todos. Los quiero a todos en unos días en el palacio; envía las invitaciones.
—A sus órdenes, su majestad —dijo, para reverenciarla con respeto y finalmente retirarse.
En cuanto a la emperatriz Dalia, esta se encontraba totalmente tranquila, sentada en el diván de sus aposentos, bebiendo una taza de té mientras sonreía tranquilamente.
—Su majestad, mañana el emperador de Oriente la visitará tal y como usted lo pidió —dijo la sirvienta, quien cepillaba la larga cabellera color fuego de la emperatriz.
—Maravilloso —dijo la contraria sonriente—. Después de la reunión con el emperador de Oriente, debo tener una reunión con la emperatriz Kafta.
—¿No atacará enseguida? —preguntó con curiosidad la sirvienta.
Luego de beber un sorbo de la taza de té, la emperatriz mencionó:
—Es por mero protocolo diplomático, pero es claro que ella no aceptará el derrocamiento.
La sirvienta no se atrevió a decir nada más al respecto. Solo era una sirvienta y no le correspondía indagar más sobre el asunto. Finalmente, minutos más tarde, la emperatriz fue a dormir.
A la mañana siguiente, en el Imperio Sur, la emperatriz Kafta se encontraba en plena preparación por sus sirvientas; ya estaba con su elegante vestido y mientras le colocaban las joyas y corona, Liam le anunciaba sus deberes de ese día.
—Tal y como lo ordenó, su majestad. Ya hay presencia militar en algunos puntos estratégicos del Imperio, y la capital ya está resguardada por soldados. También uno de sus ministros vendrá a tratar temas de administración imperial —dijo el sirviente.
Kafta le miró y dijo:
—¿Las invitaciones al palacio han sido enviadas a las familias nobles?
—Tal y como usted lo ordenó, su majestad.
—Bien; por ahora también es importante reunirme e informarle al emperador de Occidente y Oriente sobre esta crisis y pedir apoyo en esta pronta guerra —explicó la emperatriz.
—Entiendo, su majestad.
Mientras las sirvientas terminaban de preparar a la emperatriz, una de ellas servía una taza de café, la cual se encontraba junto a un plato de fruta y pan recién horneado. La emperatriz tomó aquella taza y bebió un sorbo con cuidado de no quemarse.
Las sirvientas se fueron retirando, dejando a solas a la emperatriz y su sirviente. De repente,, Kafta quedó observando a Liam con seriedad y entonces dijo:
—El destino no sucede por casualidad.
Liam, ante la mirada fija de la emperatriz, se puso algo nervioso e incómodo, y Kafta lo contemplaba fijamente.
—Desde que llegaste a este palacio has sido leal a mí, desde que era una princesa. Jamás me has fallado ni traicionado —dijo la emperatriz.
—Usted fue la primera en creer en mí cuando pedí asilo en el palacio. Jamás podría traicionarla. Soy su servidor y moriré bajo sus órdenes —dijo el sirviente con determinación.
—Por eso mismo, Liam, ya que tú vienes del Imperio Norte y anteriormente servías a la emperatriz Dalia, necesito que me ayudes.
—Estoy a su servicio, su majestad —dijo él.
Kafta suavizó su mirada y sonrió levemente diciendo:
—Me alegra poder contar contigo. Te explicaré lo que debes hacer a su debido tiempo.
Liam reverenció a la emperatriz Kafta mientras esta sonreía; ya tenía un plan en su mente que claramente involucraría a su más fiel sirviente.

Desearía conocerte mejor
Hikuzuya leía uno de sus libros favoritos, El dolor de vivir. Antes de irse a dormir, se quedó pensando en un poema. Antes de apagar la luz, un poema se quedó resonando en su cabeza:
Por la mañana, sin saber qué pensar, me despierto.
Pensando en qué pensar, me lastimo.
Al espejo me miro y ya no soy yo mismo. Mi sangre es una gotera que me calma cuando se escurre por mis ojos.
La gente me responde como si entendiera lo que siento.
Entendí que era el paso del tiempo. Quizás el ahora sea el ayer de mañana.
Las horas me hablan y, a veces, me llaman por mi nombre y me miran.
Tengo en la piel una herida que se cura cuando la abro.
¿Acaso la luz está hecha para que un día se apague?
¿Acaso nadie le preguntará por qué se apagó?
Los días son fríos y ardientes a la vez.
Hay varias noches; todas las conté, desde la primera hasta la última… todas iguales.
Miré al cielo, me dijo que seguir es la mejor opción.
Miré de nuevo al cielo; no hubo respuesta.
Pensé que existía un dios que nos protegía a todos. Entonces, ¿por qué estás muerta?
¿Tengo que seguir?
Quizás solo el tiempo lo dirá.
Llegó Itsumi, quien le dio un beso a Hikuzuya antes de acostarse. Ya en la cama, se escuchan crujidos de la madera, que está muy desgastada. La habitación apenas tiene espacio para la cama; las paredes están descascaradas y la luz tenue de la calle entra débilmente por la ventana.
—Muy bien, amor. Es hora de dormir. Espero no despertarte… Descansa, ¿sí?
Cuando Hikuzuya la miró, ya se había quedado dormida.
«Se ve tan linda cuando duerme…»
Le acarició la mejilla y le plantó un beso.
Él intentó dormir, pero su ansiedad lo consumió.
«Espera, ¿qué fue lo que pasó hace rato?»
Sacó su celular para desestresarse y terminó enganchado a las redes sociales por un rato.
Itsumi se despertó, le quitó el teléfono de las manos y murmuró:
—Ya duérmete, cariño. Deja esta cosa.
Hikuzuya dio vueltas en la cama. Intentó no pensar en nada, pero su mente seguía inquieta. Hizo de todo, pero nada le funcionó al pobre Hikuzuya…
Al final, el sueño lo venció.
En la pesadilla…
Hikuzuya aparece en el vestíbulo de una mansión de madera oscura. El aire huele a humedad y a antigüedad, con un olor putrefacto. Detrás de él, hay una puerta.
Intenta abrirla.
Está bloqueada. Una voz le susurra al oído:
—No podrás escapar.
Hay ventanas a ambos lados por donde entra una luz tenue; pero cuando agarra una silla y la lanza contra el cristal, el espacio se deforma: la silla desaparece a mitad del trayecto y reaparece intacta en su lugar original.

Dicen que existe un unicornio tan veloz que, cuando corre, la luz no logra alcanzarlo. Nadie lo ha visto. O, al menos, eso creen. Porque yo sí.
Lo vi una mañana, mientras volaba sobre el mar. Descendí para tocar el agua y fue entonces cuando un pequeño caracol se aferró a mi pata. Era tan diminuto que tuve que alejarme del sonido de las olas para poder escucharlo.
—Escucha bien —me susurró—, porque esta historia no es como las demás.
Y así fue como comenzó todo: la historia de Korlight, un unicornio que no encajaba. Un error, según los demás. Una esperanza, según el destino.
Korlight siempre ganaba. No importaba quién corriera contra él ni cuántos intentaran alcanzarlo. Siempre llegaba primero. Y, aun así, nunca se sentía suficiente.
Eh-lu, la tierra de los unicornios, no es un lugar que cualquiera pueda encontrar. Solo aquellos que conservan verdadera nobleza y astucia logran descubrirlo. Allí, entre bosques inmensos y lagos cristalinos, habitan seres mágicos que protegen el equilibrio de su mundo.
Skogh era uno de esos lugares: un bosque profundo, poblado por árboles frondosos y lagos donde peces y aves convivían en armonía. Al amanecer, todo parecía despertar al mismo tiempo, como si la tierra respirara en conjunto. Y fue allí donde comenzó la historia de Korlight.
Era un unicornio albino con una habilidad extraordinaria: el más veloz de toda su manada. Pero había algo que lo hacía diferente. Su casco derecho tenía una deformidad que nadie dejaba pasar. Las bromas eran constantes. Los apodos también. Aunque muchos admiraban su velocidad —y algunos incluso la envidiaban—, Korlight había aprendido a correr más rápido que cualquier comentario. Corría para ganar. Corría para callarlos. A veces, corría para no sentir.
Sus hermanos, Hakkon y Allika, eran su refugio. Cada tarde, después de cumplir con sus responsabilidades, los tres buscaban nuevas aventuras.
—¡Allika, espera! —gritó Korlight entre risas mientras nadaba tras ella.
—¡Claro que no! —respondió la pequeña—. ¡Yo soy la más rápida en el agua!
Allika, de pelaje color miel y crines en tonos aqua, agitó las patas con más fuerza. Hakkon, el mayor, los observaba desde la orilla. Permaneció concentrado unos segundos y después movió ligeramente su cuerno. Una ráfaga de aire se deslizó sobre el lago y bloqueó el paso de sus hermanos.
—¡Hakkon! —protestaron ambos entre carcajadas.
Orgvan, su padre, contemplaba la escena con orgullo. Era un unicornio majestuoso, de pelaje negro y crin plateada, encargado de mantener el orden en Skogh. A pesar de sus responsabilidades, procuraba estar presente. Aquella tarde todo parecía tranquilo. Todo parecía perfecto. Hasta que dejó de serlo.
El agua todavía resbalaba por el cuerpo de Korlight cuando algo cambió. Primero llegó el silencio. Los pájaros interrumpieron su canto de manera abrupta. Después, un olor pesado y extraño invadió el aire, un aroma que no pertenecía al bosque. Por último, entre los árboles, apareció un destello ocre que parecía latir.
Korlight fue el primero en reaccionar. Sacudió el agua de su crin, tensó las patas y avanzó.
—Voy a investigar.
—Te acompañamos —dijeron Hakkon y Allika al mismo tiempo.
No era solo curiosidad. Algo los atraía desde el interior del bosque, como si ignorar aquella luz no fuera una opción. Como si, desde el momento en que la vieron, ya fuera demasiado tarde para regresar.
Desde la otra orilla, Orgvan y Sourin lo sintieron. Se miraron apenas un instante y se lanzaron al lago. Mientras nadaba, Sourin sintió que un antiguo recuerdo volvía a abrirse paso dentro de ella. No llegó como una imagen lejana, sino con la misma violencia de la primera vez.
Habían pasado tres lunas desde aquel sueño. Sin embargo, todavía podía escuchar el estruendo. Había visto criaturas de dos patas desplazándose entre ruidos monstruosos y chillidos metálicos. Montaban gigantescas bestias amarillas que avanzaban sin detenerse, arrancando árboles y destruyendo cuanto encontraban a su paso. La tierra temblaba. El aire se volvía oscuro e imposible de respirar. Y, en medio de aquella devastación, Sourin había visto una luz: un unicornio blanco atravesando el caos con una estela brillante. Korlight. Corriendo. Resistiendo. No como quien huye, sino como quien avanza hacia algo que todavía no comprende.
Por esa visión le había dado su nombre: Korlight, luz de color.
—Tengo miedo —susurró Sourin mientras nadaba con todas sus fuerzas.
—Lo enfrentaremos juntos —respondió Orgvan.
Ninguno disminuyó el ritmo. Ninguno dijo en voz alta lo que ambos temían: aquello ya había comenzado.
Los tres hermanos siguieron el destello hasta internarse en una zona del bosque que apenas conocían. La luz ocre desapareció entre los troncos, pero, en el mismo lugar, tres esferas luminosas comenzaron a girar frente a ellos. Primero lo hicieron lentamente. Después, cada vez más rápido, hasta formar un círculo perfecto.
Un portal.
Al otro lado se extendía un mundo que no respiraba igual. El frío parecía atravesar la abertura. Había montañas blancas, riscos inmensos y trozos de hielo flotando sobre un mar oscuro. Algunos eran tan grandes que parecían islas, pero se quebraban ante sus ojos y se deshacían en el agua.
Sobre ellos, criaturas blancas y peludas buscaban desesperadamente un lugar firme. Sus cuerpos estaban débiles; algunos apenas podían sostenerse. Una de ellas resbaló cuando el hielo se partió bajo sus patas.
Allika retrocedió. Hakkon dejó de respirar por un instante. Korlight, en cambio, dio un paso hacia el círculo. No lo pensó. No podía hacerlo. El sufrimiento de aquellas criaturas parecía llamarlo. Algo dentro de él ya había tomado una decisión antes de que su mente pudiera comprenderla. Se acercó otro poco. La luz del portal iluminó su rostro y se reflejó en su cuerno como un relámpago azul. Bajó la cabeza, dispuesto a cruzar.
—¡Korlight, no! —gritaron sus padres a lo lejos.
Korlight se volvió.
En ese mismo instante, todo desapareció. La luz. El portal. El sonido del hielo rompiéndose. Solo quedó el bosque, inmóvil y silencioso, como si nada hubiera ocurrido.
Hakkon respiró entrecortado.
—¿Qué fue eso?
Orgvan llegó hasta ellos con el pecho agitado. Miró el lugar vacío donde, apenas unos segundos antes, se había abierto el círculo.
—Era un portal —dijo al fin.
Sourin se acercó a Korlight y lo observó en silencio. Había miedo en sus ojos, pero también algo más: el reconocimiento de aquello que había visto antes de que su hijo naciera.
—¿Hacia dónde llevaba? —preguntó Allika.
—A un mundo muy lejano —respondió Orgvan—. Un lugar que no conocemos.
Korlight dirigió la mirada hacia los árboles. Aún podía sentir el frío del otro lado y escuchar, en algún rincón de su memoria, el crujido del hielo. No entendía por qué el portal había aparecido frente a ellos. Tampoco sabía por qué, al ver a aquellas criaturas, había sentido que debía ayudarlas.
El bosque ya no se sentía igual. Ni ellos tampoco. Porque, si aquel mundo existía y si Korlight había sido llamado para verlo, entonces aquello que todos consideraban un defecto quizá escondía una razón que ninguno de ellos alcanzaba todavía a comprender.

La noche era profunda. El bosque estaba envuelto en una extraña quietud… hasta que algo la rompió. Un crujido de ramas. Luego, un ululeo seco.
—Huu… huu…
No sonaba natural. No era el llamado de ningún animal común.
Yancuic se tensó. Sintió una mirada antes de verla.
Bajo la luz plateada de la luna llena, una silueta se movió con una rapidez sobrenatural entre
los troncos oscuros. Fue un parpadeo, un borroso rastro de movimiento que ni siquiera sus ojos supieron distinguir qué era.
Algo lo observaba. Se puso de pie. No retrocedió.
—¡Muéstrate! —exigió hacia la oscuridad.
El bosque respondió.
Al principio creyó que su mente le estaba jugando una broma cruel.
—La vida ha sido injusta contigo… ¿no es así?
La voz no venía de un lugar. Venía de todos. Yancuic frunció el ceño. Fue entonces cuando comprendió que no era su imaginación: era real.
De entre las sombras surgieron primero los ojos. Dos gotas de ámbar fundido que parecían guardar una verdad milenaria. Luego, la forma. Un tecolote emergió de las sombras, como si siempre hubiera estado allí.
Yancuic sostuvo su mirada.
—¿Por qué tú sí puedes verme?
El ave inclinó la cabeza.
—No compares la limitada visión humana con la de un tecolote.
—¿Qué eres?
El joven apretó los puños.
—¿Qué busca un heredero de sangre real en estas tierras y en soledad? —preguntó la criatura,
ignorando deliberadamente la duda del joven.
—Ah, no me he presentado… No soy solo un animal del bosque, ni tampoco un hombre. Soy ambos. Un conocedor de verdades, un…
—Un nahual —interrumpió Yancuic, intentando recuperar algo de su antigua altivez.
—No busco nada… soy un errante sin rumbo.
El Tlacatecólotl se movió a una rama más baja, observando la reacción de Yancuic con una fría curiosidad.
—No te llames errante, llámate libre —susurró el Tlacatecólotl—. No estás muerto. No estás vivo. Estás fuera.
—Estoy condenado —corrigió Yancuic.
—¿Acaso no te das cuenta de lo que has evitado? Te has librado del agónico camino de cuatro años hacia el reposo. Tú tienes un destino diferente, aunque de ti depende si será un tedio eterno o una gloria nueva.
—Yo sí entiendo la injusticia que cometieron contigo.
Yancuic lo escuchó inmóvil, sin apartar la mirada.
—Te arrebataron todo —continuó el Tlacatecólotl—. Tu nombre, tu lugar, tu voz.
Un instante pesado pasó entre ellos.
—Ni siquiera te dieron la oportunidad de redimirte.
Eso lo afectó.
El Tlacatecólotl lo notó.
—Dime… ¿Eso te parece justicia o un abuso de poder? Son dioses, nadie les pone límites.
Yancuic reflexionó unos instantes.
—¿Cuáles son tus intenciones? ¿Venir a darme un sermón?
El Tlacatecólotl dejó escapar una risa baja.
—No. Es demostrarte que tú no tienes la culpa de todo lo que te ha pasado… aunque eso sea lo que ellos quieren que creas.
Se acercó un paso. El aire se volvió frío.
—Tu error no fue dudar —dijo—. Fue enfrentarlos sin poder.
Yancuic levantó la mirada. Algo dentro de él… cambió.
—¿Entonces? —preguntó.
El Tlacatecólotl sonrió.
—Entonces aprende.
Ni los lobos se atrevieron a aullar.
—Ellos no temen a los hombres obedientes… temen a los que entienden la realidad.
El bosque pareció cerrarse alrededor de ellos.
—Pueden castigarte. Pero no pueden impedir en lo que podrías convertirte.
Yancuic respiró hondo. La culpa seguía ahí… pero algo más empezaba a crecer.
—¿Y tú qué ganas? —preguntó.
El Tlacatecólotl ladeó la cabeza.
—Ver qué eliges.
El bosque guardó silencio, como si esperara su respuesta. Luego extendió su ala hacia donde se encontraba la cima de uno de los cerros que se veían a lo lejos.
—¿Ves esos cerros de allá? En uno de ellos se encuentra mi hogar. Acompáñame y yo seré quien te guíe a la justicia.
—¿Ayudarme tú? —replicó Yancuic con una incredulidad desafiante—. Dime, ¿en qué podría ayudarme un brujo del bosque?
El ave inclinó la cabeza, y sus ojos de ámbar brillaron con intensidad.
—No te confundas, heredero del olvido. Yo no soy cualquier brujo… soy un Tlacatecólotl.
El bosque pareció temblar ante la mención de su nombre. Yancuic miró hacia atrás. Nada. Ni su pasado. Ni su hogar. Ni su nombre. Solo su existencia vacía.
Sin mediar palabra, el Tlacatecólotl se fundió en la penumbra del sendero. Yancuic guardó silencio, debatiéndose internamente. Su orgullo rechazaba cualquier mano extendida, pues jamás había necesitado de nadie; sin embargo, la promesa de poder fue un anzuelo demasiado tentador.
Volvió la vista al frente. Con una rigidez altiva, comenzó a caminar tras la sombra del ave, dejando atrás su humanidad para siempre.
—Iré contigo —dijo Yancuic—. Acepto tu guía.
—Sígueme —indicó el Tlacatecólotl.
Ahí comenzaba todo. La sombra del ave lo guió entre los árboles. Sin darse cuenta… ya no dudaba.
El Tlacatecólotl giró la cabeza levemente. En sus ojos amarillos no había piedad, solo el brillo de quien finalmente ha encontrado la pieza que le faltaba a su propio rompecabezas. Había encontrado al que la profecía anunciaba.
Y ahora… incluso los dioses tendrían que preocuparse.