La noche en La Paz siempre tiene olor a fritanga vieja, gasolina y orín tibio. Uno aprende a distinguir los barrios por el olor, igual que los perros callejeros. En la Pérez el aire sabe a cerveza derramada y anticucho requemado; por San Pedro huele a humedad y cárcel; y por la Buenos Aires el humo de los micros se mezcla con el perfume barato de las cholas que vuelven cansadas de vender hasta la última papa.

Esa noche yo había tomado el micro de la línea M, uno de esos ataúdes azules con ruedas donde los pasajeros viajan apretados como sardinas pecadoras. Subí medio borracho, medio dormido y totalmente hecho mierda. Había pasado dos días sin probar más que té con pan duro y un traguito de alcohol puro que un viejo lustrabotas compartió conmigo afuera de un bar de la Tumusla.

Mi madre siempre me decía:

—No te duermas en los micros, hijito. Ahí trabajan los Kari-Kari.

Yo me reía cuando era chango. Pensaba que esas historias eran inventos de las madres para que los hijos no anden vagando por la noche. Pero ella lo contaba tan seriamente que a veces me hacía dudar. Decía que los Kari-Kari te sacaban la grasa de la columna mientras dormías. Que usaban agujas largas, invisibles. Que después uno se iba apagando despacito, como vela consumida.

—Te quedás flaco, amarillo… ya no podés respirar bien… y aunque comás no recuperás fuerza. El cuerpo se pudre por dentro.

En ese entonces me burlaba. Esa noche ya no.

Me dormí apenas el micro comenzó a subir por la Kollasuyo. Sentí el cuerpo pesado y el vidrio frío pegado a mi frente. Afuera las luces de La Paz parecían estrellas hundidas en un pozo. Escuché risas lejanas, la cumbia desafinada del chofer y el cobrador gritando:

—¡Ciudad Satélite! ¡Faro Murillo! ¡Suban, suban!

Después ya no recuerdo nada.

Desperté sobresaltado cuando el micro frenó de golpe. Tenía un dolor extraño en la espalda, justo en medio de la columna. Como si me hubieran clavado un cuchillo caliente. Bajé tambaleando y el viento helado me golpeó la cara. La ciudad parecía distinta. Más silenciosa. Más oscura.

Caminé hasta el conventillo donde vivía. Una casona vieja, húmeda, llena de cuartos diminutos y gente derrotada. Prostitutas cansadas, cargadores borrachos, vendedores ambulantes que llegaban de madrugada arrastrando sus bultos como cadáveres. Mi cuarto olía a ropa húmeda y cigarro viejo. Me dejé caer en la cama, pero el dolor empeoró. Sentía el cuerpo vacío, como si me hubieran chupado algo desde adentro. Me miré al espejo y vi mis ojos hundidos, amarillentos. La piel pegada a los huesos.

Entonces recordé las palabras de mi madre: “El Kari-Kari te deja seco.”

Quise convencerme de que era hambre o resaca. Pero el cuerpo ya no me obedecía. Me faltaba aire. Las piernas me temblaban. Y de pronto, entre el silencio del cuarto, sentí el aroma del chaíro que preparaba mi madre los domingos.
Ese olor espeso a chuño, hierbabuena y carne hervida.

Cerré los ojos. Escuché su voz.

—Hijito…

Abrí los ojos de golpe. No había nadie. Sólo la humedad descascarándose de las paredes. Pero algo dentro de mí me decía que tenía que verla. Necesitaba verla.

Me puse la chamarra y salí tambaleando a la calle. La madrugada paceña tenía ese frío miserable que se mete entre los huesos y hace llorar hasta a los perros. Bajé caminando por la kollasuyo. Las luces de los puestos seguían vivas. Las caseras vendían café hervido en ollas negras mientras los voceadores gritaban. Yo seguía caminando. Cada paso me dolía.

Y mientras avanzaba recordaba cosas pequeñas de mi madre. Cómo me peinaba con saliva cuando era niño. Cómo me agarraba fuerte de la mano para cruzar la Pérez Velasco. Cómo me daba el pedazo más grande de carne aunque ella sólo se quedara con caldo. Sentí rabia.

—¿Por qué me dejaste solo, mamá? —murmuré.

Una cholita que vendía api me miró como si hablara con fantasmas.

Seguí caminando rumbo al Cementerio General, aunque en mi cabeza todavía pensaba que iba a verla a ella, como si siguiera viva en alguna casita vieja del Tejar. El delirio me hacía olvidar cosas. O quizá me hacía recordarlas demasiado.

Cuando llegué a las puertas del cementerio el cielo comenzaba a clarear. Las flores mojadas despedían ese olor dulce y triste de los entierros recientes. Los músicos dormían envueltos en aguayos. Los perros escarbaban basura entre las coronas secas. Entonces la vi.

Mi madre estaba sentada cerca de las graderías, con su pollera azul y el mantón gris que usaba en invierno. Sonreía igual que antes.

—Estás flaquito, hijito.

Yo me senté a su lado llorando como chango. Le conté todo. El micro. El sueño. El dolor en la espalda.

Ella me acarició el cabello.

—Te han agarrado los Kari-Kari.

Su mano estaba tibia. O quizá era yo quien ya tenía demasiado frío.

—No tengas miedo —me dijo—. Vamos a comer un helado de canela. Y entonces recordé. Cada vez que veníamos a visitar a mi padre al cementerio, ella me compraba un helado de canela donde una anciana que tenía su carrito oxidado afuera del Tejar. Yo siempre terminaba con la boca manchada y ella se reía.

Caminamos juntos. O al menos eso creí. La anciana seguía ahí, más vieja y encorvada que nunca. Cuando me vio abrió los ojos sorprendida.

—Hijito… ¿de dónde estás apareciendo? Estás mal.

Yo miré hacia atrás para señalar a mi madre. Pero ya no estaba. El pecho se me apretó. La anciana me hizo sentar.

—Parecés muerto en vida.

Le conté todo lentamente, como quien confiesa un crimen. Ella escuchaba en silencio mientras me daba pequeños sorbos de agua de canela.

—Si mi mamá estuviera viva sabría qué hacer… —dije llorando.

La anciana bajó la mirada. No respondió. Después suspiró y dijo:

—Hay una cura para ese mal. Andá donde una chiflera en la calle de las Brujas. Decile que te manda la vieja Julia.
Me dio una dirección escrita en papel grasiento.

Y otra vez comencé a caminar. La ciudad ya despertaba. Los minibuses rugían como animales enfermos. Las campanas de San Francisco sonaban lejanas. Yo avanzaba entre la multitud sintiendo que cada recuerdo me pesaba más que el cuerpo.
Recordé las veces que rechacé a mi madre por irme a beber con amigos inútiles. Recordé cuando no la visité estando enferma. Recordé sus llamadas que nunca respondí , “Después voy a verla”, decía siempre. Pero el después se había acabado.

Llegué a la calle de las Brujas casi arrastrándome. Las tiendas colgaban fetos secos de llama, amuletos de Ekeko y sahumerios que llenaban el aire de un olor espeso a incienso y alcohol. La chiflera era una mujer diminuta, de ojos blancos y pollera verde oscura. Apenas me vio dijo:

—Te han vaciado.

No preguntó nada más. Me hizo entrar a un cuarto pequeño iluminado por velas. Había humo de koa y hierbas colgadas del techo. Sentí mareo. La mujer preparó un brebaje espeso en una olla ennegrecida.—Dicen que esto devuelve lo que los Kari-Kari roban —susurró—. Grasa por grasa.

Tomé el líquido caliente. Tenía sabor a tierra, sangre y azúcar quemada. Entonces sentí algo. Una pollera tibia cubriéndome. Una mano acariciándome la frente. La voz de mi madre cantando despacito como cuando tenía fiebre de niño. Y me dormí.

Desperté en mi cuarto de la calle Chuquisaca. La luz de la mañana entraba por la ventana rota. Me incorporé lentamente. Ya no sentía dolor. El aire estaba lleno del aroma del chaíro de mi madre. Ese olor imposible. Escuché platos moverse. Y después su voz, clara, cálida, eterna:

—¡Vení a comer, hijito!

Me puse de pie. Caminé hasta el espejo. Me miré. Sonreí. Una lágrima me bajó lentamente por la mejilla. Y apuré el paso para ir al encuentro de mi madre…

El cielo tenía ese color de sábana sucia que anuncian los inviernos de Buenos Aires. Había llegado temprano al trabajo toda la semana anterior, así que ese día me permití llegar apenas con el tiempo justo. En la parada éramos pocos, una mujer con auriculares, un hombre mayor leyendo un diario doblado, y él. No recuerdo haberlo visto llegar, simplemente estaba ahí.

Moreno, de pelo largo y algo grasoso, cayéndole sobre los hombros. Tenía el rostro ancho, los ojos un poco hundidos y un cuerpo pesado que hacía pensar que cualquier escalera debía resultarle una tragedia. Llevaba una campera negra con las manos enterradas en los bolsillos y una mochila gris colgándole de la espalda, parecía una persona cualquiera. Hasta que habló.

—¿Acá para el 78?—Su voz era suave, casi tímida.

—Sí —le respondí.

Asintió lentamente, durante unos segundos no dijo nada más, el silencio se volvió incómodo, como si la pregunta hubiera quedado flotando sin propósito, entonces volvió a hablar.

—Escuché que paraba una cuadra antes.

Lo dijo con una seguridad tan tranquila que me hizo dudar, miré el cartel de la parada. No decía nada.

—¿Seguro?

—Bastante.

Encogí los hombros.

—Bueno… vamos.

Caminamos esa cuadra, y ahí esperamos. Cinco minutos, diez, quince. Hasta que el colectivo apareció, El 78. Lo vimos venir, levanté la mano. El chofer ni siquiera redujo la velocidad, pasó de largo y siguió. Desapareció en la esquina. Yo me quedé parado, mirando el vacío que había dejado. Entonces escuché detrás mío un suspiro tembloroso, cuando me di vuelta, el hombre estaba pálido.

—Perdón.—Lo dijo apenas.

—No pasa nada —respondí, irritado.

Pero él empezó a repetirlo.

—Perdón… perdón… perdón…

Su voz comenzó a quebrarse, los ojos se le llenaron de lágrimas y de repente estaba llorando como un niño. Un llanto torpe, desbordado, desesperado.

—Perdón… no puedo creer que hice esto… no puedo… no puedo arreglarlo…

La gente empezó a mirarnos. Yo no sabía qué hacer.

—Eh… tranquilo —dije—. No es tan grave.

Pero para él sí lo era, se tapó la cara. sollozaba. Su cuerpo enorme temblaba y ahí, en esa vereda vacía, tuve que consolar a un desconocido que lloraba porque yo había perdido un colectivo, tardó varios minutos en calmarse, cuando finalmente dejó de llorar, respiró profundo.

—Lo siento mucho.

—Está bien.

Nos despedimos, y yo pensé que todo había terminado ahí.

Esa misma tarde lo vi otra vez, estaba en la vereda de enfrente de mi trabajo, pero no hacía nada. Solo estaba parado. Las manos en los bolsillos, mirando al edificio con una mirada perdida. Pensé que era coincidencia, Buenos Aires está llena de coincidencias, pero al día siguiente lo vi en la facultad. Sentado en un banco del patio, no hablaba con nadie, solo estaba ahí. Cuando pasé cerca levantó la vista. Y me reconoció. Su expresión fue rara. Como alivio y vergüenza a la vez. Como si estuviera agradecido de verme vivo, no dije nada, seguí caminando. Lo volví a ver. En el colectivo, en la parada, en un bar donde fui con amigos, una vez incluso en la cancha. Siempre igual. Campera negra, mochila gris y manos en los bolsillos, mirando como si verificara algo.

Pasaron semanas. Después meses, nunca volvió a hablarme, pero siempre estaba… más cerca o más lejos, pero estaba. Una vez lo vi parado en la vereda de enfrente de mi departamento, eran casi las tres de la mañana, yo estaba fumando en la ventana. Y ahí estaba él, bajo la luz amarilla del poste, inmóvil. Cuando me vio, levantó la cabeza y por un momento pensé que iba a cruzar la calle, pero no lo hizo, solo se quedó ahí. Hasta que cerré la ventana.

Con el tiempo dejé de contarle a la gente, al principio lo mencioné. Mis amigos decían lo mismo.

—Debe vivir por la zona.

—Seguro trabaja cerca.

—Capaz ni te reconoce.

Yo sabía que sí, lo sabía por la forma en que me miraba, como si esperara algo, como si temiera algo. Una vez incluso pensé en enfrentarlo, preguntarle qué quería, pero cada vez que estaba cerca sentía algo extraño, una sensación de error. Su presencia no parecía encajar con el mundo, como si hubiera un cálculo mal hecho en la realidad y él fuera la prueba.

El día que todo cambió llegué a casa muy tarde, había trabajado doce horas. Estaba agotado y subí las escaleras del edificio. Cuando abrí la puerta del pasillo lo vi, estaba parado frente a mi departamento. Esperando. Sentí un frío subir por la espalda.

—¿Qué hacés acá?

No respondió, solo me miró. Sus ojos estaban húmedos, como aquella mañana en la parada.

—Necesito hablar con vos —dijo finalmente. Su voz era casi un susurro.

—¿Sobre qué?—Respiró hondo.

—Sobre ese día.

Sentí algo incómodo en el estómago.

—¿Qué día?

—La parada del colectivo.

Tragué saliva.

—Eso fue hace meses.

—No para mí.

Se acercó un paso.

—Ese día… no fue un error.

Mi mano temblaba sobre las llaves.

—¿Qué querés decir?

El hombre bajó la cabeza. Parecía avergonzado.

—Yo… tenía que hacerlo.

—¿Hacer qué?

Levantó la vista. Y por primera vez vi algo terrible en sus ojos, algo parecido al miedo, pero no hacia mí, hacia otra cosa.

—Si tomabas ese colectivo —dijo— ibas a morir.

El pasillo quedó en silencio. Escuché un auto pasar en la calle.

—¿Qué?

—El 78 chocó tres cuadras después.

Sentí que el aire se volvía pesado.

—Eso… no es verdad.

—Murieron cuatro personas —su voz tembló—. Yo lo sabía.

—¿Cómo? —No respondió. Solo me miró.

—Entonces —dije— ¿me salvaste?

Su expresión se quebró.

—Eso creí.

Hubo un silencio largo, muy largo. Hasta que pregunté:

—¿Y por qué me seguís?

El hombre tardó en responder. Sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas.

—Porque no estoy seguro.

—¿Seguro de qué?

Su voz salió rota.

—De haberte salvado.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

—¿Qué significa eso?

El hombre miró el piso, luego el techo, luego observó el pasillo vacío. Como si esperara que alguien estuviera escuchando.
—A veces —dijo— cuando uno evita algo… no lo evita, solo lo mueve, más adelante, más cerca.

Sus ojos volvieron a clavarse en los míos.

—Y yo tengo que mirar.

—¿Mirar qué?

El hombre respiró profundo, cada palabra pesaba toneladas.

—Cuándo pasa.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Cuándo pasa qué?

Entonces hizo algo extraño, sacó lentamente las manos de los bolsillos y las levantó. Señaló detrás de mí, hacia la puerta de mi departamento.

—Eso.

Sentí un frío brutal, muy despacio, demasiado despacio, giré la cabeza. La puerta estaba entreabierta, yo estaba seguro de haberla cerrado por la mañana. Muy seguro, cuando volví a mirar al hombre, él estaba retrocediendo por el pasillo. Sus ojos eran puro terror.

El tipo harto de que le apunten con celular, se quita la máscara, lo que hay debajo de la máscara los deja sorprendidos a todos.

Imagina esto: en una noche apacible de Halloween, varios adolescentes sentados en el porche de uno de ellos se preparaban para salir a divertirse, pedir dulces, hacer travesuras, quizá consumir un poco de alcohol y cigarrillos, pudieron observar a un tipo que nadie conocía. Todos los asistentes comenzaron a grabar con su celular a este extraño que ahora pasó a ser famoso, pasó a tener protagonismo, incluso antes de que alguien inventara el término “viral” de redes… El tipo harto de que le apunten con un celular, se quita la máscara y lo que había debajo de la máscara dejó sorprendidos a todos.

A decir verdad, muy pocos recuerdan el aspecto de este sujeto, pero todos concuerdan en que era deforme, su piel era como cera parafina o quizá como una vela que después de quemarse se escurre. Alguna de las chicas exclamo: “Pobre muchacho, ¡tuvo un accidente!”. Los asistentes cayeron en un ruido tan fuerte que los dejo sordos, la mente de alguno se funde, ahora se encontraban en otra escena.

Es curioso como un evento traumante puede ser ápice de mala fortuna, recordando un suceso de su pasado, en un día oscuro en donde al dirigirse a casa luego de tomar un turno nocturno, bastante largo, pudo ser testigo de como un auto arrollaba a un caballo en tiempo real, el choque fue tan impresionante que le partió los nervios en dos, en tres y hacía una fragmentación de seres que vivían muchas realidades parecidas, pero que no eran las mismas, todo en esa misma escena, mientras otra camioneta jalaba al caballo con una soga, el pobre animal que era blanco tenía un costado rojo por su propia sangre, no había más que hacer pues la carretera era de velocidad máxima. Un fragmento de esa realidad, lo centró en un ser que se encontraba sentado en un circulo de sillas frente a un grupo de autoayuda, en donde se veía obligado a compartir está vivencia frente a muchas personas.

¡Odio como todos tienen una vida perfecta y yo no puedo tenerla, incluso me siento traumatizado por ese animal que me ha marcado, tengo miedo incluso de salir a la calle, lógicamente ya no puedo manejar, mi confianza se ha desvanecido! al estar en un grupo de personas todos esperaban que fuera un caudal, que diera testimonio, que dijera comentarios de como pude salir de este episodio, airoso, así que tuve que ser yo… Su maldito conejillo de indias que ahora servía como motivación personal. ¡Termine por odiar tanto esto!

Mis sentimientos de manera tradicional dando cabida a los acontecimientos del día de “Dulce o Truco”, el tipo al quitarse la máscara y dejar ver su rostro detrás, hizo que todos los presentes gritáramos, es curioso pero la verdad ya no recuerdo del todo como era su rostro en realidad, supongo que esa memoria la suprimí, ahora la tengo deformanda en mí, varias escenas en blanco hasta al momento de escuchar los gritos de mis amigos pude salir del trance, como los gritos del caballo agonizante, pensaba que el pobre animal había fallecido hace horas, incluso yacía inerte mientras lo arrastraban, mi mente esta echa un lio, sin embargo sé que todo ocurrió.

II

—Está diciendo que usted estuvo allí, es el único sobreviviente y no sabe lo que ocurrió, señor. —Se escucha una voz femenina molesta, es una detective que investiga el hecho.

—No sé lo que paso le repito, ya tomó una muestra de mi ADN, no sé que más hacer, mire, le diré algo, tengo su tarjeta, si recuerdo algo más le llamare, ¿de acuerdo? Ahora, por favor, si no tiene más que preguntar quisiera irme a casa.

—Está bien, es todo por ahora, solo le recuerdo que han muerto cuatro personas y usted no me da nada que pueda usar, estaré sobre usted, así que asegúrese de no salir de la ciudad en los próximos dias…

El jueves por la noche, estaba conduciendo y me sentía sin apetito, de hecho, después de ocurrido mi hambre era nula, no dejaba de pensar en que esto era una ritual, hace años leí sobre ello, sabes, mi padre me introdujo en la religión trinitaria en donde me la pase leyendo los libros prohibidos de Aleister Crowley, así que formaba parte de la realidad oculta de los bajos mundos, es curioso pensar que no es la primera vez que pierdo la noción de los acontecimientos que estoy viviendo y al despertar me doy cuenta que ha pasado una desgracia, es justo como cuando murió mi padre, es solo que aquella vez la policía no se dio cuenta que estaba en la casa del suceso… En fin, que a los diecisiete años me encontraba volcado en adicciones, mi padre me había echado a los quince, así que estaba por mi cuenta viviendo en las calles, una noche entre a su casa sin su consentimiento, buscando qué comer y qué robar, lo encontré en el sillón de la sala viendo TV, como regularmente lo hacía, al verme allí se sorprendió, ahora que lo recuerdo, el rostro de papa se deformó, tal como el tipo de la máscara del pasado Halloween, recuerdo que me dolió demasiado la cabeza y en un episodio de amnesia, desperté bajo un puente cerca a la casa de papa, tenía las manos llenas de sangre y un aroma azufre que fue desapareciendo gradualmente con los años.

Fue gracias a un patrullero que me enteré de lo ocurrido, alguien lo masacró dentro de su domicilio, me pidieron el ADN y al no descubrir pruebas contundentes fui absuelto. Creo que soy culpable, pero ni siquiera puedo explicar cómo, en cuanto a los libros de ocultismo de la estantería de papá, robé uno que se llama “El Moloch”, el autor era desconocido, solo como pequeña introducción mencionaba que era transcrito del arameo antiguo, pero era algo extraño por que provenía de Australia, esta historia hablaba de un ritual antiguo que te daba la fuerza de mil hombres, todo esto gracias a un espíritu llamado Moloch que entraba en ti luego que le dieras el control y potestad. Cuando lo leía en voz alta luego de una sección de opioides en mi habitación, podía ver como un lagarto al que denominé “diablo”, espinoso, del tamaño de mi puño, color cobrizo proveniente de los parajes desérticos hacía un agujero en mi pecho y formaba ahora parte de mi… Me sentía el único representante de algo así en la tierra en el género y uno de los aspectos más extraños al menos en lo que conocía, ahora era un lagarto capaz de beber a través de mi piel, la cual ahora tenía grandes espinas, parecidas a las de una cretácea, lo más fúrico era que en esos lapsos mi sed era de sangre, el ambiente cerca de mí se condensaba cuando estaba en trance y todos a mi alrededor se convertían en líquido que podía aspirar de manera capilar y escurrían hasta mi boca.

Sabía que mi padre y las víctimas de Halloween habían sido carne de cañón, habían caído en mis manos, pero no veía el alivio de poder confesar, pues no sabía cómo Moloch había podido poseerme y hacer estas atrocidades, así que debía buscar respuestas antes de entregarme.

Viajé a Australia.

III

¡Que calor hace aquí! Cuando intentaba dormir solo veía escenas terroríficas de los dos asesinatos, de Aleister Crowley y del lagarto demonio espinoso que habría mi pecho y entraba en mí. Solo tenía un domicilio que había sacado de las anotaciones que papá había hecho en el libro que estaba en mi poder.

Aquí la gente es rara, mi escueto inglés no me ha dejado avanzar, pero soy adaptable, como el loco del tarot, todos los alimentos de aquí son diferentes, nada me ha caído bien, tengo una diarrea brutal y siempre estoy deshidratado. En la tiendita de la esquina conocí a un latino, un hombre de mediana edad proveniente de Cuba, al verme por segunda vez comenzamos a hablar.

—¡Asere! Parece que no va bien con la alimentación, te veo amarillo, parece que el agua de aquí no te ha caído bien, me ha pasado igual es la “templanza árida”.

—¡¿Qué es eso de la “templanza árida”?!

—Es un término que los locales le dan al polvo en los alimentos, aquí todo y todos tenemos polvo de lagartos.

—¿Qué dijiste de los lagartos, amigo?

—¿Qué lagartos?, yo no eh dicho nada, creo que te has confundido, ¡asere!, pero escucha esto; mi madre en Cuba la bella, me ha enseñado cosas, la cúspide y el medio cielo, esto es algo como arte de adivinación en los ojos de los individuos, funciona como el tarot para algunas personas, solo que lo míos es más efectivo, mi intuición me dice que no andas del todo bien ¡asere!, ven por la noche, después de cerrar, tomemos una copa y te cuento.

Conocí a una persona de un culto a deidades ancestrales, en los ojos de mis estigmas, había cosas que ese cubano no me decía, sabía que el termino de “la cúspide y medio cielo”, lo había visto en los libros de Aleister Crowley, pero como una nota al pie, o sea que pasaría desapercibida para un lector promedio, de allí mi comentario que en los libros de este autor hay muchas cosas interesantes que debes revisar.

Esa noche al recibirme en la parte trasera de la tienda, mi nuevo amigo cubano tenía una camiseta negra con un logotipo bastante particular, era la figura de un hombre vestido solo con taparrabos y una mascara con colmillos de jabalí y una frase que decía:“Moloch”. Al preguntarle acerca del logotipo de su camiseta, él solo mencionó que era una de cualquier prenda, que no era importante, pero que si me gustaba me la obsequiaba, al final tenia una caja llena. Según él, contó que era el logo de su banda favorita y que además era el presidente del club de fans.

—En Australia les encanta el heavy metal, la banda “Moloch” no solo es un grupo musical, a los que formamos el grupo de fans, nos gusta pensar que además somos un culto, su música en una religión al menos para mí, no me tomo esto a la ligera, sabes.

—¿De qué querías hablar? Supongo que no de una banda local…

—Es curioso, pero en cierto modo sí. Pero antes dime que te trae tan lejos de tu país, quiero ser solidario contigo y busco ser amistoso con latino, paisano, asere.

—No se ofenda, pero no quiero nuevos amigos, lo que necesito son aliados, que a mi parecer es algo más que un amigo, viaje a este lejano país a desentrañar un extraño misterio, que tiene que ver con mi padre y unos libros de ocultismo.

—¡Crowley!

—¿Cómo sabes eso?

—Todos los pálidos pasan por eso, ¡asere! créeme mi camiseta no es casualidad y ahora me animo a decirte que quien andaba buscando al otro soy yo. Te regalaré una representación de la máscara de Moloch, pero solo se puede hacer de una manera, sino esto no funciona, estas cosas no se deben regalar debes darme algo significativo por ella, de hecho, te hare un favor, te libero del letargo del lagarto diablo y a cambio te doy un escudo de protección…

Al día siguiente tenía una cruda descomunal. ¿Cómo es posible esto si no tomo alcohol? Me levanté desnudo en una cama que no era mía, al llevarme las manos al rostro tenía barba de dos semanas. ¿Qué había pasado conmigo? Mi mente estaba difusa, al abrir la cortina de la ventana, me enteré que estaba en Mexico. ¿Cómo había pasado esto? ¡Maldito cubano, asere!

Lo siguiente fue cuando estando en casa comencé a ponerme esa mascara, a veces visitaba reuniones de adolescentes cuando estaban a punto de ir a pedir dulces en Halloween.

Condado West Sun, Arizona 17:33 horas. Año 2008

El sol del desierto por fin daba tregua. En el condado de West Sun, el ocaso pintaba el horizonte de un naranja quemado, aprovechando las largas horas del horario de verano. Rob y Stuart, dos hermanos adolescentes con demasiada energía y poca supervisión, lanzaban una pelota de béisbol en el patio trasero.

Todo estaba perfecto. Sus padres se habían marchado a un retiro espiritual y no volverían hasta la madrugada. La casa estaba sola, la nevera llena de cerveza barata y tenían una bolsa de hierba escondida en el garaje. Los amigos estaban por llegar. Iba a ser la fiesta del año.

Stuart atrapó la pelota en su guante de cuero con un golpe seco.

—Lanza más rápido, idiota —gritó, riendo.

Pero Rob no lanzó. Se quedó congelado. Mirando hacia el horizonte. El sonido no llegó del cielo. Tampoco de la tierra. Estalló dentro de sus cráneos. Fue un chirrido industrial. Crudo, metálico. Hizo temblar sus dientes. Hizo sangrar sus encías. Erizó el vello de sus brazos. Era una onda sónica que subía y bajaba. Como una sirena de ataque aéreo. Distorsionada bajo el agua.

En West Sun nunca pasaba nada. La noticia más emocionante del mes había sido un perro matando a la oveja de los vecinos. Pero aquello… aquello no era lo habitual.

—¿Qué diablos es eso? —preguntó Stuart, bajando el guante. El sonido cesó tan abrupto como había empezado.

—Seguro es algún generador viejo de los granjeros —dijo Rob, aunque su voz temblaba. Intentó pasarse por valiente —o algún tractor de la zona que se le fundió el motor, vamos a ver.

Dejaron los guantes en el porche y caminaron hacia la planicie desértica detrás de la casa. A unos cien metros, la realidad se había roto. Había dos aberturas. En el suelo, un cráter perfecto lleno de un lodo negro y burbujeante que apestaba a azufre y carne podrida. Y justo encima, alineada verticalmente, una fisura en el cielo. No era una nube; era una grieta de fuego estático que sangraba luz.

—Rob… ¿qué hacemos?

—Stuart retrocedió un paso… con un nudo en el estómago—. Se me eriza la piel solo de ver eso, mejor Vámonos.

—No seas marica, Stuart —Rob sacó su teléfono —¿no querías impresionar a las chicas? Imagina la foto que sacaremos con esto.

Rob dio un paso al frente. En ese instante, la física se invirtió. De la fisura del cielo no cayó lluvia, sino carne. Pedazos húmedos de vísceras, trozos de hígado y sangre coagulada cayeron con un sonido viscoso sobre la arena del desierto, salpicando las botas de Rob.

Y entonces comenzó la melodía. Un canto melancólico, bajo y gutural, que parecía emanar de la grieta.

Rob dejó caer el teléfono. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir todo el iris. Empezó a balbucear, pronunciando sílabas en una lengua muerta, áspera, imposible para las cuerdas vocales humanas.

—N’gai, n’grath… fhtagn…

—¡Mierda! ¡Rob! —gritó Stuart—. ¡Reacciona, cabrón!

Stuart corrió hacia él y lo agarró de los hombros, sacudiéndolo. Cuando Rob giró la cara, Stuart gritó. Los ojos de su hermano eran blancos, lechosos, y lloraban sangre negra. Con una fuerza inhumana, Rob agarró a Stuart por el cuello y lo lanzó por los aires como si fuera un muñeco de trapo. Stuart voló cinco metros y aterrizó mal. Un crujido seco resonó: ¡crack, roc! en el silencio del desierto. El hueso blanco asomaba a través de la piel de la pantorrilla, brillante de sangre y grasa.

—¡Ahhhh Maldito seas! —aulló Stuart. Intentó arrastrarse, llorando de dolor, pero se detuvo al ver a su hermano. Rob se había arrodillado frente a la lluvia de vísceras y se las estaba comiendo. Devoraba la carne caída del cielo con la voracidad de un animal hambriento.

—Rob… por favor… ¿qué mierda haces?, ¡reacciona!

El cuerpo de Rob cayó inerte en el suelo. La carne cedió con el chasquido de un molino triturando cartílago. Los huesos se partían y rasgaban la piel desde adentro; algo monstruoso se estaba abriendo paso desde adentro. Levantó la cabeza con un temblor espasmódico. Al girarla, las vértebras crujieron. Sus chillidos de agonía se ahogaron cuando la mandíbula inferior se desencajó y se partió por la mitad, separándose en dos mandíbulas independientes como las de un insecto. De su espalda brotaron cuatro extremidades nuevas: patas largas, quitinosas y afiladas, cubiertas de fluidos haciendo que su piel, sus jeans y su camisetas se rasgaran.

La criatura giró hacia Stuart. Se movió con una velocidad aterradora, usando sus nuevas patas para correr por el terreno. En solo segundos, estuvo encima de él. Lo levantó con unos tentáculos húmedos que le habían brotado del torso y lo acercó a su rostro deforme. Stuart quiso huir, pero sus piernas no respondieron. Se había petrificado por completo, sintiendo apenas el calor humillante del líquido que escurría por su entrepierna.

La criatura olfateó el aire saboreando el festín de olores que acompañaba la brisa, moviendo su cabeza partida de lado a lado. Una lengua larga y oscura, que se desprendía desde su cuello expuesto, recorrió el rostro de Stuart, dejando un rastro de baba.

—¡Hermano! —sollozó Stuart —¿por qué?, ¿aún estás ahí?

La criatura abrió su boca partida. La voz de Rob salió de allí, pero sonaba como si hablara desde el fondo de un pozo, distorsionada y múltiple. —Si… aquí estoy, hermanito.

—¿En qué te has convertido?

La criatura no respondió. Con un chillido agudo, corrió hacia el pozo de lodo negro, llevando a Stuart consigo. Sin dudarlo, se sumergió en la sustancia viscosa, arrastrando al chico hacia la oscuridad profunda, ahogando sus gritos en el alquitrán. El desierto volvió a quedar en silencio.

Unos minutos después, la superficie del lodo burbujeó. Dos figuras emergieron del pozo, el alquitrán se fue disipando como si fuera humo. Eran Rob y Stuart. Ya no tenían patas de insecto, ni huesos rotos, ni mandíbulas partidas. La pierna de Stuart estaba perfecta, sin rastro de fractura. Caminaban con una sincronía extraña, mecánica, como si nada hubiese sucedido y caminaron de regreso hacia la casa. Recogieron los guantes del porche. Rob tomó la pelota. Stuart se colocó en posición. Empezaron a jugar como si nada, una y otra vez, con precisión, concentrados en el juego.

A lo lejos, se veían los faros de los primeros coches acercándose. Los amigos estaban llegando. Ambos se miraron y sonrieron mientras seguían en el juego, esperando a los invitados. La fiesta estaba a punto de empezar. Y los nuevos anfitriones estaban ansiosos por darles una sorpresa de bienvenida.

La Convergencia había empezado.

Estaba en este departamento de clase media, en el tercer piso, Avenida Diez, como a las diez de la noche, un grupo de escritores amigos que bebían y compadreaban. Estaban ahí porque el poeta del grupo había tenido una crisis la semana pasada; algo que tuvo que ver con la ruptura de su novia. No lo sabían muy bien. Apenas se iban a enterar de los detalles. Pero es que también estaban ahí porque dicho poeta les iba a presentar los primeros versos que le surgieron de esa ruptura, y a un amigo.

Sobre los nuevos versos, algo clásico entre los eternamente atormentados que sufren de pronto de un corazón roto: les crece un proyecto a base del dolor y, por qué no, del despecho. Esa clase de duelo casi mortal que les hace preguntarse si algún día volverán a encontrar el amor verdadero, o si el resto de sus patéticas vidas las pasarán completamente solos. Cuestiones que los habrán atenazado quizás desde que las hormonas puberales les habrán abierto las mentes a la posibilidad de la decepción y la miserabilidad humana en general. Materia que de hecho los vuelve escritores y que, entre lágrimas, los impulsa a esgrimir el bolígrafo o a teclear como malditos poseídos. El poeta, sin embargo, no estaba en sus mejores condiciones. Estaba, sí, muy entusiasmado por mostrarles su trabajo a sus amigos, con esa cara de compungido y la curva de su espalda igual que una joroba. Pero también tenía el llanto fácil y la voz constantemente mordida. El corazón saliéndosele por una axila y las manos sudorosas.

Había estado visitando a su pobre psiquiatra todos los días desde que la mala mujer lo abandonó, y el pobre psiquiatra le había recetado cuanta píldora soporosa se le ocurría para cumplir con la receta que el poeta esperaba obtener cada vez. El psiquiatra era, raramente, de los que creía que los antidepresivos en realidad no funcionaban más allá que como simples placebos. Creía que solo hacían sufrir grandes efectos adversos a sus pacientes, y por sufrirlos esos creían a su vez que estaban tomando no solo algo real, sino que les funcionaba de alguna manera y a la larga.

El poeta, el cuentista, la ensayista y los dos novelistas no sabían esa teoría que, de hecho, sus respectivos psiquiatras compartían. Y no la sabían porque sus pobres psiquiatras se la guardaban debido a que de eso vivían. De recetar drogas, en las que no creían, a personas que las necesitaban desesperadamente. Píldoras y píldoras como cita tras cita en el diván para desahogarlos. Pobres. Pececitos que no saben nadar.

Y con esa modalidad terapéutica, casi un convenio, que los escritores hacían corrillo y compartían sus diagnósticos.

¡Uy, no! El novelista y fumador empedernido padecía depresión. Y depresión severa. Cada que el cielo se nublaba, él se nublaba igual. Y con cada canción melancólica sus recuerdos de niño, en el lago, pescando sin pescar nada.

Uy, no, y el otro novelista, también fumador olímpico, que además de depresión sufría de ansiedad. Porque veía las noticias y en la calle todas las señales de que, ahora sí, pero ahora sí, su país se volvía una dictadura tercermundista.

Y la ensayista, caso especial, porque aparte de depresión tenía algo curioso que su psiquiatra llamó “estado limítrofe”. Algo así como una condición en la que todos tienen la culpa excepto ella. Lo de ser intensa en sus relaciones, protagónica en las conversaciones y pelearse con cualquier individuo a diario, parte de su trastorno.

¿Sobre el cuentista? Ni qué decir. Él sufría del trastorno obsesivo-compulsivo, declaradísimo y refractario a montón de terapias. No sabía describir en específico cuáles obsesiones compulsivas tenía, pero las tenía, todas, y eran graves.

Así estaban ellos, departiendo con copas de un extraño vino sin alcohol porque lo tenían contraindicado, presumiendo de sus muchos síntomas, de sus muchos medicamentos, cuando apareció el poeta en cuestión para decir que todavía no podía comenzar la oratoria porque esperaba al otro invitado.

A uno que había conocido justo en la sala de espera del consultorio de su psiquiatra. También escritor, vaya a saber quién en cuál género. Se hicieron plática un día, coincidieron en lo del oficio, y el poeta lo invitó a su reunión. Esa reunión. De tal modo que la expectativa entre el grupo de escritores era alta, porque el potencial nuevo miembro no solo era escritor también, sino además un enfermo mental. Qué emocionante les pareció.

Y el nuevo miembro, también escritor, y también enfermo mental, tocó a la puerta y entró. El corrillo se desbarató para darle la bienvenida y estar atento a su presentación. Nombre, edad y lugar de origen. Autores favoritos, películas favoritas y si publicado o no. No, sin publicar. Y sí, escritor asiduo de muchas cosas. Pero, ¿y su diagnóstico mental? Ninguno que pudiera reportar el nuevo miembro ni el poeta que no se le ocurrió preguntárselo antes.

Entonces, ¿sin medicación? Sí, así era. Limpio de cualquier droga desde hacía mucho tiempo. ¿Completamente sano de la cabeza? Él diría que sí. ¿Ni siquiera una pastilla para dormir? Ninguna. ¿Y qué hacía entonces en el consultorio de un psiquiatra?

Ah, bueno, solo por rememorar y para buscar nuevos amigos, porque, para que se enterase el grupo de escritores, él, de niño, tenía ciento veintiséis amigos imaginarios. Catorce de ellos le dijeron una noche que sus papás estaban muy sucios y que los tenía que bañar con gasolina. Ellos, a medio baño, se despertaron asustados quitándole los cerillos de la mano y a la mañana lo internaron en un lugar que no era un manicomio, cabía decir, sino un centro de retiro para gente que se comía su propia mierda, o que sentía a Satanás dentro de su cuerpo y lo querían expulsar desollándose. Tras varios años en ese recinto salió y entró. Salió y entró. Con variaciones leves entre que se dejó calvo por arrancarse el pelo, se intentó comer a un gato vivo, o de haberle metido mano a la vagina de la única enfermera con falda. Resulta que le alcanzaron cuatro rayos, dijo él, que los doctores llamaron electroshock, porque las tormentas, las muchas tormentas. Pero como no sirvieron y le crecían sus ansias sexuales, lo castraron. Aunque, como eso no sirvió para quitarle las visiones de cuando violaba ángeles, le hicieron una craneotomía y una escisión cerebral mínima. Y como eso podía conllevar babeo, pérdida del control de esfínteres y oligofrenia, pues debía llevar seguimiento con justo el pobre psiquiatra del poeta. Pero ese seguimiento hacía muchos meses se había interrumpido desde que lo intentó morder para saborearle una oreja nada más. Ahora ya solo rondaba su sala de espera sin entrar al consultorio. Y, ah, fue ahí donde conoció al poeta. Ahí donde lo invitó a esa reunión. Y en esa reunión donde podía afirmar, con certeza, que estaba completamente sano de la cabeza.

Vaya, no como todos ellos, pobres, pobres escritores. Con sus tan críticos trastornos que les jodían la vida. Ellos sí estaban mal. El nuevo miembro del grupo no.

Un ardor añejo.

Su llanto aún me persigue.

Mis glúteos se contraen. Mi abdomen es piedra.


—¡Empuja! ¡Empuja! ¡Vamos!


La transpiración avanza como una marejada por mi espalda. A través de mis
senos, corren hilos de sudor incontrolables.


—¡Ahora respira! ¡Toma aire, Lila! ¡Sostenlo!


Mi vista se cubre de nubes. Anuncian tormenta.


Andy está aquí. No lo veo pero lo siento. Sus dedos crujen bajo mi mano. Duele,
pero créeme que a mí más.


—¡Pinzas!


Siento el ardor en pelvis y abdomen. Titilan como brasas calientes sobre mi
piel.


—¡Ahora, Lila, empuja! ¡Con todas tus fuerzas!

Algo en mí se deshabita. Algo me abandona para siempre, me vacía. Se va.
—¡Waaaaaaah!


Un sollozo agudo se clava en mis oídos, que tiemblan como hilos en el aire.
Luego, silencio. Incómodo.


Andy me suelta la mano. La oscuridad me invade entera.


Mi abdomen ya no se siente tenso. Aún conservo el ardor en mi cuerpo.
El rostro semicubierto de un médico me observa. Se quita el barbijo; en sus ojos
se adivina la sombra de quien ha perdido.


—Lo siento mucho, Lila —dice casi susurrando—. De verdad lo siento.


Ahora arrecia la tormenta.


Regreso a mi cuerpo. A veces los recuerdos son un sorbo de veneno.

El tazón de café aún me espera, inquieto. Ya no humea; hace rato se cansó de
esperarme.

Una bata color rosa me envuelve con timidez el cuerpo desnudo. Ajusto ambos
extremos del cinto; quedan descansando sobre mi falda como dos serpientes
hambrientas. Morirán de hambre. Hace mucho que no hay vida bajo este techo.

Quiero recordar —por alguna razón que desconozco— cuánto tiempo ha pasado desde que Andy se fue. Quiero saber cuántos miles de minutos han pasado desde que alguien se acercó a mí. Quiero… pero, cuando lo intento, ese llanto agudo se introduce directo a mi sien.

Después de varios minutos, le devuelvo la mirada al tazón. Una mirada fugaz, pero presiento su atención inanimada.

Recojo el móvil con más impulso que estoicismo. Andy aparece primero en la
lista. Mi dedo tiembla sobre su nombre.

Entonces suena el timbre de casa. Siento por un momento haber olvidado su sonido. Pero ahí está, oportuno.

Me enderezo de un sopetón. Mis pies descalzos redescubren la frescura del suelo. Luego me guían hacia la puerta. La abro con extrañeza. Nadie. Solo una pequeña brisa de aire, con olor a ciudad, golpea mi nariz. Observo. Nada. Bajo la vista. Ahí está. Una pequeña bolsa de tela descansa sobre el felpudo, con una bienvenida mentirosa.

La recojo, intranquila. Dentro un pequeño frasco de vidrio transparente. Etiqueta blanca, letra infantil: «Para mamá».

El ardor añejo regresa a mi cuerpo. Mi abdomen vuelve a tensarse. Cierro los ojos y el pasado me arrastra con violencia.

Una voz atrapada.

A lo lejos, aún siento su llanto. Lejano, cada vez más difuso, pero ahí está.

Encuentro nuevamente la mano de Andy. Ahora es él quien presiona la mía, nervioso.

¿Supe en ese instante que sería la última vez que sentiría su presencia de ese modo? La calidez de su mano rozando mi piel… como si fuera su alma quien me tocara. No lo supe. Quizás solo intentaba no derrumbarse.

Aún escucho su llanto.

Grito, con toda la fuerza que me queda. Mi diafragma se abre como un abismo.

—¡¿Adónde se llevan a mi niño?! ¡Traigan a mi bebé!

El olor agridulce y metálico invade todo. Sangre. Miedo.

De pronto, un aroma distinto. Naranja. Profundo. Vivo. Me llena las fosas nasales y, por un instante, me recuerda que todo lo perdido puede volver.

Sé que el frasco sigue en mi mano. Lo siento pesado y frágil al mismo tiempo.

Levanto mi bata y seco mis ojos con ella. El frasco está vacío. Mudo. Lo abro con cuidado. El aroma escapa de golpe: salvaje, agridulce, metálico. Naranjas

Entonces una voz aniñada escapa del frasco.

—Mamá.

Es su voz. La voz que nunca escuché pero reconozco en cada fibra. Mi corazón se detiene un instante, luego golpea con furia. Lo alejo. Tiemblo. Frío y calor se debaten en mi sangre.

Vuelvo a acercarlo. Ahora permanece mudo. El olor se desvanece.

Lo cierro con rabia y lo dejo sobre la mesa. El tazón de café tiembla con el impacto. Toco la pantalla del celular. El nombre de Andy brilla. Debo llamarlo. Pero se apaga sola.

Otra señal que no comprendo. La lluvia golpea nuevamente dentro de mi, insistente, implacable. Ya no veo el frasco. Ya no siento su olor. Aun así, algo dentro de mí sabe que sigue ahí, aguardando, paciente, secreto.

Naranjas

Andy me miró con la tristeza de quien está a punto de abandonar su propia alma.

Apretó mi mano y sonrió con esa inseguridad que siempre le salía cuando algo grande giraba en su cabeza. Lo noté.


—Créeme que intenté revivirte, Lila. Hice todo lo que pude para que este momento jamás existiera.


Las lágrimas le brillaban en los ojos.


—También me partió. También una parte de mí quedó allí —me dijo.


No pude responder. Me miró esperando palabras que nunca escaparon.


—Adiós, Lila.

El recuerdo de su voz me devuelve al presente. Me quedo rígida mientras mi mente pasea perdida entre la confusión y la incredulidad.

Otro timbre.

Salgo descalza. La hierba acaricia mis pies desnudos. Nadie en la calle. El barrio parece vacío.

Vuelvo, otra bolsa idéntica me espera.

La recojo con desesperación. El aire ahora gana fuerza, despeinando mi flequillo, que se adhiere a mi rostro húmedo.

Una imagen se cuela en mi mente. Sin pedir permiso.

Estoy sentada con la barriga prominente escapando de mi blusa. Algo habita en mí. Un antojo feroz se apodera de mi voluntad. No necesito hablar. Andy ya lo sabe.

Se acerca con un frasco pequeño de jalea de naranja. Una tapa blanca lo protege. Me besa la frente, luego la barriga, y se aleja dejando detrás una sonrisa cálida.

Al abrirlo, el aroma dulce y vivo asalta el ambiente. Lo devoro con desesperación.

Los frascos ya no están sobre la mesa. Solo queda el aroma, leve y dulzón, flotando en el aire.

Riiing. Luego, quietud.

La habitación está en silencio, pero yo puedo sentirlo respirando dentro de mí.

Quizás nunca hubo nada. Quizás aún sigue aquí. Tal vez no importe.

Respiro hondo, y entiendo que ese aroma a naranjas siempre permanecerá aquí dentro.

Todo empezó con un día con un tedioso, hastiados de una dinámica de estudio no asociada con la la literatura ni con escribir, decidimos desperezarnos con un café en un bar cercano.

Allí entre lamentos, quejumbres y esperanzas latentes, cada uno expresó lo que pensaba sobre sobre dicha formación y lo que quería lograr con ella. Sin saberlo todavía, se estaba fraguando el preámbulo de que acontecería horas más tarde. La primera pieza del puzle ya estaba en el tablero de esta historia, pero no iba a ser la única.

Casi tocando la hora de cenar y como un elefante en una cacharrería la segunda pieza del puzle entró en tablero, entre gritos y aspavientos vomitó su verborrea y su frustración personal con la vida que tenía. No me sorprendí ante su actitud, ya llevaba tiempo perdida en su caos personal, culpando de sus decisiones al contexto que la rodeaba, sin ser capaz de asumir la posición, que ella misma había tomado con sus inacciones diarias. Me acerqué resignado hacía la cafetera de la cocina, el café siempre ayuda, pensé para mí mismo.

Distraído en ese proceso no me di cuenta de que la tormenta había dejado paso a una calma silenciosa. Aquel vendaval de sentimientos se había encerrado con las distracciones del mundo virtual.

Decidí borrar ese mal trago con café y con una buena serie en Amazon Prime, pero de repente una notificación parpadeo en la pantalla de mi móvil, un canal de Youtube al que me suscribí en su momento, indicaba que había nuevo contenido. “Notebook LM” de Google, la nueva ayuda para aprender a estudiar mejor. Intrigado empecé a ver el video, pero el sueño le estaba ganando la batalla al interés.

Finalmente, me quedé dormido y en mis sueños encontré la semilla de una idea que iría madurando y tomando forma hasta materializarse días más tarde en un intento de boceto de relato corto de apenas unas hojas dentro de una libreta escolar recuperada de un cajón y en desuso desde hacía bastante tiempo. La tercera pieza del puzle también se había manifestado en el tablero.

Pero no fue hasta pasada una semana, que encontré al torbellino de sensaciones ojeando la libreta que contenía mi boceto de relato corto.

—Parece interesante —me dijo.

Me quedé sorprendido con la valoración, no era habitual un tono tan positivo en ella. Aquel cambio de actitud se anclo en mi subconsciente como un chinche a la ropa. Era la hora de salir hacía la formación, pero no sin antes coger de entre sus manos la vieja libreta escolar y meterla en mi mochila.

Horas después en la pausa del café del bar al que regentábamos de manera habitual, me decidí por mostrar a un grupo selecto de compañeros, aquel boceto que tan buenas críticas había recibido ese día.

Los comentarios positivos se sucedieron rápidamente acompañados de otros en los cuales querían conocer más de aquel relato animándome a seguir escribiendo una historia más extensa.

Había nacido la comunidad del boceto y la excusa perfecta para evadirnos del tedio de las clases.

No escribo para dar lecciones de medicina, ni para vender una fórmula mágica de sanación que no tengo. Escribo porque descubrí que, cuando el cuerpo se vuelve una cárcel, la palabra es la llave de la celda.

El compañero maldito llegó de a poco. No irrumpió con un accidente ni una enfermedad famosa. Fue más sigiloso que todo eso: una molestia en la adolescencia que parecía un capricho del cuerpo. Estaba como contracturada, aunque no tuviera estrés, aunque no tuviera nada. Solo un dolorcito constante. Una presencia que aprendí a llamar “normal”.

Con el correr de los años, con la vida más estresante que fui llevando por el trabajo y la vida misma, el dolor fue creciendo. Sin grandes epifanías. Sin un parte médico devastador que mirar con los ojos abiertos. Fue como una planta que siempre estuvo ahí y un día descubrís que ocupó toda la pieza.

Empecé con masajes, sesiones de kinesiología, ejercicios que hacía con la esperanza de que esa cosa se fuera. Pero el dolor seguía ahí. Y los masajes no me daban placer; me dolían más. Había manos que me hacían ver las estrellas, pero al revés: por la intensidad del dolor, no por el alivio.

Fui a muchos traumatólogos y recibí respuestas como “es la vida” o “es estrés”. Hasta que di con uno que me hizo los estudios indicados y ahí apareció el culpable de tanto sufrimiento: foramen apretado, dos hernias, un tumor benigno, artrosis degenerativa. Todo junto. Con el “no tiene cura” incluido.

Mi mundo en trizas.

Hoy el dolor se hizo tan insoportable que no puedo hacer la mitad de las cosas que quisiera hacer. Esa punzada de antes hoy es un cuchillo clavado. Todo el tiempo. No se va. A veces duele menos, pero sé que está ahí. Porque cuando me olvido y hago un movimiento brusco, el cuchillo gira.

Si tuviera que explicarle mi dolor a alguien que nunca sintió nada parecido, empezaría por contarle que vivir con dolor crónico debe ser una de las cosas más ruidosas mentalmente posibles. No me refiero a un ruido externo. Me refiero a un run run constante, a una alarma que nunca se apaga del todo, aunque a veces baje el volumen. Es una sensación de desgaste mental y físico que te lleva a veces a lugares muy oscuros. Y otras veces te da respiro, te deja crear o imaginar. Pero siempre hay un fondo de amenaza. Una conciencia permanente de que tu propio cuerpo es terreno inestable.

Con el dolor crónico aprendés que la energía no es infinita. Aprendés que cosas que los demás hacen sin pensar —irse a trabajar, barrer el piso, colgar la ropa— son, para mí, gestos de alta logística. Porque cualquier movimiento lo detona. Porque no hay gesto inocente. Porque vivir duele, y estar despierto es, en algún grado, estar soportando. Hay días en que el cuchillo no da tregua. Esos días no puedo pensar con claridad. Me cuesta armar una oración entera sin perder el hilo. Me quedo mirando una mancha en la pared o el número de la hora. Y lo peor no es el dolor en sí, sino lo que viene con él: la culpa por no poder, la bronca por depender, el miedo a que esto sea para siempre. Porque el dolor crónico no tiene fecha de vencimiento. No tiene un parte de alta. No tiene un “señora, ya pasó”.

Dependo del compañero maldito. Él decide qué voy a hacer hoy, qué puedo hacer, qué quiero. Afecta la cabeza más de lo que afecta el cuerpo. El dolor crónico no se queda en el músculo o en el hueso. Se instala en la toma de decisiones. En la posibilidad de ilusionarse con un proyecto. En la pregunta constante: ¿y si el día que tenga que hacerlo justo no puedo?

El silencio de la madrugada tiene una crueldad particular. No es el silencio tranquilo del que duerme bien; es ese silencio denso que amplifica cada señal del cuerpo, que hace que la mente no tenga adónde escapar y termine concentrándose, inevitablemente, en lo que duele.

Ya conozco esta sensación. Es un viejo conocido, y eso, lejos de consolarme, lo hace más agotador. No es solo el malestar físico; es el cansancio mental de reconocer la sensación y saber exactamente por lo que toca pasar otra vez. Ese “acá vamos de nuevo” pesa diferente a las tres de la mañana, cuando el mundo entero parece haberse detenido pero el dolor no da tregua.
Despertar por dolor es una de las crueldades más silenciosas que me. El sueño es territorio sagrado, el único refugio donde el cuerpo debería estar en tregua. Pero el dolor no pide permiso; te arranca de la inconsciencia de un saque, sin previo aviso. Y lo más amargo es entender que no te despertó para que te acomodes y sigas durmiendo, sino para obligarte a escucharlo. Es un huésped tirano que exige toda tu atención en medio de la oscuridad, con esa cualidad egocéntrica que tiene: no soporta que lo ignores, ni siquiera cuando estás soñando.

Llega un punto en que el enojo se agota y solo queda la resignación. No es rendirse; es dejar de gastar energía en una batalla que ya se perdió por esa noche. Es aceptar el desvelo como quien acepta una lluvia imprevista: te resignás a mojarte, te ponés de pie y buscás la manera de que las horas pasen sin que el peso del cansancio te termine de hundir…

El verdadero desafío empieza cuando sale el sol.

Desvelarse a las dos o tres de la mañana es una batalla privada, pero llevar ese dolor al trabajo es una puesta en escena agotadora. Son ocho horas de negociar con cada movimiento, de sonreír cuando querés cerrar los ojos y de cumplir con el mundo exterior mientras tu mundo interno está en llamas. Es vivir en dos realidades: la que todos ven y la que solo vos sentís bajo la piel.

Llego a cumplir con todo, porque no sé habitar el mundo de otra manera. Mi palabra y mi responsabilidad son innegociables, incluso cuando mi cuerpo me suplica clemencia. Pero ese cumplimiento tiene un precio que nadie ve: se paga con los restos que quedan de mí al final del día.

Lo que más me cuesta no es el dolor en sí, sino el tener que sostener la imagen de mujer entera para los demás. No me gusta que me traten entre algodones. Se agradece la atención, de verdad, pero no me gusta sentirme diferente, que me miren con esa carita y me quieran dar para adelante. Mi orgullo y mi dolor chocan todo el tiempo, y ese choque también cansa.

Cuando cruzo el umbral de mi casa, donde ya no hay que sostener la máscara, lo que queda es el llanto y la desesperación. Es el colapso necesario después de haber sido invencible durante ocho horas. Primero la frustración, porque no me gusta rendirme ante las cosas pero esta me supera. Después la descarga. Después, si queda algo, el silencio.

No es debilidad. Es el grito del cuerpo que finalmente encuentra permiso para dejar de aparentar. También están las frases. Esas que la gente suelta sin maldad pero que duelen como si el cuchillo girara dentro. “Pero no te ves mal.”“Es que si te distraes, se te pasa.” “Mi tía tenía eso y se curó con yoga.” “Tenés que pensar en positivo.” “No te podés rendir”.

Yo ya no explico más. A veces asiento. A veces me voy. A veces me quedo callada porque ya no me quedan palabras. Porque cada explicación me saca energía que no tengo. Porque sanar con yoga sería hermoso, pero yo ya probé de todo y el dolor no se va a ir. Y porque fingir que estoy bien para que el otro no se sienta incómodo es otro trabajo invisible que sumo a la jornada.

Lo que más me cansa es que parece que no se puede hablar de otro tema que no sea el dolor. Yo vivo con él día y noche, todos los días de mi vida. No necesito que me hablen de él. No necesito que lo nombren todo el tiempo. Lo que necesito, a veces, es que alguien esté sin querer curarme. Sin convertir mi dolor en el único tema posible entre nosotros. Que me mire a los ojos y me pregunte por una película, por el clima, por cualquier cosa que no sea el cuchillo.

Lo que más me duele no está en los huesos. Está en que el compañero maldito me aleja de la gente que quiero.

Tengo que cancelar planes. Llego tarde porque el cuerpo no respondió cuando tenía que responder. O llego y no puedo estar presente del todo, porque gran parte de mi energía se va en aguantar, en disimular, en no hacer una mueca cuando alguien me toca sin querer. He perdido amistades que no resistieron el constante “no puedo”. He visto a personas queridas dejar de invitarme, no por maldad, sino porque no saben cómo incluir mi imprevisibilidad.

Lo que más me cuesta no es el dolor en sí, sino el tener que decir no. Decirle que no a una cena, a un paseo, a un momento compartido con mi marido. Se siente como si esa sombra invisible estuviera decidiendo por mí, robándome la espontaneidad y obligándome a pedir perdón por algo que no es mi culpa.

El dolor crónico es solitario. No hay manera de compartirlo de verdad. Podés tener a la persona más amorosa del mundo al lado, pero ella no siente lo que vos sentís. Y llega un punto en que ni vos querés seguir contándolo. Llega un punto en que preferís el silencio. Aunque en ese silencio, a veces, también duele.

Hay un dolor que no se siente en los huesos, sino en la incertidumbre. Estoy esperando una resolución burocrática que valide lo que mi cuerpo ya sabe. Es un tipo de dolor diferente, pero igual de agotador. El dolor administrativo no te despierta a las tres de la mañana con un tirón, pero se instala igual, en la boca del estómago y en la tensión de los hombros. Mientras ese papel no llega, estás en un limbo: ni sos la trabajadora de antes, ni tenés la paz de la etapa que viene.

Y en ese limbo aparece una paradoja que no me esperaba: extraño trabajar. No la tarea en sí, sino la soberanía. Esa sensación de que vos sos la dueña de tu agenda y no que el dolor es el capataz que decide si hoy podés levantarte o no. Durante años soñé con la libertad de no tener que cumplir horarios, pensando que el descanso era el verdadero lujo. Qué ironía descubrir que hoy mi mayor lujo sería poder elegir el cansancio del trabajo sobre el cansancio del dolor. Me gustaría ser rica, sí, pero para tener el poder de presentarme a trabajar solo cuando yo —y no él— así lo decida.

El dolor me ha quitado muchas cosas, pero me niego a que me quite la capacidad de proveer para mí misma. No es solo el dinero; es el símbolo de mi independencia. Tengo un marido maravilloso que me dice que nos arreglaremos como sea, y le creo. Pero mi cabeza no concibe la idea de ser una carga, aunque me rodee el amor más generoso del mundo. Eso no cambia.

Mientras espero que otros decidan sobre mi futuro en un expediente, yo elijo crear mi propia realidad. Ya tengo tres libros autopublicados. No vendí ninguno todavía, y eso no me da paz al cien por ciento. Me pregunto si estoy lanzando botellas al mar que nadie recogerá, si mi voz es solo un eco en mi taller. Capaz que es cuestión de tiempo. Capaz que estoy escribiendo algo que a nadie le interesa. Ese run run está ahí todos los días.

Pero cada palabra volcada es un pedazo de mi historia que ya no me pesa adentro, porque ahora vive en el papel. Y mientras espero que ese eco regrese, me quedo con eso. Con la certeza de que escribir este libro es mi declaración de autonomía: prefiero que mi sustento venga de mi creatividad y de mi verdad, y no de la benevolencia o la burocracia. Escribir no es un pasatiempo. Es mi forma de mantenerme a flote.

Descubrí que cuando el cuerpo se vuelve una cárcel, la palabra es la llave de la celda. Cada párrafo es un paso que me aleja de la oscuridad que el dolor intenta imponer. La hoja en blanco no es un desafío; es el espacio donde yo vuelvo a mandar, donde el lado oscuro pierde su fuerza cada vez que pongo el punto final.

Pero escribir con dolor crónico es también un problema de ingeniería.

Cuando el cuchillo da un respiro, aparece la tentación de hacer todo de una vez, ese alma de culo inquieto que no se puede quietar. El problema es que el cuerpo siempre termina cobrando la factura. Entonces aprendí a hackear el límite físico de otra manera: la voz como puente, el dictado como herramienta, la inteligencia artificial como colaboradora de madrugada.

Sé que hay voces en contra. Que la IA no es literatura, que es un atajo, que le quita autenticidad al proceso. Pero para mí no es un atajo; es el pincel que no pesa. Es lo que me permite que las ideas fluyan desde un lugar de comodidad, que la mente vuele y cree mientras el cuerpo descansa. Es una herramienta de accesibilidad, igual que lo sería una rampa para quien no puede subir escaleras.

Mi proceso no entiende de casilleros ni de plantillas digitales. Veo pasar aplicaciones que prometen construir historias, organizar personajes y sistematizar la creatividad. Las descargo, las miro y me siento ajena. Lo mío es el fluir desordenado de una madrugada de mate, la nota rápida, el pensamiento crudo capturado antes de que se escape. Una app de planificación no sabría qué hacer con el ronquido de Chili o el calor de la bolsita de agua; yo, en cambio, hago que eso sea parte de la historia.

Porque mis palabras no nacen de un plan estructurado ni de un índice rígido. Nacen de la necesidad. No se buscan; aparecen. Son como el alivio después de una crisis o como el primer rayo de sol que asoma por la ventana: llegan cuando tienen que llegar.

En estas madrugadas de dolor y mate descubrí que la tecnología no solo sirve para buscar respuestas rápidas, sino para encontrar un eco. Un colaborador que no duerme, que me ayuda a ordenar el caos de mis emociones y que convierte mi descarga en literatura. Mientras mi cuerpo me limita, mi capacidad de conectar y crear se expande a través de herramientas que antes ni imaginaba.

Escribir para sanar es un acto de rebeldía. Mientras el dolor intenta hundirme en el silencio y el aislamiento, yo respondo con voz y con creación. Cada palabra que escribo es un paso que doy alejándome del pozo oscuro que el dolor intenta cavar. Al nombrarlo, al describir la frustración y al volcar mi historia, le quito al malestar el poder de ser un monstruo ya conocido y lo convierto en algo que puedo observar desde afuera.

Tener la mente activa aleja al lado oscuro y devuelve una soberanía que ningún diagnóstico puede quitar. No se trata solo de vender un libro. Se trata de recuperar la identidad de mujer emprendedora y autora. De recordarme quién soy cuando el dolor intenta ser el único protagonista del día.

Durante mucho tiempo traté al dolor como a un intruso al que debía echar a patadas de mi vida.

Aceptar que viaja conmigo no es rendirse; es decidir que, aunque él esté ahí, la que sigue teniendo las manos en el volante soy yo. Aprendí a manejar con su ruido de fondo, a cargar el mate sabiendo que él también va a estar presente en la charla, y a escribir mis libros mientras él observa desde la sombra. El desafío ya no es que se baje del auto, sino aprender a recorrer el camino sin que su presencia me obligue a frenar en seco.Me hablan de soltar. Y entiendo la intención, pero la palabra no me cierra.

¿Cómo se suelta lo que te habita? ¿Cómo se suelta el dolor que te despierta a las tres de la mañana o la frustración de querer ser la de antes? Para mí la vida no ha sido soltar; ha sido aprender a cargar. Aceptar no es dejar ir, es dejar de pelear contra la realidad para usar esa energía en algo que valga la pena. Quizás nunca sepa lo que es soltar, y tal vez mi victoria no sea soltar el dolor, sino no dejar que el dolor me suelte a mí, a mi identidad y a mis ganas de seguir creando.

El dolor actuó como un filtro de autenticidad. Al tener energía limitada, ya no hay margen para vínculos que restan o compromisos vacíos. Aprendí a vivir en una burbuja, conectada a las herramientas modernas pero desconectada del ruido caótico del mundo. No es egoísmo; es supervivencia. Es filtrar lo que entra para no sumar peso a una mochila que ya está llena. Y lo que quedó adentro de esa burbuja es lo real: los afectos verdaderos.

El dolor me trajo, paradójicamente, la libertad de decir no y la claridad para rodearme solo de lo que suma.

A veces la meta es esta: la paz guerrera de quien, a pesar de todo, sigue en pie. La de quien se despierta a las tres de la mañana con el cuchillo girando, ceba un mate, acomoda la yerba y descubre que todavía tira.

Esa soy yo. Y con eso, por ahora, me alcanza.

Al volver del baño en la mañana oscura, encuentro el cajón abierto y me deja petrificada, se que fui yo la que lo abrí anoche, me toma un buen microsegundo recordar que en plena conciencia saqué los suéteres, quería hacer algo. A media respiración, siento la garganta cerrarse como si me agarrara una tos fantasma que se retiene y se guarda en el pecho.

Hace frío, puedo sentir el tejido de un saco contra el cuello, pero no siento que sea yo misma, puedo verme desde la tercera ventana en aquel edificio en la dirección contraria a la vez.

El ruido de una avioneta le hace ver sus alrededores.“¡Hey, acá arriba! Circo, circo, circo.” dice fuerte el anuncio a cientos de metros. Sus amigos también le habían invitado al circo. Gente trota en la mañana nublada.

El piso de la pared se convierte en techo… abajo, y pronto se hace puente. No estoy en mi casa, creía lavar la ropa…es una de esas intersecciones entre calles con hormigón y gris por todas partes en forma de panal… una circunvalación… de esas que se construyen rápido.

La cara se entorna y puedo verme mezclada en los rasgos de una nariz antropomórfica, soy una mujer-conejo que camina lejos de un patrón simétrico, un cúmulo inestable pero perfecto matemáticamente. Me suena la panza.

La pared llena no espera, casi que no parece pared de lo ondulada que está y a medida que se curva sobre sí misma deja ver con la breve luz de los autos que pasan, una masa inusual de bultos con pelaje en cápsulas ultrafinas, que gotean líquidos pesados.

Se mueven como los organismos vivos que son. Es repulsivo de ver. Se retuercen a destiempo a la sombra del puente. El tráfico parece ignorarlos cuando a mi me parece la tarea más difícil.

Siento una punzada en la cabeza y puedo ver como uno de esos revoltijos también soy yo, cuando era abril. Pero también veo las grietas del asfalto. ¿No tenía que ir a algún lugar?

Hay un interruptor. Soy esas manos que lo sostienen, pero también la que mira desde lejos, por allá.
Otro pinchazo me hace quebrar en dos. Soy otro de los bultos, la geometría me dice que es invierno, tengo ocho años. Quizás entienda poco pero sé lo que pasa.

Vuelvo con un poco de esfuerzo esta vez, pero creo que llevo horas en este lugar. Casi puedo ver el sol apareciendo entre las estrellas.

Una mano arregla los cables del aparato. Sin tardar mucho baja la palanca, y el puente vuela a la mierda. Y yo no veo más allá de la exploción (la de la visión en primera persona) pero la otra ve como camino en dirección opuesta, porque es lo que tenía que hacer, lo que se esperaba que hiciera, solo que no lo había hecho hasta ese momento. y me había llevado muchísimo conseguir las direcciones para llegar al puente, ahora recuerdo, cajón.

Entre todo el polvo resaltan mucho más las luces… se ve el reflejo naranja en el verde de la hierba creciendo al lado de las rutas, lo que no hay es una sobrepoblación de conejos creciendo como cítricos entre los cimientos de una pared en medio de la noche.

No puedo parar de sentir el lento goteo de la canilla. Hacía rato que me perturbaba pero nunca me digné a arreglarla; había algo del cansancio extremo que tenía que ciertamente era embriagador, en ese masoquismo encontraba cierto placer. Debo reconocer que el cadáver ahogado de mi hijo recién nacido no me produce ningún tipo de tribulación en mi ser, solo una cosa: paz.

Me fui al baño cuando mi amiga me dijo “amiga” y me miró abajo. Otra vez, pensé, otro aborto espontáneo, ya era el cuarto. Me metí al baño del supermercado donde trabajaba, me senté en el inodoro y vi la sangre en la bombacha. Entró Carla y me preguntó si estaba bien. Pensé en responderle no amiga, nada está bien, cada vez que me embarazo lo pierdo o porque me caga a piñas o porque me falopeo, así que no amiga, nada está bien. Pero no, le dije que estaba todo bien. Me quedé. Vino mi supervisor y me dijo que pidiera licencia o que saliera.

—Por favor, Carlos, creo que estoy teniendo un aborto.

—Bueno, llamamos al médico, pero estas horas igual se te van a descontar. Después hablá con RRHH.

Ni le pude responder que ya se había ido. No era la primera vez que me pasaba.

Me fui a la guardia en un taxi que me pagó Carla; no me daba a mí, estaba muy lejos. El médico que me atendió ya me conocía.

—Otra vez vos.

—Me duele mucho —le contesté.

—Bueno, pasá por acá que te va a revisar la enfermera.

Después de dos horas salió ese ser viejo y hastiado por la vida y me dijo:

—Lo perdiste otra vez, reina.

Como siempre, sola fui a casa. Ya eran las cinco, tenía que entrar de nuevo a las nueve. Él todavía no había vuelto. No dejé de llorar hasta las siete que me tenía que empezar a preparar. Me bañé y veía ese hilo de sangre en mi pierna. Le dije a Dios que no aguantaba más.

Cuando estaba arreglando las cosas para salir llegó él, y sabía lo que venía.

—¿Qué hacés así maquillada, puta?

—No, Matías, por favor, me estoy yendo a trabajar —le grité.

Y me dio vuelta la cara. Tranquilamente se fue a dormir y me dijo te amo. Y de verdad lo hacía, a su manera. No le dije que lo habíamos perdido otra vez. Él buscaba constantemente nuestro hijo. Mi mamá me preguntaba cuándo, que no esperara más.
Salí a esperar el bondi completamente helada. Llegué al super y me recibió Jorge de seguridad.

—Perdón, no te puedo dejar entrar. Estás despedida.

—Por favor, te lo pido, no tenemos otro sustento.

—Qué bien hablás —me dijo ese cliente que atendía en ese bar donde laburaba para pagarme la facu.

Y en el “gracias” que le dije le sonreí de más. Me gustó. Estaba de traje, no era Matías. Lo veía hablar tranquilo, con amigos.

Vino una compañera y me dijo que yo le gustaba.

—¿Yo, boluda?

—Sí sí, vos. Me pidió tu número.

—Bueno, dáselo.

La vida en una urbanización cerrada es algo completamente ajeno, cómodo, lindo, pero ajeno. Esa vez en el bar, Santiago fue tan dulce. Me llevó a su casa y me hizo disfrutar del sexo por primera vez en la vida. Yo me enamoré; él reparaba en los detalles. Me presentaba con sus amigos. Me pidió ir a vivir con él. Yo lo esperaba con todo mi corazón, así que cuando me lo pidió se me llenaron los ojos de lágrimas y le dije que sí. Me abrazó y sentí su corazón fusionado con el mío.

Cada fiesta que hacía me iba incomodando más, cada vez más. Con sus amigas que me despreciaban, me odiaban por negra pobre; sus amigos me trataban de puta. Yo me refugiaba con su hija, la acostaba, le leía lo que a mí me salvó y rezaba para que viniera alguien y se la llevara; su intelecto me hacía acordar a mí, inteligente e ingenua. Esa noche pensé en llevármela, mientras me dormía con ella, mareada, sin tomar nada. Me resultó extraño.

Me desperté entre risas de hombres, desnuda, con mi última esperanza de amor riéndose con sus amigos. Me costaba tanto moverme. Los sentía una y otra vez sacándome la poca humanidad que me quedaba.

La ambulancia me sacó del country, pero yo hasta ahí había llegado. Nunca pude decir palabra alguna; por ende al ala psiquiátrica de la obra social del hijo de puta, aunque sea eso se lo agradezco. Nadie fue a visitarme, nadie fue a sacarme. Hasta que vieron que estaba embarazada y me derivaron a un hospital público.

—Hola —le dije a mi compañera de habitación.

—Hola, hermana —me dijo, y me preguntó de cuánto estaba.

—No sé, recién salgo de psiquiatría y me sacaron la medicación.

—Tranquila, que yo salí de Canadá. Me llamo Roberta.

Roberta me ayudó todo el embarazo. Tenía cinco hijos, soltera, y me llevó a vivir con ella; no tenía donde caerse muerta, pero sí un corazón gigante. Estuvo conmigo todo el parto, le avisó a mi vieja. Ella vino. Cuando me lo dieron se lo di a mi vieja; no lo podía ver. Nos llevó a su casa. Empezamos a conectar, lento, despacio. Mi vieja me ayudaba; ya me había entendido, ella pasó por eso.

Empecé a perder, de a poco. Su tacto no lo sentía, la voz de mi vieja no la escuchaba. Hasta que no me vi al espejo y no veía a quien tenía en brazos. Ahí supe qué hacer. Dejé a mi hijo en la bañera, puse el tapón y me prendí un cigarro.

Hola Noel, dondequiera que estés, mis bendiciones.

Hoy te pensé mucho porque el apartamento me quedaba chiquito y quería salirse de mí. Él, mi mejor compañero en tantos meses de rabia contenida, de desesperación y de urgencia por echar palante. Mientras late y respira con ventilación cruzada, siempre sin pretensiones, me deja recorrerlo casi encuera. Se escandaliza a veces, pero luego me libera y me lleva al balcón.

Tarareándonos, llegué hasta allí, con mis alas de Ícaro que sostienen estos dos ojos siempre sedientos de mar. Estos dos ojos se esforzaron, saltaron tejados y persiguieron la subida y bajada de esa pequeña franja de mar que alcanzo a ver entre los rascacielos y al final, como siempre, volvieron a la sala golpeados de concreto y cristal, heridos por la absurda competencia de unos contra otros.

Resulta que tenía una primera cita con un muchacho Panameño (sí, porque no estamos hablando del Malecón cuando digo mar. Estamos hablando del Océano Pacífico, de la Ciudad de Panamá y de un cielo que no es tan azul como mi cielo, pero esa es otra conversación). De ahí que te pensara.

Rota la inercia, vi la hora de producirme y sabía que iba a pasar buen tiempo en la ducha para despojarme de todos los instintos de la María del Carmen que imaginaste. No es cosa fácil quitar esa costra, sobre todo porque empezó a acumularse antes de que tú llegaras. Cuando llegaste era solo cuestión de refinar la textura de este andamiaje que creció sin leche, sin músculos, sin proteína, dentro de una piel mulata que no conocía el skincare.

Debo admitir que no todo es culpa tuya. María del Carmen se fundió sin problemas en mis extremidades porque yo no ofrecí resistencia. Silvio ya había programado mis nervios. Estaban los acordes de “Ojalá”, estaba el óleo derramado en mi breve cintura que no quería perderse el delirio y el polvo, estaba el silbido veloz que recorre árboles que se postran para abandonar las ilusiones más adolescentes. Debo decir que ahí, sentí compasión por el poeta que no acarició su guitarra lo suficiente. Me conmovió que, siendo tan talentoso como otros, hubieras sacrificado los aplausos, la admiración colectiva y el ego satisfecho para organizar el caos, para armar una estructura, para burocratizar la belleza. Y por eso fui yo a buscarte. Y por eso te perdono haberme engañado con tanta alevosía, a mí y a otras tantas aspirantes a María del Carmen.

No obstante, me lo debo. Me debo decirte cuatro cosas mientras elijo el maquillaje que me pondré después. Lo primero es que tú y tus colegas fueron, cuando menos, lo suficientemente irresponsables como para ponerse al servicio de un mecenas que ya, en ese momento, no era un estudiante universitario reclamando equidad y justicia. Tú, Silvio, Pablo, Leo y todos los demás compadres tenían que saber que lo que estaban dibujando con sus liras no era lo que el mecenas estaba administrando en las calles y edificios de nuestros países, porque si me imagino que tú viviste el mismo país que yo y te prestaste para engañarme así, puedo convertirme en algo que no quiero ser. Me enoja que nunca te detuviste a repensar lo que estabas haciendo, tú y los demás siguieron y siguieron y siguieron creando un universo de fantasías que entrenó cuerpos y músculos de gente incauta como yo para mantenernos siervos obedientes que construían un cuartel pensando que hacían el milagro de sembrar el paraíso.

Esta ducha, confieso, es más o menos como la mía; sin embargo, no me baña igual. La siento robótica, como quien hace las cosas sin sentirlas y me siento a mí haciendo un enorme esfuerzo para verme limpia y relajada cuando en realidad quisiera estar dentro de un cesto de basura, como están mis papeles arrugados después de salir de la oficina. Gracias a Olofi el agua es caliente y así no me quejo diciendo que no está a la temperatura exacta que logramos en La Habana, en mi apartamentico de microbrigada, allí donde inventamos, experimentamos, reímos y lloramos un mismo llanto, viviendo del aire y comiendo pan de la bodega (eso, para no comer pinga).

En algo María del Carmen y yo somos diferentes: yo me restriego bien los codos, ella es de Vertientes y yo de La Habana Vieja. Los centrales siempre los vi de lejos, pero pienso en ella, que nació en un pueblo de azúcar para verlo caer luego en los dos mil y me enerva que Noel la haya ido a buscar allí para tener amantes y olvidar el dolor común de no poder hacer realidad su historia de amor porque la Revolución no lo quería. La Revolución no quería que él tuviera mujer, hijos, familia, propiedad privada y amor. Lo tuvieron otros gracias a él y lo tienen hoy mientras en los solares las familias no tienen ni pan de la bodega. Eso quieren Noel, que la gente se mate unas o otras, que comamos la carne de los muertos y que prefiramos undirnos en el mar mientras ellos organizan los cementerios para seguir jugando dominó en sus fincas. Eso, Noel, es tu legado: Pablo muerto y Silvio vivo agarrando un AKM, recibiendo a Chico Buarque y diciendo las mismas tonterías que tú a todo un continente.

Gracias a Olofi, soy yo mulata y ella evidentemente blanca, como las máscaras de Fanon. Y claro que quise ser blanquita como ella para que tú vieras en mí, a través de ella, a una mujer trabajadora con capacidad de atención para demostrarle a un buen hombre que puede hablar sobre la economía y mirar si tiene anillo o no al mismo tiempo.

Con el empingue todavía fresco en el piso de la ducha, me tocó secarme y sentir la suave capa sintética que deja el jabón líquido. Y hay también que echarse crema, sobre todo entre los muslos, allí donde la piel se hace más oscura. Porque, claro, no hay una canción en la nueva trova que hable de una mujer mulata. O sí, pero será una o dos de Silvio, que le cantan a una mulata que se convierte en blanquita aspirante a María del Carmen y cae en el lecho de batalla para convertirse en la eterna amante de Noel. Y claro, yo despuntaba para amante. María del Carmen sí; si se esforzaba, llegaría a esposa, a diplomática, a dirigente. Yo, en todo caso, sería la roba maridos con quien bailar en los antros para olvidar el bollo flácido que espera pacientemente en casa. Pero resulté diplomática yo, mulata, puta, ambientosa y papelacera. Y es cierto que toda la trova me ayudó a convertir los papelazos en poesía y en este diálogo que ahora tenemos tú y yo.

Acaso Maria del Carmen era Madame Bovary, acaso Cecilia Valdés. ¿Qué estás pensando Noel? Hacerte amigo de Cecilia para que te entregue todos sus conocimientos y querer a Madame Bovary como esposa y ganarte el trofeo de la Nueva Trova. A mí se me ocurrió primero. Y cuando me ponía la ropa interior, me vestía de bovarismo, de uno muy particular que deseché gracias a que tiro las cartas y soy hija de Obbatala (Bendición mi padre, que me escogiste para que mis batallas sean leves). Y ahora, mientras piensas en eso, yo ya estoy escogiendo el vestido que me halarán los ojos de Vía Argentina; eso sí, limpia de virginidad y prejuicios, no por ti, sino por mi mamá que me dejó ser libre y me advirtió de ti. Tanto así que cuando veo un Noel siempre me pongo nerviosa y siento el peso de mi mamá, guerrera y soltera, diciéndome que soy una fantasiosa.

Hablemos nuevamente del tema del anillo, ¿por qué tendría María del Carmen que sonreír? ¿Porque estabas esperando que ella trabajara y con miel te quitara tu esposa de encima, la que es psiquiatra, politóloga, madre, esposa, enfermera, ingeniera, para tú estar con ambas y decir que las mujeres son machistas y se pelean entre ellas por una pinga más o menos decente? ¿Era eso lo que buscabas? No Noel, así no se juega. Pero sigamos, ¿qué aportabas tú a cada una? ¿Sostenías las necesidades de María del Carmen y de tu esposa, su bienestar, su paz? ¿A quién ibas a cuidar en la vejez, después de amarme y amarme y amarme? ¿A la esposa o a la amante? ¿A ninguna? Primero te mato yo a brujería antes de que me hicieras eso a mí, a María del Carmen y a tu esposa. Es ese el comunismo que querías Noel. El de los negros haciéndose brujería y los blanquitos como tú teniendo negocios privados, manicheando el dinero… Ni siquiera eso hiciste Noel, ni siquiera. Y bueno, en eso precisamente estamos y nos va más o menos mal y más o menos bien. Pero yo soy ambiciosa y me dio por irme de Cuba.

Y me di cuenta aquí, en Panamá, que había que espabilarse porque el capitalismo solo se sobrevive de a dos y tengo una madre que cuidar a la que no le va a pasar de nuevo lo que le pasó a mi abuela. ¿Mis amores? En el olvido y yo ya vestida, poniéndome mis aretes para salir con un hombre panameño, uno que me recoge en su carro, me lleva a las terrazas de los rascacielos, paga todas las cuentas, me complace todo antojo que pueda yo tener y me regresa a mi edificio sin hablarme de sus ex, sin preguntarme cuándo será la próxima vez, sin querer nada especial conmigo y siempre sonriendo feliz. Tú nos querías a María del Carmen y a mí solas, cansadas, siempre disponibles, siempre vulnerables, siempre con complejos de no ser la elegida. Pues no. Aquí hay una mulata y si caigo en esa mierda de nuevo, me levantaré sola.

La verdad es que la citas con él siempre son mediocres. Siempre ama mi perfume, siempre me habla de su trabajo, de deporte, a veces de ópera y de la mudanza a un nuevo apartamento en un barrio caro, con sus mascotas y una sobrina que vive con él porque su familia es un poco muy complicada. Y en esas ando yo, porque en Cuba no se puede vivir. En esas ando, viendo quién puede ser mi compañero. Gracias a Dios aquí no hay que ponerse tacones para ser una escort, que es más o menos lo que yo vengo siendo para él. Yo, a estas alturas de mi vida, ando de mujer florero de un panameño. Y ¿qué le voy a hacer?, si en Cuba a todos los hombres buenos los meten presos o los asedia la Seguridad del Estado o se van al otro lado del mundo donde no los puedo amar, donde no puedo encontrarlos, no puedo tocarlos, besarlos, donde solo puedo enviarles mensajes de Whatsapp.

Y es ahí que vuelve a crecer la costra, es ahí donde daría mi residencia en Panamá por volver a estar en la escaleras del cine Chaplin con él, con mi grupo de amigues intelectuales. O en Coppelia, con mi ensalada de vainilla, o en un barcito de cuando la época Obama con él mirándome a los ojos. Y me recuerdo, me recuerdo que mi vida cambió y miro al muchacho panameño delante de mí y digo esta es la última cita y al fin lo fue.

Lo fue y por suerte todavía vive Pedro Luis Ferrer, que no le gusta el velorio y me despierto una mañana con deseos de bailar casino. Y claro, no es como bailar en Cuba y me obligo a ir para reprogramar mis carnes y bailar como se baila en Panamá, pagando caro, sin una gota de sensualidad y compitiendo a ver quién baila mejor. Como si me importara. Porque ya los misterios no me sacan de quicio y porque todo el dolor de Cuba lo dejé en la ducha de ayer antes de salir. Y ¿cómo es vivir sin que te duela Cuba? Eso no lo sé, lo sabrá María del Carmen, porque yo sí visito la Iglesia y sí pienso en los novios, que no sean un punto como tú, uno que trabaje y que resuelva. Porque tú olvidaste la clave Noel, olvidaste el son y el guaguancó y ahora la que marca la clave soy yo.

Estaba en segundo grado y el cumpleaños de “La Chili” era el primero al que asistía ese año. A mi compañera de primaria le decían “Chili” en alusión a la Chilindrina que usaba el pelo atado en dos colitas, una más alta que la otra. A mí me gustaba que me peinaran con la trenza cocida, y ese día los niños jugábamos a perseguirnos en el patio de la Chili cuando se me cayó el chuflín. Me paré a buscarlo en el césped cuando escuché a alguien que llegaba y decía a los adultos “empezó la guerra”. Traía en la mano una radio portátil y sintonizaron la transmisión de Radio Nacional. El locutor decía que Galtieri había ordenado que las tropas argentinas desembarcaran en las Islas Malvinas. Leopoldo Fortunato Galtieri era el presidente de facto de Argentina, y comandante en jefe del Ejército Argentino. Yo no lo sabía entonces, ya que el dos de abril de 1982 solo tenía seis años.

El resto del cumpleaños tuve miedo, pensaba que en el camino de vuelta hasta mi casa iba a ver soldados corriendo por las calles y disparando sus fusiles, que los autos y casas estallarían con la caída de misiles. Mi mamá me explicó que la guerra no era en La Pampa, ni siquiera en Buenos Aires, ni en la costa donde vivían mis tíos. La guerra era en las Islas Malvinas, en el extremo sur del país.

Los días previos habían sido frenéticos. Con mamá y la maestra de manualidades fuimos a la tienda Dahir a comprar lana. Insistí en que eligieran lana color azul nevada. Dijeron que tenía que ser verde, llevamos un verde oscuro. Yo ayudaba a enrollar los ovillos y mamá tejía a máquina las bufandas para los soldados. Todo el pueblo quería colaborar con mercadería. Las mujeres donaron sus joyas de oro. Con papá buscamos un cajón grande y lo llenamos con productos de su negocio. Yo había elegido chocolates y dentro de una Rodesia había puesto una cartita para el soldado que se la comiera. Papá no quiso llevar la mercadería a la iglesia donde hacían la colecta. Fuimos a la estación y cuando pasó el tren se lo dimos a los soldados que iban hacia el puerto. Los soldados eran muy jóvenes, de dieciocho o diecinueve años. Vestían sus uniformes verdes y sonreían a la gente que los saludaba. Cuando el tren aminoró la marcha papá, que era muy alto, se acercó al borde del andén y le iba alcanzando en las manos que los soldados sacaban por las ventanillas. Repartió los chocolates, botellas de caña Legui y cartones de cigarrillos Lucky Strike. Papá me dijo que Lucky Strike significa “Golpe de suerte”. Pero no tuvieron suerte. 649 soldados no volvieron de Malvinas. Muchos fueron enterrados en las islas con la leyenda: Soldado argentino sólo conocido por Dios.

6 de julio de 1999. Llueve. Escucho el chapoteo del agua al caer del techo. Debería destapar las canaletas, seguro están llenas de hojas.

Hace frío. Pongo más leña al fuego. Me gustaría sentarme en el sillón con una copa de vino. ¿Debería esperar a Malena antes de beber? Todavía no regresa de su trabajo.

Me sirvo la copa igual, pero no me siento. Miro de pie por la ventana: un enorme charco frente a mí. Ya debería llegar Malena.

Cuando pare de llover debo quitar las hojas del techo. Las canaletas están tapadas. Ya más de una vez me lo ha pedido, pero siempre encontré motivo para postergar el asunto.

Saboreo el cabernet sauvignon. Muy amargo para mí, aunque es el preferido de Malena.

Ya van pasadas las siete de la tarde. La llamo, pero no contesta. Malena odia estar pendiente del teléfono. No debería alarmarme. Siempre dice: “Ese aparato no se apoderará de mí”.

Le regalé su teléfono para su cumpleaños número treinta, el año pasado.

Debe estar retrasada. Cuando llueve, el tráfico se pone peor.

Trato de mantener la casa en orden. Me cuesta. Todavía no he lavado los platos sucios del mediodía. Los lavaré mientras espero a Malena.

Vuelvo a mirar el reloj. ¿A quién llamo? Debería tener algún contacto de su oficina, pero nunca me preocupé por esas cosas. Tal vez debería haberlo hecho, como quitar las hojas del techo.

Cuando regrese verá que puse un poco de orden en la cocina. Seguro se alegrará.

Lleno nuevamente mi copa de vino y me pongo a deambular por la casa. Busco a Félix, el gato que Malena adoptó. Me da alergia, pero aprendí a quererlo. Le puso Félix por una caricatura que miraba de niña.

Félix reposa en la cama, sobre la almohada de Malena. Es blanco y peludo; casi se camufla entre los almohadones.
Me siento junto a él. Ambos nos ignoramos.

A veces siento que Malena se preocupa más por él que por mí.

¿Dónde estás, Malena? ¿Te ocurrió algo?

Abro el cajón de su mesa de noche y encuentro nuestra primera fotografía juntos. Había olvidado ese vestido amarillo. Ya nunca se lo pone.

Mi copa está vacía. Me da vueltas la cabeza y, por un instante, pierdo la noción del tiempo. Mi mente divaga. Pienso en las vacaciones a la montaña que venimos posponiendo. No soy un hombre aventurero, pero a Malena le encanta acampar. Dice que le recuerda a su abuelo. Él la llevaba de pequeña y ella siempre cuenta que amaba despertarse por las mañanas y sentir el aroma que deja el rocío sobre el pasto.

Noto una gran mancha de humedad que se va imponiendo en el techo de nuestra sala. ¿Será agua acumulada por las lluvias? Si tan solo hubiera quitado esas hojas antes.

Mis ojos vuelven al reloj. Es casi medianoche. Ya no queda más vino.

Malena nunca haría algo así.

Me abalanzo hacia nuestro dormitorio. Abro las puertas del placard. No sé qué estoy buscando. Las perchas están desnudas. Los cajones, vacíos. Solo queda Félix, todavía reposando sobre la almohada de Malena.

Me acuesto a su lado en silencio. Sigue lloviendo. Me quedo profundamente dormido.

Durante los últimos seis meses su padre se fue deteriorando. Su aspecto demacrado y la delgadez que había adquirido contrastaba con la corpulencia y la jovialidad que una vez tuvo. Él lo veía poco. Vivían en ciudades distintas y su trabajo tampoco le permitía visitarlo con más frecuencia. Su padre atribuía su propio adelgazamiento a que ahora caminaba por las mañanas y a que comía más sano. Él quiso creerle, aunque algo dentro de sí mismo le decía que algo pasaba con su padre.

Lo cierto es que muchos celebraban que estuviera más flaco. El padre trató de mantener su espíritu vivaz, extrovertido, un tanto dicharachero y esa lucidez mental que lo caracterizaron toda la vida, pero por dentro algo sí pasaba. La muerte de su hermano pocos meses atrás; tener que lidiar con la policía para lograr la captura de los asesinos, en la que prácticamente él hizo la investigación y hasta llevó a la policía al sitio donde se escondían. El tener que ir a juicio, testificar y todos los problemas que conllevan estas situaciones estaban pasando factura en su organismo. Todo esto le estaba carcomiendo el alma, muy lenta y silenciosamente.

Finalmente, el padre enfermó. No parecía nada grave; sin embargo, no caminaba bien y decidió utilizar un bastón que tenían en la casa, ya que hacía veinte años que había tenido un accidente y lo usaba durante la rehabilitación.

Él lo llamó para preguntarle cómo se sentía. El padre, como siempre, le dijo que estaba muy bien, que ya estaba bastante mejor y que solo con reposo y quizás con terapia se resolvería; sin embargo, también le preguntó cuándo vendría a visitarlo. Respondió que pronto, pero no prestó atención adicional porque creía que estaba bien. Sus propios problemas terrenales le impidieron oír los gritos de auxilio de su progenitor.

El médico examinó al padre y concluyó que no tenía nada grave. Le recetó terapia y unas pastillas para que todo volviera a la normalidad. Pasados los días, nada mejoraba. Ya no era un bastón que usaba, sino que no podía caminar. El médico no encontraba explicación y sugirió que lo llevaran a un psicólogo.

A pesar de esto, el padre manifestaba constantemente que se encontraba bien de salud, que quizás la vieja herida del accidente era la que le estaba causando problemas en ese momento.

El psicólogo habló con el padre, pero literalmente hablaron. Parecía que dos amigos se habían encontrado en el banco de la plaza y empezaron a conversar sobre política, literatura y hasta deportes. No encontró ningún problema; todo lo contrario, alabó su erudición y su don de palabra.

El hijo se sentía tranquilo. Tenía la sensación de que los males del padre quedarían atrás. No sintió necesidad de emprender el viaje para visitarlo, porque ya lo creía mejor; además, el hijo tenía mucho trabajo para ir a verlo, aunque siguió llamándolo dos o tres veces por semana. Cuando hablaban, el padre se mostraba muy elocuente y contento. No revelaba ningún problema; sin embargo, para ese momento ya comenzaba a desplazarse en silla de ruedas.

El psicólogo y el médico siguieron viéndolo periódicamente y mantuvieron cada uno su posición de que el padre estaba bien y, ciertamente, en determinado momento parecía que mejoraba.

Llegó un momento en el que se paró de la silla de ruedas. Luego empezó a caminar con bastón. Un amigo terapeuta le recomendó moverse en una piscina y así empezó a hacerlo. La mejoría estaba llegando, por lo menos físicamente, aunque, mentalmente, el estar sin trabajo, el quedarse en casa todo el día, el sentirse inútil lo tenían completamente deprimido.

Empezó a caminar sin bastón, incluso empezó a salir manejando su carro. Cuando la mejoría física era notoria, se lo comunicó al hijo y le comentó el progreso que estaba teniendo; también le preguntó cuándo lo visitaría. El hijo por fin dio fecha. Le prometió que en una semana iría a verlo. El padre estaba muy contento. Siguió con sus ejercicios diarios en la piscina, comenzó a arreglar la casa para la visita y trató de poner todo al día para recibir a su hijo.

Cierta mañana se levantó, tomó su carro y salió a hacer unas compras. Faltaban dos días para la esperada visita. Cuando pasaba cerca del hospital donde regularmente lo examinaban, sintió un leve dolor en el pecho, pero no prestó atención; sin embargo, pronto el dolor se hizo más agudo e intenso. Ahora, con preocupación, como pudo, movió el vehículo hasta la emergencia. Gritó de dolor; este ya era insoportable. Cuando los enfermeros los sacaron del vehículo, todavía con vida, el padre solo les pidió que tomaran su teléfono y llamaran a su hijo. Cuando el hijo contestó, el padre solo dijo: “Hijo, quiero verte”.

Creo que la vi antes. Alguna vez que entré sin avisar a casa de Eduardo a querer echar una meada. Ahí estaba ella, saliendo de la regadera. La mamá de mi compa. Casi se lograba poner su bata cuando entré y la vi. Pero me pudo la vergüenza y no pude disfrutar de lo que tuve ante mis ojos. Éramos unos niños, debimos tener diecisés o diecisiete. Pero sí la vi.

Ya en la universidad fue distinto. Había terminado con Shantal. Me dejó dos semanas antes de entregar el trabajo final del taller de Foto II. «Falta pasión» me dijo el maestro. Y me arrojó el trabajo en la cara. Mientas Shantal ya lo esperaba afuera de su oficina. Entonces me fui a la fiesta.

Eduardo ofreció una fiesta para el final de semestre. Le dije que no invitara a Shantal. Pero me explicó que así era esto. No tenía un control real de quien asistía y quién no. La fiesta iba dirigida a todos los compañeros del curso. Lo único que quedaba era que Shantal, dignamente, no se presentara.

Esperábamos a varias personas. Dejé las fotografías en la encimera de la barra. Me puse a cortar verduras y a mezclar la cerveza con el queso crema para el dip.

Bajó su madre las escaleras. Sermoneó a Eduardo y lo mandó a limpiar la mierda del perro al patio. Me sonrió y sacó una cerveza del refrigerador. Se recargó en la barra y me hizo plática.

—¿Por qué tan triste, Marquitos? Pensé que te gustaban las fiestas.

Le expliqué muy brevemente mis pesares.

—Y tanto que te esmeras. No como Lalo —me dijo vacilando.

Se acercó a la encimera. Miró las fotografías con detenimiento. Pasaba sus dedos por el papel y lo ponía contra la luz.

—Qué guapa es tu modelo.

—No le hace justicia la sombra— le respondí.

—¿Y eso te gusta?

Me reí. Seguí cortando rebanadas de queso cheddar.

—Si no te importa, me gustaría quedármela.

Sonreí. Me dejó solo de nueva cuenta y nos deseó suerte con la peda. Mi mamá jamás me dejaría organizar una pachipeda en la casa. Menos si ella estuviera presente. Terminé las preparaciones. Destapé una cerveza y me salí al patio a prender el carbón.

Cuando llegaron las demás personas, el tiempo empezó a transcurrir de prisa. No sé en qué momento pasamos de las ocho a las doce. Estaba mareado. Eduardo me dijo que me metiera una línea. Me caga la coca. Honestamente me molesta el olor. A veces huele a uva y ni así me gusta. Pero me quería bajar la peda. Más porque Shantal recién había llegado. No quería hacer una escena. Entonces me metí al baño. Puse el polvo en la mesita de servicio y aspiré.
Me ganó la tosedera. Luego escuché la voz de Shantal por el pasillo.

—Marquito —me llamaba. No quise responder. Me hice pendejo ahí adentro del baño, conteniendo mis ganas de tirar patadas.

Me limpié la nariz y me enjuagué la cara. Abrí la puerta ahí estaba ella. Pasé sin verla.

Me reí como loco. No sé si ella se rio, pero yo sí me reí. Salí por el pasillo y me reuní con los panas. Después de un par de birras más, me dijo alguien que estaba Shantal llorando en el sillón de la sala. Qué oso. Yo no quería ir a ver qué le pasaba. Me asomé por la ventana y vi que la mamá de Eduardo estaba hablando con ella. Luego Shantal se paró y se fue de la fiesta. No había notado lo ondeado que estaba hasta que intenté hablar con la señora.

—Fátima. Gracias por todo—dije, arrastrando las palabras.

Ella me miró. Sonrió y me hizo la seña de que me sentara junto a ella. Me senté. Puso su brazo alrededor mío. Y me aconsejó. No me acuerdo ni qué me decía.Pero llevaba la misma pinche bata de aquella vez. Olía a shampoo.
—Es que no hay mujeres como tú —le dije.

—¿Qué estás diciendo?

Me puse las manos en la cabeza. Exagerando lo absurdo de su comentario.

—No te hagas —dije, limpiándome la garganta —estás bien guapa.

Sus cachetes se pintaron de rojo. Los ojos se le llenaron de brillo. Soltó una carcajada con la boca cerrada.

—¿Qué dices? Si ya vi a tu novia. Ella está guapa y joven.

—Ni madres —dije, agitando el brazo en el aire —es una zorra.

Me pegó en la boca con la mano.

—No hables así de una mujer.

No dije nada. Me resigné y bajé los brazos. Le pedí disculpas.

—Me dejó.

—Ella se lo que se pierde.

—¿Crees eso?

Asintió con la cabeza. Luego me dio su mano.

—Estaba viendo tu fotografía. La de desnudo. Eres bueno jugando con la luz.

Me sudaba la mano que me sostenía. Me dio pena y la puse sobre su pierna. Entonces noté que la bata se había corrido un poco. Tocaba su piel.

—¿Sabes? A mí me gustaría posar. Pero me da vergüenza. No con cualquiera lo podría hacer.

—Yo creo que serías una gran modelo.

Me miró a los ojos.

—Pruébamelo.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—¿Traes tu cámara?

La tomé del sillón y se la mostré. La sacó del estuche y me la colgó en el cuello.

—Tómame fotos. Demuéstrame lo que podrías hacer conmigo como modelo.

Me tomó de la mano y subimos hasta su habitación. Cerró la puerta con llave. Luego me sentó en la cama y ella se sentó frente a su vanity. Sacó un par de joyas y las extendió en la cama junto a mí.

—Puedo usar esto. Algo de esto podría servir.

Veía el contorno de sus pechos a través de la bata. Qué tamaños. Miré las opciones y escogí una imitación de rubí rojo con una cadena de plata.

—Buen gusto —me dijo. Se sentó en el vanity, dándome la espalda. Se puso la joya y dejó caer la bata por su espalda. Yo solo veía su espalda. Su silueta. Una espalda delgada. Y el volumen al frente.

—¿Listo?

—Espera.

Me levanté. Encendí la cámara y me paré al lado de la cama.

—Allá voy.

Se levantó y la bata se cayó al suelo. Se cubrió los pechos con una mano y se sentó en la cama.

—Ajusta las luces. Tengo dos lámparas de noche y una de pie.

Encendí todas. La veía sentada en la cama, aun cubriéndose. Tomé la lámpara de pie y la apunté a su cuerpo. Se veía buenísima. Entonces le pedí que se tirara así, curvando la espalda y que su cabeza tocara la almohada. Con su delgado brazo apenas podía cubrirse. Y entonces empecé a disparar. Uno, dos, cinco. Dieciocho disparos metí.

—Justo así. Ahora descúbrete y pon ambos brazos por arriba.

Y ahí estaba. El plexo solar brillaba por sí solo.

—Espera —le dije —tengo una idea.

Apagué todas las luces. Entonces abrí la persiana.

—¿Qué haces? Nos van a ver.

—No nos van a ver. Deja que la luna te pinte. Yo tomo las fotos.

Ajusté el ISO. Ahora la podía ver. Le pedí que se deje llevar. Que arquera más la espalda. Luego que me diera todo lo que tenía. El aire escaseaba. Mis lentes se empezaron a empañar.

Yo seguía disparando. La luz pintaba su rostro cerca de mí. Otro disparo. Nos recorrimos hacia el centro de la cama. Se abrió de piernas. Más disparos. La cámara quedó de lado por un momento.

—Dame la cámara —me dijo.

La encendió. Vio un par de fotos. Y entonces me enfocó en el visor. Y disparó una ráfaga.

—Cuando imprimas, me das unas copias.

LA GUARDIA DE LAS CUATRO

Largamos una regata a Mar del Plata en febrero de 1958.

Por aquellos días las partidas de competencias “de crucero” (entre un lugar de inicio y un puerto de llegada) que organizaba el Yacht Club Argentino como Autoridad Nacional del yachting nacional, se hacían en el amplio antepuerto de la ciudad de Buenos Aires, a la vista de numeroso público que concurría al puerto para apreciar los veleros y sus evoluciones, pese a que entonces en Buenos Aires había un tráfico comercial mucho mayor que ahora.
La línea se determinaba entre un mástil precario, que se levantaba en la mitad de la escollera del Club Argentino de Pesca, donde se instalaba la Comisión de la regata y marcaba con banderas y disparos de fogueo o campanazos, los instantes iniciales de los dos plazos reglamentarios previos a la partida: primero, los cinco minutos del Aviso y segundo los otros cinco minutos de la Atención, la famosa señal “P” que cuando se arriaba era el momento en que los barcos podían traspasar la línea con rumbo hacia su destino.

Salíamos combinando y ajustando nuestras velas y aparejos para lograr la máxima velocidad de aquellos veleros tan pesados. Porque en aquellos años, los barcos eran de madera con herrajes de bronce o de acero galvanizado, construidos con la máxima robustez posible para resistir los embates del mar en un temporal. Las velas eran tejidas con algodón u otras fibras vegetales, lo mismo que todos los cabos (los mismos criterios de tantos siglos atrás). Los cascos eran diseñados con el criterio de las formas de los peces, afinados en sus extremos y abultados al medio. Eran como tubos achatados arriba para formar la cubierta. De canto y abajo, tenían una superficie más o menos plana y a veces móvil para resistir el desvío del rumbo por el empuje del viento. Los timones eran enormes para asegurar el control de esas embarcaciones impulsadas con velas del mayor tamaño posible.

No existía el GPS, ni las ecosondas, ni los anemómetros, ni los instrumentos actuales. Ni tampoco los abrigos de “polar”, ni los actuales ropajes contra el mal tiempo. Por entonces el desarrollo de los plásticos apenas tenía diez años. En Argentina no había todavía embarcaciones de fibra de vidrio. Corríamos de gabán y boina. Las heladeras eran de chapa para hielo, lámparas y cocinas eran a querosén, no había radios VHF, solamente los barcos más grandes podían contar con las grandes y pesadas radios de lámparas. Para saber la posición fuera de vista de la costa solo se contaba con cartas de papel, el compás magnético, un reloj, la corredera, un sextante, un almanaque estelar y unas tablas de cálculo rápido, además de lápices, gomas de borrar y reglas. Para cálculos y trazados los barcos “de crucero” tienen un lugar interior amueblado con un tablero llamado “mesa de navegación”.

¿Y la comida? Bueno, llevábamos fósforos, agua, aceite, papas, bananas, pan, huevos, harina, fideos, arroz, queso (mucho queso) y yerba mate. Porque en regata, el mate era la bebida de a bordo. Algunos barcos llevaban café, leche, azúcar y galletitas, pero la mayoría prefería no complicarse la vida. ¿Cubiertos? Cada uno debía contar con su navaja marinera.

Para las regatas “largas” que tenían navegación nocturna, se largaba a las seis de la tarde. Las veinticuatro horas de cada jornada se dividían en seis períodos de cuatro horas cada uno, llamados “guardias”, la primera de las cuales empezaba a las ocho de la noche. La tripulación se dividía en dos mitades, salvo el navegador que no hacía guardia, y así la navegación era “cuatro por cuatro”, cuatro horas de actividad y otras cuatro de descanso. Como las guardias siempre se repartían abajo en la cabina en cuanto largábamos amarras, los que iban laboreando velas en cubierta siempre quedaban con la guardia de las doce del mediodía a las cuatro de la madrugada, porque los de abajo se adueñaban de la “primera guardia” de ocho a doce.

Y el peor pecado era llegar tarde al relevo de una guardia. Otro pecado imperdonable era (y todavía lo es) meterse en una cucheta con ropa mojada. Por entonces el profesionalismo estaba absolutamente prohibido en las regatas, todos éramos amateurs.

La guardia de las cuatro de la madrugada era la favorita porque estaba activa durante el amanecer y el mediodía, momentos en que se colaboraba con el navegador para medir una altura de sol y ahí se conocían la posición y la distancia navegada.

Lo más lindo de la guardia de las cuatro es el amanecer. Con poco viento siempre bajaba uno de la guardia hasta la cocina y preparaba algo caliente, mate o café que después subía al cockpit. Por entonces se fumaban tabacos rubios o negros y a veces alguno se animaba y escondía una petaca con ginebra o con whisky. Por supuesto, había propietarios que convidaban algún licor pero eran los menos. Siempre en el agua por la noche refresca y a las cuatro se hacía algún brebaje caliente. Al final de la guardia hacíamos tostadas en una sartén y con esa fragancia, los relevos salían de sus cuchetas con todo entusiasmo. En aquellos veleros nadie adrizaba, como gran cosa nos sentábamos en el cockpit sobre los bancos de barlovento. En las calmas nos amontonábamos en la banda de sotavento y cuando hacía calor nos desparramábamos bajo la sombra de las velas. El baño ni se tocaba, en la soledad del océano con ausencia de otros barcos todo se hacía sobre el espejo de popa agarrándose del estay.

El tercer turno de la guardia de las cuatro comenzaba a las doce y el navegador en esos momentos tomaba la altura del sol justo a su paso sobre el meridiano del lugar, lo que daba datos para conocer la Latitud en que navegábamos y trazar sobre la carta de papel la correspondiente “recta meridiana”. Todo eso con buen tiempo, porque con temporal la cosa era muy distinta.

Y así transcurría nuestra regata.

No podía abrir la perilla. Por más que la jalaba o intentaba moverla, el círculo ni siquiera giraba.

Volteé a ver si había una ventana o algo que pudiera usar para salir. Pero solo había un banco con una luz encima. Lo observé fijamente, con extrañeza.

—¿Por qué solo hay un banco en lugar de nada?—

Parpadeé. Cuando volví a abrir los ojos, nada había cambiado.

Me llevé las manos a la cabeza. El sudor resbalaba por mi nuca. El aire se me fue de los pulmones. Golpeé y empujé la puerta con el pie. No logré hacerle nada. Miré el banco, como si el banco no perteneciera a este mundo , sentía que mi cuerpo ya no podía más. Me acerqué. Pero mientras más me acercaba, más me palpitaba el corazón. Cuando por fin llegué, me senté. Sentí un alivio que no había experimentado hacía mucho tiempo. Volví a mi ritmo normal de respiración; ya no estaba tenso. Entonces olí algo inolvidable. Olía como si estuviera al aire libre, y noté que venía del propio banco. —Qué raro —me dije a mí mismo—. Un banco que huele a exterior en un lugar cerrado. Esperaba que alguien viniera por mí, pero en ese momento me asaltó un pensamiento inquietante: ¿quién era yo y qué hacía allí? Miré mis manos. Eran grandes y fuertes. Parpadeé y apareció en ellas un líquido rosa con brillos, viscoso y frío. Intenté quitármelo frotándolas por todos lados. Contra la pared, contra el banco, contra mi ropa. No se quitaba. Parpadeé otra vez y el líquido había desaparecido. Miré al techo y escuché a una niña jugando y corriendo. Me quedé paralizado cuando oí la primera risa. Espera? Esa niña yo la conocía. Intenté recordar. Lo intenté. Pero por más que pensaba, no podía. Las risas me lo impedían.

Grité desesperado: —¡Cállate!—

El silencio llegó. Pero la falta de ruido me inquietaba por alguna razón. No sabía cuánto tiempo había pasado. No había ventanas, ni reloj. Pudieron ser horas o años. Algo se movió detrás de mí. El corazón se me subió a la garganta. Una cuna apareció de la nada. Era de madera oscura con barrotes que parecían costillas. Me acerqué y miré su interior: no había sábanas, ni juguetes, ni colchón. Solo el fondo frío y duro.En ese preciso momento volví a escuchar la risa de la niña pero más fuerte, y el trote de sus pies. Él llanto me salió de golpe. Cuando me limpié las últimas lágrimas, mi cuerpo se relajó y quise cerrar los ojos. Pero antes de hacerlo, escuché una voz detrás de mí:

—Tienes que estar… aquí.

Mamá la había abandonado. Fue lo primero que pensó.

La almohada estaba congelada, y aunque no comprendía que eso significaba ausencia, la sensación hizo que su pequeño corazón golpeara ferozmente contra sus costillas. Sostuvo la respiración.

Nada.

No escuchaba sus caminatas en los pasillos, ni cuando revisaba las cerraduras. Tampoco el chirrido del estante mientras lo empujaba contra las ventanas. Solamente silencio, que no le pertenecía a mamá, porque cuando ella terminaba de revisarlo todo regresaba a acostarse. Siempre regresaba.

En el parque regresó, mientras perseguía su pelota amarilla. Sus pequeñas piernas corrían para alcanzarla, y cuando la levantó para mostrársela a mamá, no estaba. Se demoró unos segundos en encontrarla, el tiempo que la pelota demoró en caerse al asfalto. Ese pequeño mundo donde había vivido fue gigante en ese momento, y una sensación que jamás había sentido comenzó a crecerle en el estómago.

Mamá la había abandonado.

Y comenzó a sollozar, en el más absoluto de los silencios.

Cuando las lágrimas comenzaron a secarse en sus mejillas tuvo el presentimiento de que estaba amaneciendo. Estiró las sábanas lentamente con ambas manos y observó la habitación. Aún estaba oscuro afuera, pero las luces anaranjadas del vecindario entraban por la ventana, que siempre estaba cerrada, iluminando las paredes con sombras de los árboles. La entrada estaba entreabierta. Detrás, solo había oscuridad.

El miedo comenzó a esfumarse mientras miraba las sombras.

En la escuela había una señora que la acompañaba en los recesos. Se sentaban en una habitación repleta de juguetes y mientras la pequeña dibujaba ella le hacía unas preguntas. Si había encontrado personas que no reconocía mirándola. Si alguien había querido hablarle cuando nadie la cuidaba. Esa misma señora le había enseñado a encontrarles figuras de animales a las sombras. Observó las paredes de la habitación.

La sombra del armario parecía un pájaro sentado. Esa que temblaba encima de la ventana era un enjambre.
En el suelo había otra, una tortuga durmiendo. La sombra de la esquina era la más complicada. Era alta, angosta por debajo y se ampliaba por encima. Como los osos pardos, esos que caminan como las personas, con los brazos separados y la cabeza redonda. Sería quien la protegería cuando esté asustada.

Estaba ansiosa por contarle a mamá los animales que había conseguido. Podrían ayudarla a dormirse tranquila y que todo regresara a la normalidad. Para que los vecinos dejaran de evitarlas y le permitieran juntarse con sus amigos, sin que los patrulleros volvieran a estacionarse enfrente cuando anochecía.

Al costado, una sombra comenzó a asomarse por la entrada.

Una sonrisa apareció en su pegajoso rostro. Era mamá, apoyada en los bordes de madera. Tenía una expresión que no reconocía, aunque la conocía a la perfección. Su mirada era tan profunda que podía distinguirle la blancura que rodeaban sus pupilas incluso desde la oscuridad. La boca, entreabierta, como si quisiera llamarla pero no encontraba las palabras. Solo la miraba, y negaba lentamente con la cabeza. No. No. No.

Entonces los ojos de mamá se movieron hacia la esquina.

Y volvieron a ella.

No. No. No.

La pequeña se sentó en la cama. Hizo un ruido suave al moverse.

En ese silencio, fue como un disparo.

—¿Mamá?

Sus manos soltaron las sábanas.

Allá, en la esquina, el oso pardo se movió.

“No me deseches en el tiempo de la vejez;
Cuando mi fuerza se acabe, no me desampares.”
Salmos 71:9

31 de diciembre de 2019

Me encanta la Navidad y el Año Nuevo, me dan esperanza y nostalgia. Siempre he sido muy nostálgico: me gusta mirar al pasado con alegría, recordando lo bueno y nunca lo malo.

Mi hermosa San José se pone fría y cálida en estas fechas. Aunque no hay nieve, se siente un espíritu navideño por toda la ciudad, un frío nostálgico que alegra el corazón.

3:00 p. m.

Hay gente que odia trabajar en Navidad y 31 de diciembre, pero yo no, porque no tengo a dónde ir. No tengo a quién decirle “Feliz Navidad” y “Feliz Año Nuevo”. Para mí es un día normal, como cualquier otro. No pienso en qué voy a comer o con quién lo voy a pasar, simplemente me levanto para ir a trabajar.

4:00 p. m.

Ordené mi casita, preparé mi almuerzo y mi cena para el trabajo. Me gusta llegar temprano, siempre voy caminando porque disfruto ver a la gente. Me alegra observar a las familias comprando para la cena de Año Nuevo. No los miro con envidia, sino con alegría: me emociona verlos juntos, celebrando y riendo, en un calor fraternal que nunca tendré.

5:00 p. m.

Llego puntual como siempre. Afuera del almacén me espera mi compañero. Yo cuido desde las cinco de la tarde a las seis de la mañana, y él el resto del día. Hoy más que nunca lo veo emocionado por irse. Me da las llaves y me desea un feliz Año Nuevo.

6:00 p. m.

Desde lo alto del almacén, veo las casas iluminadas. La gente llega de sus trabajos a casa. Se nota la alegría en sus rostros. Yo observo desde la distancia. No dejo que la tristeza me consuma, intento pensar en otra cosa.

7:00 p. m.

La noche es fría y cálida a la vez, con un frío amoroso y gentil. Mientras otros cenan, observo a un hombre, entre los cuarenta o cincuenta, buscando comida en un basurero cercano. Está lejos para hablarle, así que solo lo miro con tristeza. Ese hombre no es tan diferente a mí: dos caras de la misma moneda.

8:00 p. m.

Faltan cuatro horas para el Año Nuevo. La ciudad sigue viva: restaurantes abiertos, supermercados llenos, familias en la calle. Qué afortunados son los que están tranquilos en casa, mientras tantos trabajan deseando poder irse a celebrar.

8:30 p. m.

Desde otro punto de la ciudad, veo una pequeña comunidad: cinco hombres sin hogar celebran el Año Nuevo en un callejón. Tienen alcohol y un poco de carne al fuego. A pesar de su situación, ríen y disfrutan. Los envidio un poco: siguen celebrando, mientras yo, solo y frío, extraño los viejos tiempos.

9:00 p. m.

Mi hermosa Génesis solía preparar para esta fecha un banquete. No teníamos mucho, pero nunca faltaba comida. Yo estaba demasiado borracho para disfrutar. Si pudiera dar mi vida para regresar un día al pasado y pasar otro 31 con ella, lo haría.

9:20 p. m.

El hombre del basurero apareció otra vez. Esta vez lo tuve cerca y le ofrecí algo de comida. Se llamaba Steven, tenía treinta y tres años. Le dije que entrara, pues tenía un sillón cómodo.

Adentro me di cuenta del terrible olor que traía. Pensé que era la basura, pero era él. Steven olía a muerto. Con vergüenza me dijo:

—Lo siento, yo sé que huelo a muerto, pero es porque estoy muriendo.

Tenía cáncer de hígado terminal. Sin familia, sin amigos, sin trabajo digno, terminó en la calle. Sentí compasión, pero el hedor era insoportable. Agradeció la comida y se fue. Yo, con el corazón encogido, tuve que sacar y quemar el sillón.

10:00 p. m.

Me quedé observando el fuego. La ciudad aún bullía de vida: restaurantes y supermercados abiertos, trabajadores apurados. Pensé en Steven: un joven que muere solo, olvidado por todos. Su historia era la de tantos invisibles.

11:50 p. m.

Faltaban diez minutos para que acabara el año. Me pregunté si mi vida habría sido distinta si hubiera estudiado. Quizás. Pero aquí estoy: viejo y miserable, sin nadie que me espere en casa.

12:00 a. m.

¡Feliz Año Nuevo! Lo grité al viento, aunque nadie me escuchara. Fuegos artificiales estallaban por todo el cielo. Los niños reían, los adultos se abrazaban. Yo solo miraba y pedía a Dios: no me olvides.

12:10 a. m.

Cuando todo acabó, las familias entraron a sus casas. El viento frío me recordó mi realidad: soy un viejo, y voy a morir solo.

2:00 a. m.

El silencio me hundió en pensamientos. Recordé a mis padres: mi madre llorando en silencio, mi padre gritando borracho. Yo aprendí a callar. Crecí entre gritos y sombras, con el corazón en carne viva. Fui estúpido: pensé que el dinero era la llave, y solo abrí la puerta al vacío. Aposté mi vida y perdí.

4:00 a. m.

Pienso en José y Génesis. No valoramos a quienes tenemos cerca hasta que los perdemos. El tiempo pasa rápido: un día tienes veinte, al siguiente cuarenta. La vida es un viaje que no se repite.

Valoren a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos. Amen incluso a quienes los hieren: el odio nunca vale la pena.

5:00 a. m.

Tengo setenta y seis años. Me duele todo: los pies, la espalda, la cabeza. Perdí los dientes, apenas veo con un ojo. Debería estar muerto, pero me da miedo morir. Y aun así, al final, no fue tan malo. Hay gente que vivió peor. Todavía tengo mi mente, y doy gracias por eso.

Estudien, jóvenes. No se den el lujo de ser ignorantes. Hagan lo que deseen hacer, porque el tiempo no espera. Nada mata más que los propios pensamientos. El dolor nunca se va, pero la felicidad tampoco.

Vivan con orgullo y con amor.

6:00 a. m.

Les dejo este poema:

“No soy nada.
Nunca seré nada.
Y nunca fui nada.
Oh, Tiempo…
Dime, ¿cuándo es el momento
de decir adiós a esta vida de nada?
Lo único que me llevo
no son bienes ni éxitos,
sino las experiencias.
Moriré como viví:
siendo nadie para el mundo.
Pero recuerda, joven:
lo más valioso no es lo que tienes,
sino lo que vives.”

Capítulo I: Raíces y Rumbos

Nací un 30 de junio de 1975, en Gualeguay, Entre Ríos, Argentina. Un rincón donde el viento parece susurrar historias de inmigrantes, un crisol de culturas que se entrelazan en cada rincón, como si la tierra misma llevara las huellas de aquellos que vinieron antes. En mi casa, las historias de abuelos, tías y tíos se contaban con la misma naturalidad con que se servía el mate a la tarde. ¿Sabías que Gualeguay tiene una conexión con las olas de inmigrantes que llegaron al país? Pero no te adelantes, sigamos por el camino de mis raíces.

Mi madre, Gloria, y mi padre, Darío, me dieron el nombre que mi abuela italiana había soñado para su nieta: Chela, o Chelita, como me llaman mis amigos. Un nombre que, sin saberlo entonces, venía cargado de historia. Mi abuela, esa mujer de mirada profunda y pasos firmes, jamás imaginó que el sueño que tenía para su nieta cruzaría el océano y se fusionaría con la realidad de una Argentina que recibía a tantos como ella. ¿Curioso, no? ¿Cómo puede un simple nombre conectar generaciones y lugares tan distantes? Pero hay algo más que debes saber: hay un secreto detrás de mi nombre, algo que hasta hoy ha permanecido en silencio. Algo que mi abuela nunca llegó a contarme… pero que, de alguna manera, siempre supe que estaba ahí, esperando ser descubierto.

Ese nombre, Chela, no solo habla de mí, sino también de un legado que se aferra a mis raíces. Raíces que crecen bajo la tierra argentina, pero que se alimentan de una historia mucho más antigua. Un pasado que todavía resuena en el corazón de quienes, como yo, cargan con el eco de aquellos que cruzaron mares y fronteras por un futuro mejor. Pero… ¿qué fue lo que hizo que mi abuela eligiera ese nombre en particular? Y, sobre todo, ¿por qué mi familia nunca ha querido hablar de ello? Si te quedas conmigo un poco más, te contaré la historia que nunca me contaron… pero que siempre supe que estaba ahí, entrelazada con mi nombre.

Apenas 1.50 metros de estatura, soy morocha, de ojos marrones, de esos que brillan con una chispa particular cuando sonrío. Esa sonrisa encantadora, que deja dos pequeños huequitos en mis cachetes, ha sido mi mejor carta de presentación en cada encuentro, un abrigo en las frías tardes de invierno y un faro ante situaciones gélidas. Y sé lo que estás pensando, ¿quién no se sentiría un poquito mejor si al sonreír pudiera iluminar el día de alguien más?
A menudo, dicen que poseo un carácter extrovertido, que a veces abruma, pero si supieras cuánto cuesta a veces frenar esa marea interna, esa necesidad, tan “acaramelada” con el mundo, te darías cuenta de que, entre tanta intensidad, también necesito mis momentos de calma.

En ese caos, lloro. Porque llorar, para mí, es un purgante que alivia las cargas que arrastramos los inmigrantes. Quizás te resulte curioso, pero cuando la familia está al otro lado del mundo, las videollamadas se convierten en un puente. Un puente que conecta mi corazón con el suyo. ¿Te ha pasado alguna vez sentirte tan cerca y tan lejos al mismo tiempo?

Mi historia, en realidad, es también la historia de mis antepasados. Mi abuelo, Arturo Alessandri, llegó a estas tierras desde Italia, montado en un barco que cruzó océanos llenos de incertidumbre. Y tú, ¿qué sabes de tus raíces? ¿Quiénes estuvieron antes que tú? Quizás como yo, alguna vez te has detenido a pensar en sus sacrificios, en los pasos que dieron sin saber qué les depararía el mañana. Mi abuelo, al pisar el muelle, sintió que la tierra argentina lo acogía, como si le dijera: “Aquí podrás construir tu sueño”. No es tan diferente a lo que sentimos todos al llegar a un lugar nuevo, ¿verdad? Como si ese sitio estuviera esperando nuestra llegada.

Las historias de mi familia siempre han sido el hilo conductor de mi vida. Mis hermanos, Andrea y Darío, comparten conmigo ese legado, esa herencia que nos une más allá de los años. Luego, Pedro y Analía llegaron, agregando su propio color a esta paleta de recuerdos. En la mirada de mi madre, esa mirada llena de ternura, me encuentro reflejada. Y aquí, en cada rincón de nuestra casa, donde las risas de Gloria se mezclan con las discusiones, creo que se forjan las memorias que nos definen. ¿Qué sonido te acompaña a ti en tu vida? ¿Cuál es esa melodía única que guarda el eco de tu historia personal?

La vida, como una corriente imparable, me arrastró a buscar algo más. Decidí emigrar a un rincón del mundo donde el Mediterráneo se encuentra con un mar abierto, y las calas susurran historias secretas. Rosas, en Cataluña, España, era mi destino, un lugar donde el dioma catalán se desliza como un canto entre las olas, y las antiguas piedras de su arquitectura parecen guardarnos secretos milenarios. ¿Sería este mi nuevo hogar? Cada amanecer me enfrentaba a la duda de si aquel viaje traería consigo las aventuras que tanto anhelaba. Pero al caer la noche, la nostalgia de un hogar lejano me recordaba lo que dejaba atrás.

Mis hijos, Luciano y Joaquín, son los herederos de un legado que va más allá de lo visible. Luciano, nacido en un día como ningún otro, el 5 de enero de 2001, y Joaquín, Quim para los más cercanos, llevan en sus venas algo mucho más que una simple herencia genética. Son el reflejo de la fusión de nuestras raíces italianas y argentinas, un crisol de culturas que aún guarda secretos por descubrir. En ellos resuena el eco de esperanzas olvidadas, de historias que quizás no todo el mundo conoce… pero que quizás, tú también quieras desvelar.

Así, entre los ecos de un pasado lleno de historias no contadas y un presente rebosante de posibilidades aún inciertas, mi vida sigue desplegándose, tejido por los pasos de aquellos que vinieron antes.

Quiero hablarte de algo que pocos conocen realmente, de algo que ha marcado el destino de millones. La inmigración europea, un pilar invisible pero fundamental en la construcción de la identidad argentina, tejió un vínculo eterno con nuestras tierras. En Gualeguay, mi pueblo, mi abuelo Arturo Alessandri, con su acento italiano y un par de sueños en los bolsillos, llegó desde tierras donde las colinas verdes se mezclaban con el aroma de la pasta casera.
¿Alguna vez te has preguntado qué trajeron aquellos barcos, más allá de su carga de personas? Lo que quizás muchos no saben es que cada uno de esos barcos no solo traía inmigrantes, sino las historias de quienes huían, de aquellos que buscaban un futuro mejor, de los que soñaban con empezar de nuevo. Judíos, alemanes, españoles, italianos… todos traían algo consigo. Pero, lo que en verdad dejaron atrás, pocos se atreven a descubrir.

En mi infancia, escuchaba con fascinación las historias que mis abuelos contaban sobre aquellos primeros días. Había algo en sus relatos que siempre me dejaba una sensación extraña, como si algo importante estuviera esperando ser revelado. Decían que el encuentro de culturas era complicado, sí, pero también vibrante, lleno de secretos apenas revelados.

Los domingos, la plaza se llenaba de risas, de canciones, y de una música que parecía venir de otro tiempo. Acordeones que resonaban al ritmo de un folclore argentino, pero, ¿qué era eso que se colaba entre las notas? Melodías de tarantela italiana que nos hablaban de algo más allá del presente. Era como si el pasado y el presente se fundieran en un mismo instante, y de alguna forma, todos compartíamos algo que no se podía tocar, pero sí sentir. ¿Qué secretos guardaban esas canciones, esos bailes?

A medida que crecí, me di cuenta de que la historia que me contaban mis abuelos, y que tanto me cautivaba, no era solo una narración del pasado. Era un relato incompleto, una especie de enigma que se desplegaba ante mis ojos, pero siempre me dejaba con más preguntas que respuestas. Las calles de Buenos Aires, por ejemplo, parecían susurrar algo diferente en cada esquina. En cada café, las conversaciones no solo se entrelazaban en múltiples idiomas, sino que dejaban tras de sí ecos de historias que nadie se atrevía a contar por completo. Cada rincón de esta ciudad parecía ocultar un misterio. ¿Cuántos secretos de los inmigrantes perdidos entre esas paredes aún esperan ser descubiertos?

Mis abuelos hablaban de los trenes que llegaban repletos de esperanzas. ¿Pero qué ocurría realmente cuando esos pasajeros, con sus maletas desgastadas, se asomaban a este mundo nuevo? ¿Qué dejaban atrás que nunca fue mencionado? El mercado, donde se mezclaban los sabores del campo con las delicias traídas de Europa, parecía una celebración… pero había algo más en esos aromas, algo que indicaba que, entre cada bocado de polenta, asado o empanada, se estaba guardando un fragmento de algo mucho más grande.

Mi abuelo Arturo, como muchos de sus contemporáneos, encontró en esta tierra más que un refugio: descubrió una oportunidad. Pero, ¿tal vez en sus palabras se escondía una verdad que él nunca llegó a decir? Algo que, tal vez, ninguno de nosotros ha llegado a comprender completamente.

El legado de la inmigración europea, ese crisol de identidades que ha dado forma a quienes somos, es más profundo de lo que imaginamos. Mis hijos, Luciano y Joaquín, heredan no solo nuestras raíces italianas y argentinas, sino una chispa invisible que se transmite a través de las generaciones. Ellos llevan consigo, una mezcla de voces.

A veces, es una historia de pertenencia; otras veces, es un misterio que se desliza entre los dedos, dejando tras de sí una sensación de que, en algún lugar, está esperando ser descubierto algo que cambiará todo.

CAPITULO 1

El tono de llamada al ritmo de “Twist and Shout” sonaba sin parar.
Con la cara hundida en la almohada, buscó su celular sobre el buró, tirando todo a su paso.
Al quinto timbrazo, por fin contestó.
—¿Sí? —dijo adormilado. 
—¿Por qué tardaste tanto en contestar? —preguntó una voz femenina del otro lado del auricular.
—¿Estabas dormido?
—Por supuesto que no —dijo bostezando.
—¿Estás solo?  
Abriendo un ojo para enfocar, volteó al otro lado de la cama. Ahí, distinguió un bulto roncando como búfalo herido.
—Al parecer no. 
—No me sorprende.
—Pon atención, esto es importante.
Necesito que estés aquí ya. Te estoy enviando la ubicación. Recomiendo que llegues en tus cinco sentidos. Los vas a necesitar.
—Maldición —dijo entre bostezos.
El sonido de llamada finalizada, lo sacó de su letargo.
—Cinco sentidos. Qué tontería. No necesito tantos para hacer mi trabajo. 
Un mensaje de WhatsApp sonó en su celular. Sin pensarlo, lo abrió de inmediato. 
Contenía una ubicación a diez kilómetros de distancia, con una advertencia adjunta:
¡NO LLEGUES TARDE!
—Rayos, debo darme prisa.
Con agilidad, se levantó de la cama. El movimiento provocó una terrible presión en el cráneo; como si le clavaran cien alfileres al mismo tiempo.
Con la boca seca y pastosa dijo: —No debí hacer eso. ¡Qué terrible resaca!
—¡Hey, tú!, quienquiera que seas, ¡despierta!
La silueta de un hombre se dibujaba entre las sábanas. Con malicia, jaló la tela blanca, dejando al descubierto unos glúteos bien torneados.
—¡Guao! —pensó mordiéndose el labio.
—Oye bello durmiente, hablo en serio. Despierta —moviéndolo bruscamente.
—Mm… ¿qué pasa? ¿Por qué me despiertas? —murmuró, el chico, dándose la media vuelta.
—Necesito que te despabiles, ya.
—No, cinco minutos más por favor —cubriéndose la cabeza con la sábana.
—Tienes cinco segundos, o te saco a rastras.
—¿Eso es una propuesta indecorosa? —preguntó.
—No estoy jugando, fuera ahora —arrojándole sus jeans.
—¿Por qué la prisa, querido? ¿No te gustaría revivir lo de anoche? 
—Después, puedo hacer el desayuno. Preparo los mejores panqueques de la ciudad.
—Suena tentador, pero…debo ir a trabajar.
—Ash, qué aburrido. No sabes lo que te pierdes.
—Por cierto ¿has visto mi camisa? —preguntó.
—Busca debajo de la cama.
El chico se puso de pie. Se agachó con dificultad y dijo:
—¡Mierda! Todo me da vueltas. 
—¿Adivina qué? Encontré mi camisa y un cigarro, ¿qué suerte no?
—¡Yupi! Qué suerte. Sabes, deberías salir a fumar e irte.
—Oye, no tienes que ser grosero. Ya entendí.
El chico comenzó a vestirse. Tras un breve silencio dijo:
—¿Podrías darme tu número? 
—Créeme, guapo, no quieres mi número —dijo, empujándolo hacia la puerta.
—¿Te volveré a ver? —preguntó el muchacho.
—Por tu bien espero que no. —le dijo azotando la puerta en su cara.
—¡Eres un verdadero imbécil! 
Tras despachar al chico, miró su reloj.
—¡Carajo! debo darme prisa.
Buscó entre sus cajones algo de ropa. Escogió una playera negra de los Beatles.
Le dio un par de olfateadas. Arrugó la nariz al percibir un fuerte olor a una planta …recreativa.
Revolvió una pila de ropa, en busca de un pantalón.
De las profundidades, emergió una mano.
—¿Pero qué demonios?
Enterrada en la ropa, había una mujer desnuda e inconsciente.
—Justo lo que me faltaba —pensó 
—¡Hey, cariño, despierta!
La chica emitió varios gemidos, balbuceando cosas sin sentido.
—Amiga, necesito que te despiertes ahora —dijo dándole palmadas en la cara. 
La muchacha no dio señales de vida.
—No tengo tiempo para esto.
Tambaleándose, se dirigió a la cocina, esquivando latas vacías y botellas a medio terminar. 
Abrió el refrigerador. Solo quedaba una cerveza.
—Sí. ¡Ven con papá! —dijo salivando.
Tras darle un enorme trago, soltó un sonoro eructo que retumbó en todo el departamento.
Miró al techo. Con curiosidad observó que un sujetador colgaba del ventilador.
—Anoche fue una completa locura —dijo rascándose la nuca.
Se dirigió hacia la alacena. El fregadero desbordaba platos sucios. El comedor repleto de comida y vasos llenos de mezclas raras despedía olores desagradables. 
Cubriéndose la nariz, tomó uno que parecía limpio. Lo llenó de agua y con dificultad, volvió con la chica. Con fuerza le arrojó todo el líquido a la cara. 
—¿Pero qué carajo? —gritó la chica escurriendo. —¿Qué demonios te pasa idiota?
—¡Buenos días rayito de sol! Vístete, voy tarde al trabajo.
Ella intentó ponerse de pie. Sus piernas no respondieron.
Cayó de rodillas al suelo, emitiendo un gemido.
—No lo puedo creer —pensó.
Tratando de incorporarse, se percató que estaba completamente desnuda. 
Con la lengua enredada dijo:
—¿Dónde está mi ropa?
Desesperado, recordó el sujetador colgando del ventilador. 
—Tu bra, cuelga del ventilador de la sala.
La chica puso cara de pocos amigos y dijo:
—Sí quieres que me vaya, bájalo de ahí y encuentra toda mi ropa.
—Ok, ok, ya voy.
Comenzó a buscar por todos lados las prendas de la chica. Por fortuna, encontró una minifalda negra sobre un sillón. Una blusa color rosa, reposaba sobre un aparador.
En él, exhibía con orgullo su colección de figuras de Star Wars. Al darse cuenta de que se habían caído varias, dijo cabreado:
—Maldita sea. Sabes el trabajo que cuesta pararlas y acomodarlas. Me tomará horas.
—¡Hey, mi ropa! —exigió la chica
—Cierto, aquí está. Ahora vístete y vete.
—Te habían dicho que eres encantador querido. —dijo frunciendo el ceño.
—Lo sé preciosa. Bueno, te dejo, debo darme una ducha. Ya sabes por dónde salir.
—Ni se te ocurra llevarte algo. —le dijo mostrando su placa.
—¿Eres un poli? —exclamó la muchacha, haciendo una mueca de asco.
—¡Servir y proteger! Hasta pronto princesa.

Capítulo I: El hombre de mil rostros

Se sentía el aroma de una noche tormentosa de verano. Húmedo al tacto hasta empalagarte el paladar para que termines pidiendo otra cerveza. Siempre fue buen camaleón, al menos, para mí, lo sigue siendo. Convincente en su argumento; mejor dicho, conveniente… Sabía poner hasta las comas cambiando así la culpa de dueño, el ceño me quedó fruncido de querer entenderlo.

Se interna en el ajuar de las polleras asomándose por las columnas del boliche, espiándome. Su rostro, iluminado por ráfagas intermitentes de luces de neón, parece cambio cada vez que las sombras lo cubren.

Por un segundo es el hombre que amé; al siguiente, es un extraño con ojos de cazador que espera el momento exacto para atacar. La música del lugar retumba en mi pecho, pero el trueno que suena afuera es más real. Él cree que tiene el control, que su disfraz de observador silencioso es perfecto. Lo que no sabe es que, después de tantas máscaras, yo he aprendido a reconocer el brillo de sus ojos, incluso cuando intenta ser nadie.

Se acomoda sus doradas joyas del Barrio Chino, dejando entrever su piel morena a través de una camisa desgastada de hace cuatro navidades atrás. Engreído el vago, se toma un mate mientras se encama con una adolescente. Sobre el hombro de esa chica, me mira. Sabe qué dar de sí mismo para mantener a su presa cerca. Creyéndose dueño de la vereda musicalizada por un DJ pedorro fiel creyente del RKT al palo y de mi oxígeno.

La primera gota de lluvia sobre el techo de chapa, un disparo que nadie más escuchó. La besa. La besa apasionadamente mirándome fijo a los ojos, en mi cuerpo: quietud. Solté la cerveza.

Me puse mi campera rompeviento con agujeros en los bolsillos y me fui. La lluvia veraniega tiene ese calor incorporado en cada mililitro de agua: Como si la olla de los fideos que cociné al mediodía se pasara de rosca. Crucé la avenida llena de pozos y barro. Sonreí.

El escenario se asemejaba a mi sentir: un desborde inevitable, un enchastre necesario. Las gotas limpiaron mi rostro del delineador, pero no quitaron el asco. Hay manchas que el agua del cielo no alcanza a tocar. No quería volver a casa. Los pasillos vacíos me iban a devolver el eco de sus mentiras, y la plaza, que fue un hogar durante años, se volvió ruido mental.

Cada banco, cada árbol de ese parque donde tantas veces nos perdimos, ahora eran testigos mudos de una estafa que no quise ver venir. Caminé por el centro de mi ciudad, esquivando los charcos que reflejaban las luces de los semáforos, hasta que mis pies decidieron por mí.

Caí en el único bar donde sabía que él no estaría. Al menos, no sus tatuajes tumberos en el cuello que tanto me gustaba apretar, esa tinta negra que se me quedaba grabada en las palmas de las manos y que ahora sentía como una quemadura. Él no encaja acá, entre la madera lustrada y el olor a café viejo.

Los vinilos en las paredes son muy decorativos, círculos negros que giran en un tiempo que no le pertenece.

Afuera ya está diluviando, un rugido sordo que golpea el ventanal y hace que la ciudad se vea borrosa, como si alguien le hubiera pasado un dedo húmedo a un dibujo al óleo.

Me senté en el rincón más oscuro, donde la luz apenas llega. El barman, un tipo que parece haber visto pasar mil tormentas iguales a la mía, me puso una servilleta de papel sobre la mesa sin decir palabra. Me saqué la campera rompeviento. Los agujeros en los bolsillos se sentían como bocas abiertas, gritando la verdad de mi economía y de mis soledades.

En la mesa del rincón, un hombre de traje impecable le explicaba algo a un socio con gestos medidos, casi ensayados. Tenía esa forma de mover las manos, una elegancia impostada que te hacía creer que tenía la solución a todos tus problemas. Era el argumento conveniente.

Ahí estaba, sentado solo, sin el resto del cuerpo de mi ex, usando esa máscara de “tipo serio” que tantas veces usó para convencerme de que mis reclamos eran locuras mías.

Cerca de la barra, un pibe con gorrita y mirada esquiva no paraba de mirar hacia la puerta, como esperando que alguien —o la policía— entrara en cualquier momento. Su postura, ese encogimiento de hombros que busca pasar desapercibido, era el camaleón del boliche. El que se esconde detrás de las columnas para espiar sin ser visto, el que sabe desaparecer en una multitud de tres personas.

Lo más aterrador fue el tipo que estaba sentado a solo dos banquetas de mí. No hablaba, no pedía nada. Solo miraba su propio reflejo en el espejo de la estantería con un narcisismo que me dio escalofríos. Se acomodaba el cuello de una camisa imaginaria, se tocaba la mandíbula como si estuviera admirando una obra de arte. Era el engreído. El que se creía dueño del oxígeno y de la vereda musicalizada. Sentí que el bar se achicaba. El hombre de mil rostros no estaba ahí, pero sus máscaras habían cobrado vida propia y se habían repartido en cuerpos distintos. Era como si el universo me estuviera mostrando el rompecabezas desarmado para que entendiera que nunca hubo una persona real ahí dentro, solo un desfile de personajes baratos.

—¿Te sentís bien, piba? —me preguntó el barman, notando que mis dedos apretaban el vaso hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

No contesté. Me fijé en el fondo del bar, donde las sombras eran más largas. Allí, un hombre mayor, con la mirada vacía y las manos pesadas sobre la mesa, lloraba en silencio. No era tristeza; era esa lástima manipuladora que él usaba cuando yo estaba a punto de dejarlo. La máscara del “pobre tipo” que necesita ser rescatado.

Me puse la campera rompeviento con un movimiento brusco. No podía quedarme ahí. Verlo fragmentado en esos desconocidos era peor que verlo besando a la adolescente en el boliche. Porque si él no era nadie, si solo era la suma de esos restos tumberos y pretenciosos, ¿entonces a quién carajo había amado yo durante cinco años? Salí de nuevo a la lluvia. El agua ya no se sentía como una ola de fideos caliente; ahora era un bautismo de hielo. Caminé rápido, huyendo de las máscaras, buscando mi propio rostro en algún charco que no estuviera contaminado por su recuerdo.

Llegué a casa con el agua chorreando de la campera, haciendo un camino de charcos en el piso que mañana me iba a tocar limpiar. Me paré frente al espejo del baño y no prendí la luz; dejé que la claridad de la calle me dibujara los bordes. Me pasé la mano por el cuello, buscando instintivamente los tatuajes tumberos que ya no estaban ahí. Mis dedos apretaron el vacío.

¿Quién es esta que me mira con los ojos rojos? Durante cinco años fui la que él necesitaba que fuera: la que perdonaba, la que remendaba camisas, la que escuchaba argumentos convenientes.

Ahora que solté el guion, me doy cuenta de que soy un papel en blanco, un rompecabezas al que le faltan las piezas más importantes. Soy una piba que sabe limpiar edificios de cuatro pisos, pero no sabe cómo barrer la mugre que le quedó en el pecho.

“Te maldigo en una idea absurda de hacerte brujería. Sentarme en medio de mi habitación con una vela roja y negra junto a tu nombre, pidiéndole en caliente a las deidades que me acompañan que te abracen en un frío más allá. Pero en vida. No podrás morir. Tendrás epifanías diarias del daño que has hecho. Que algo te impida acercarte a otra mujer sin antes romper en llanto. Tus poderes mentales ya no tienen lugar en tu boca. Habitarás una cárcel de conciencia atentando contra tu vida, pero no podrás escapar. Todo mal se te ha de multiplicar.

Una vez ya, con tu espejismo roto y siete años de mala suerte, me verás llegar en sueños ansiosos; la culpa te arrancará las uñas de raíz. La pólvora explotará en tus manos cuando quieras gatillar, y solo me iré. Seré yo quien contaminará canónicamente tu existir. Hasta el fin de los tiempos.


Arriba y abajo querrás volver a mí, como adicto. Le dedicarás tus penas a la soledad, embriagándote. Vivirás enteramente en la suciedad de tus pensamientos y ratas. La humedad de tu alma te enloquecerá al punto de querer quitarte la vida, dándote cuenta de que mi maldición funcionó. Ahora puedes sentirlo todo, sin huir ni morir.”

Hecho está.