Las puertas del alma

Mientras mi luz se apagaba
tú me mirabas
desde el otro lado de la sala.
Alcancé a ver
que nuestras manos
se encontraban atadas
a dos sillas de madera
a tres metros de distancia.
Sentado en la silla,
desde la distancia,
me mirabas.
En aquella sala
donde nos curábamos la calma
los domingos por la mañana.
Pero la luz
hoy no entraba por la ventana.
Aun asi,
pude ver en tu mirada
que la mia
ya no expresaba nada.
Tus ojos brillaban,
recorriendo los míos,
buscando una respuesta
que no estaba.
Recorrían cada milímetro
de mi cara:
mi frente,
mi nariz,
la comisura de mis labios,
mis arrugas
o posibles lágrimas.
Buscando un ápice de expresión.
Alguna pista
sobre mi interior.
Pero mis emociones
ya no estaban
mientras mi luz se apagaba.
Tus ojos
desesperados
trataban de explicarme
que lo estaban intentando.
Pero que tus labios
también se encontraban sellados
y no podíamos gritarnos.
Sentí
como si hubiéramos perdido
la capacidad de comunicarnos.
Tus ojos, temerosos,
seguían recorriendo mi cara,
cada vez
con más ansia,
buscando una pista encriptada.
De mis ojos exhaustos
cayó una última lágrima.
Anunciando
el último destello
de mi llama.
Tú no entendías nada,
pero viste
cómo la luz de mi mirada
se apagaba.
Y aunque llevabas
una eternidad
sin entender absolutamente nada,
de repente,
olvidaste que tus manos
se encontraban atadas.
Olvidaste tus pies paralizados
y tus labios sellados.
Te incorporaste
y la sala cruzaste.
Yo no olvidé que estaba atada,
ni que mi boca estaba sellada.
No habría sido capaz de olvidarlo
ni en un millón de años.
Diste el último paso
y caíste arrodillado
a un palmo de distancia.
Los colores de mi iris
se esfumaban.
Solo un débil gris quedaba.
Fundiste tu piel
contra mi cara
y mi mecha apagada
se contagió de tu llama.
Aquel día aprendimos
que los ojos
también pueden cerrar
sus puertas al alma.

El espacio que habito

El espacio que habito es más bien pequeño
(el techo lleno de goteras y las cuatro paredes indefensas ante los embates del viento);
el vino derramado y el tabaco enturbian el aire.

El espacio que habito es más bien oscuro
(un único foco me da luz, y lo voy llevando de una boca a otra según me muevo);
las moscas revolotean junto a mí y golpean mis párpados.

El espacio que habito es más bien deprimente
(la única vez que llevé a una mujer, mientras yo desabotonaba su blusa ella decidió abandonarme);
y prefirió escapar por la ventana y su prenda quedó entre mis manos.

El espacio que habito es más bien ruidoso
(la avenida se resquebraja segundo a segundo y las bocinas llenan el aire);
nadie escuchó cuando la silla cayó ni el balanceo de la cuerda.

Apaga la luz

¡Apaga la luz! Grita el casero.
¡Calla ese piano! Grita la vecina.
Deja correr, susurra el corazón.

El consuelo

Tengo el consuelo de la mediocridad.
La grandeza no es un don que me haya sido dado,
ni es la pequeñez el destino al que me dirijo.
Estoy parado justo en medio de la nimiedad,
y solo el tiempo me dará el olvido que necesito;
y llegará el día en que quienes canten canciones no sabrán que mucho tiempo atrás yo
compuse malamente los mismos versos.

Formas en la pared

Percibo ciertas formas inefables en la pared;
no son ni perros ni gatos, ni dioses ni mortales, ni brujas ni beldades.
Son, tal vez, todas ellas a la vez y ninguna.

Son, tal vez, solo la forma del iris;
y allí en lo que veo a una Venus con rostro de Saturno, manos de pigmeo y aguijón de escorpión,
otro verá un caballo con cuerpo de conejo y orejas de elefante.

Y de las paredes a las flores, y de estas a los edificios, y de estos a las personas,
se transmutan sus propiedades,
y en lo que yo percibo bondad, otro siente venganza,

y en lo que yo percibo belleza, otro siente las garras de la deformidad.
Y si las percepciones son tan innumerables como los iris,
¿por qué otros no ven lo que yo?

La marea alta

Las olas
pegan fuerte contra la triste arena
que llena mi cuerpo de melancolía y
excesos. El cigarro ya no apaga mi
dolor y las cenizas vuelan sobre mi
cobija:
no me cubre, no
me cuida, está
y no está.
Las olas pegan fuerte.
La marea está alta.
Caminaré hacia ella
para desaparecer, como
el barco hundido, como
el ancla pesada que
toca fondo y no para de
llorar.

El miedo a mi ausencia

Llega la noche y la ausencia de
las almas perdidas por la muerte
me atormenta. Me piden,
desconsoladamente, que las
acompañe, que sea uno de ellos.
¿Qué hago? ¿Cómo lo
hago, si el miedo a mi
ausencia es todavía más
grande?

La condena

Dejé la prosa porque es mentira, y no puedo mentirte a vos, que sos hermosa.
Me gusta
hablar de mí, lo sé, pero cuando te escribo, el lápiz deja de ser mío.
Me obligas a estar vivo. Es una condena y es mi suerte, porque cuando te
conocí, mi
plan era otro: ya no pensaba estar aquí.

El espectador

Ahora veo mi vida como desde una butaca en una sala de cine vacía. Escucho voces a
mi alrededor, veo escenas cotidianas, gestos ensayados, risas impostadas, pero
no
participo en ellas. Me resulta profundamente extraño vivir, ver cómo el mundo
sigue
girando sobre ejes que no alcanzo a comprender.
Todos a mi alrededor hablan de temas que me parecen totalmente irrelevantes: el clima,
el tráfico, planes para un futuro que no existe o banalidades que se pierden en
el aire.
Los observo y, honestamente, me pregunto qué hago aquí. Soy un intruso en
mi propia
realidad, un espectador que olvidó cómo actuar y que solo espera a que la
función
termine de una vez para poder salir de este teatro.

La banca fría

¿Dónde estás, luz en mi oscuridad?
Hoy mi depresión me ganó. Pero salí de la cama, y aunque sé que no vas a leer
esto,
escribo para soltar un trozo de mi soledad.
Escribir es darle rostro a lo que siento. Una imagen. Como esta banca fría
donde
escribo, vacía, exactamente igual a lo que llevo dentro.
Si escribir es mi única forma de expresar... que alguien queme todas mis cartas
junto a
esta libreta.