
ENSAYO
Foto de Chrofit the man to call
Cámara: Canon EOS 1200D | Foco: 108.0mm | Apertura: ƒ/4.0| Dimensiones: 3456 x 5184
MATERNIDAD SIN MAQUILLAJE
por Alejandra Aristizabal
Ser madre debería sentirse como un lugar seguro.
Eso fue lo que muchas aprendimos desde niñas, nos hablaron de la maternidad como la experiencia más hermosa que una mujer podría vivir, nos enseñaron imágenes perfectas: madres sonrientes, hogares cálidos, bebés dormidos sobre pechos tranquilos y mujeres capaces de sostenerlo todo sin romperse jamás.
Pero nadie nos habló del silencio.
Del silencio que aparece cuando termina el día y una mujer agotada se mira al espejo sin reconocerse, del silencio que existe detrás de las fotos bonitas, detrás de los consejos ajenos, detrás de la sonrisa automática con la que muchas madres responden “todo bien” mientras por dentro sienten que se están hundiendo.
La maternidad tiene una manera muy extraña de transformar a una mujer, no solo cambia el cuerpo o la rutina, cambia la mente, las emociones, la identidad y la forma en la que una mujer vuelve a habitarse a sí misma, y aunque traer un hijo al mundo puede ser uno de los actos de amor más grandes que existen, también puede convertirse en uno de los procesos más solitarios cuando nadie se atreve a hablar de la parte difícil.
Porque sí, amamos profundamente a nuestros hijos, pero amar no elimina el cansancio, amar no hace desaparecer la frustración, amar no evita que, en algunos momentos, una madre se sienta perdida dentro de una vida que gira alrededor de todos menos de ella.
Durante mucho tiempo nos enseñaron que una buena madre era aquella que podía con todo, la que nunca se quejaba, la que daba más de lo que tenía, la que siempre estaba disponible, y muchas crecimos creyendo que agotarnos era normal, que olvidarnos de nosotras mismas era parte del proceso y que sentirnos mal nos convertía en malas madres.
Entonces comenzamos a callar.
Callamos cuando necesitábamos ayuda. Callamos cuando el cuerpo ya no podía más. Callamos cuando llorábamos en el baño para que nadie nos viera. Callamos cuando sentíamos culpa por querer un espacio propio. Callamos cuando extrañábamos a la mujer que éramos antes de maternar.
Y el problema del silencio es que empieza a convencernos de que estamos solas. Muchas madres viven rodeadas de personas y aun así sienten una soledad inmensa, porque no se trata únicamente de compañía física, se trata de sentirse comprendidas, de tener un espacio donde no haga falta fingir perfección, de poder decir “esto también me está costando” sin miedo a ser juzgadas.
La maternidad real no siempre se parece a las frases bonitas de internet, hay días donde una madre funciona en automático, sobreviviendo entre responsabilidades, intentando sostener la casa, el trabajo, la pareja, las emociones y la crianza al mismo tiempo, días donde el cansancio mental pesa más que el físico, días donde incluso respirar parece otro pendiente más.
Y, aun así, seguimos adelante. Eso también merece ser reconocido.
Porque detrás de cada madre agotada hay una mujer haciendo lo mejor que puede con las herramientas emocionales que tiene, hay una mujer intentando sanar heridas mientras enseña amor, una mujer aprendiendo a criar mientras también intenta reconstruirse.
La maternidad no solo trae hijos al mundo, también obliga a una mujer a reencontrarse consigo misma, y ese proceso puede doler profundamente. Hay mujeres que descubren que dejaron de mirarse con amor, otras sienten culpa por necesitar tiempo para ellas, algunas sienten miedo de admitir que están cansadas, y muchas viven comparándose con modelos imposibles de perfección que las redes sociales venden todos los días.
Pero ninguna madre debería sentirse insuficiente por ser humana.
Llorar no te hace mala madre. Necesitar ayuda no te hace débil. Querer descansar no significa que ames menos a tus hijos. Extrañarte a ti misma no significa que no valores la maternidad.
Significa simplemente que sigues siendo una mujer. Y quizás esa es una de las conversaciones más urgentes alrededor de la maternidad: entender que una madre no deja de existir como persona cuando tiene hijos, sigue teniendo emociones, sueños, heridas, deseos y límites, sigue necesitando cuidado, escucha y amor.
Durante años se romantizó la idea de la madre que se sacrifica hasta desaparecer, como si perderse completamente fuera una demostración de amor verdadero, pero ninguna mujer debería tener que romperse para demostrar cuánto ama a sus hijos.
Porque una madre también merece encontrarse a sí misma. Merece volver a sentirse viva fuera de las responsabilidades, merece descansar sin culpa, merece verse al espejo y recordar que sigue siendo importante, incluso cuando nadie la está necesitando en ese momento.
La maternidad real no es perfecta, a veces es caótica, agotadora e injusta, a veces duele más de lo que alguien se atreve a admitir, pero también tiene una fuerza profundamente humana: la capacidad de transformar a una mujer desde lo más profundo. No porque la convierta en alguien perfecto. Sino porque le enseña a reconstruirse una y otra vez.
Hay algo poderoso en una mujer que, aun estando cansada, sigue dando amor, en una mujer que aprende a levantarse incluso cuando siente que ya no puede más, en una madre que deja de perseguir perfección y empieza a abrazar su propia humanidad. Quizás ahí comienza realmente la maternidad sin maquillaje:
Cuando dejamos de fingir que todo está bien y empezamos a hablar con honestidad.
Cuando entendemos que ser vulnerables no nos hace menos capaces.
Cuando dejamos de compararnos.
Cuando aceptamos que maternar también implica aprender sobre nosotras mismas.
Cuando dejamos de exigirnos ser perfectas y empezamos a tratarnos con más compasión.
Porque ninguna madre necesita escuchar que debe hacerlo todo mejor, muchas veces, lo único que necesita es escuchar: “lo que sientes también es válido”.
Este libro nace precisamente desde ahí, desde las emociones que muchas veces no encuentran palabras, desde las noches de agotamiento silencioso, desde la necesidad de decir en voz alta que la maternidad también puede doler y que admitirlo no debería ser motivo de culpa. Nace para abrazar a las mujeres que se sienten cansadas, a las que lloran en silencio, a las que aman profundamente a sus hijos, pero también se sienten perdidas dentro de ellas mismas. Y, sobre todo, nace para recordar algo importante:
No tienes que ser perfecta para ser una buena madre. Tus hijos no necesitan una mujer que jamás se rompa, necesitan una madre real, una madre humana, una madre que también se cuide, también se escuche y también aprenda a darse amor a sí misma. Porque una mujer que logra reencontrarse consigo misma no solo se salva ella, también enseña a sus hijos una forma más sana de amar. Y quizás esa sea una de las formas más profundas de maternidad: criar sin dejar de existir.
También existe un duelo silencioso dentro de la maternidad del que pocas veces se habla: el duelo por la mujer que una vez fuimos, no porque ya no exista, sino porque cambia tanto que, en algunos momentos, parece irreconocible. Muchas mujeres se convierten en madres sin tener tiempo para despedirse de su antigua vida, de repente, todo cambia, cambian los horarios, el cuerpo, las prioridades, las relaciones, la libertad y hasta la manera de pensar, y mientras todos celebran la llegada de un bebé, pocas personas preguntan qué está pasando emocionalmente con la mujer que acaba de nacer junto a él. Porque sí, cuando nace un hijo también nace una madre, y ninguna nace sabiendo cómo sostenerlo todo.
Hay mujeres que atraviesan el posparto sintiéndose completamente solas aun estando rodeadas de familiares, mujeres que intentan sonreír mientras por dentro sienten miedo, ansiedad o tristeza, mujeres que se culpan por no disfrutar cada momento como les dijeron que debían hacerlo.
La sociedad ha sido cruel con las madres, les exige paciencia infinita, amor incondicional, energía constante y perfección emocional, pero casi nunca les ofrece espacios seguros para expresar lo difícil que puede sentirse todo eso. Parece que una madre tuviera prohibido cansarse.
Y cuando una mujer se atreve a decir que está agotada, aparecen los juicios:
“Pero tus hijos son una bendición.”
“Disfrútalos porque crecen rápido.”
“Otras mujeres pueden con más.”
Como si el amor invalidara el cansancio, como si agradecer significara no poder sentirse sobrepasada.
Pero una mujer puede amar profundamente a sus hijos y al mismo tiempo sentirse agotada por la maternidad, ambas cosas pueden existir juntas, y aceptar eso no debería generar culpa. El problema es que muchas madres viven intentando cumplir expectativas imposibles, se comparan constantemente con otras mujeres que parecen tener todo bajo control, las redes sociales han creado imágenes irreales donde la maternidad luce organizada, estética y feliz todo el tiempo, y detrás de esas imágenes, miles de mujeres se sienten insuficientes porque su realidad no se parece a eso.
Pero la vida real no tiene filtros. La vida real tiene juguetes tirados en el suelo, noches sin dormir, ansiedad, discusiones, lágrimas escondidas y días donde una madre apenas logra sobrevivir emocionalmente, tiene momentos donde el cansancio pesa tanto que incluso las tareas más pequeñas parecen enormes. Y aun así, muchas siguen levantándose todos los días. Eso también es fortaleza. No la fortaleza perfecta que el mundo admira, sino la fortaleza silenciosa de una mujer que continúa incluso cuando siente que ya no puede más, la fortaleza de quien aprende a sostener a otros mientras intenta no quebrarse completamente por dentro.
Sin embargo, llega un momento donde muchas madres entienden algo importante: no pueden seguir abandonándose eternamente. Porque cuidar a todos mientras una se destruye por dentro no es amor, es supervivencia.
Y ninguna mujer merece vivir sobreviviendo toda su vida. Por eso también es necesario hablar del autocuidado, pero no desde la superficialidad con la que muchas veces se vende, el verdadero autocuidado no siempre es una tarde libre o una rutina de belleza, a veces comienza con algo mucho más simple y profundo: permitirte sentir sin culpa.
Permitirte decir “estoy cansada”.
Permitirte pedir ayuda.
Permitirte llorar.
Permitirte descansar.
Permitirte reconocer que también necesitas ser cuidada.
Muchas madres llevan tanto tiempo siendo fuertes para todos, que olvidan cómo sentirse sostenidas ellas mismas, se acostumbran a resolver, a contener, a priorizar a otros, hasta el punto de desconectarse completamente de sus propias necesidades emocionales. Y cuando una mujer vive desconectada de sí misma durante demasiado tiempo, empieza a sentirse vacía. Por eso este libro no busca romantizar el sufrimiento materno, tampoco busca convertir el dolor en algo normal que simplemente debe soportarse, busca abrir conversaciones reales, conversaciones necesarias, conversaciones que permitan que más mujeres se sientan vistas, comprendidas y acompañadas. Porque hablar salva.
A veces una mujer no necesita soluciones inmediatas, solo necesita escuchar que no está sola en lo que siente, necesita saber que otras madres también han llorado escondidas, que otras también han sentido miedo, que otras también han dudado de sí mismas. Y quizás ahí comienza algo poderoso: cuando dejamos de competir entre madres y empezamos a acompañarnos con honestidad.
La maternidad no debería ser un espacio de exigencia constante entre mujeres, debería ser una red de apoyo emocional, un lugar donde podamos reconocer nuestras heridas sin sentir vergüenza. Porque detrás de muchas madres fuertes hay mujeres profundamente cansadas de tener que aparentar que todo está bien. Y aun en medio de todo eso, existe algo increíblemente hermoso: la capacidad de volver a empezar. Las madres tienen una manera extraordinaria de reconstruirse, a veces lentamente, a veces con miedo, a veces entre lágrimas, pero lo hacen, aprenden a encontrarse nuevamente en medio del caos, aprenden a reconocerse más allá de la culpa, aprenden que cuidar de sí mismas también es una forma de amor hacia sus hijos. Porque los hijos no solo aprenden de lo que una madre dice, también aprenden de cómo ella se trata a sí misma.
Una madre que se permite descansar enseña límites saludables. Una madre que se escucha enseña amor propio. Una madre que acepta su humanidad enseña que nadie tiene que ser perfecto para merecer amor. Y tal vez eso sea mucho más valioso que cualquier perfección imposible.
La maternidad sin maquillaje no busca destruir la belleza de ser madre, busca mostrarla completa, con sus luces y sus sombras, con sus momentos felices y sus heridas invisibles, porque solo cuando dejamos de idealizar la maternidad podemos empezar a vivirla de una manera más humana y más compasiva.
Ser madre puede ser hermoso. Pero también puede ser agotador. Puede llenarte de amor y al mismo tiempo hacerte sentir perdida. Puede darte fuerza y también dejarte vulnerable. Y reconocer todo eso no te hace mala madre, te hace real.
Quizás demasiadas mujeres han vivido intentando encajar en una imagen imposible de maternidad perfecta, una imagen donde nunca hay cansancio, frustración ni dolor, pero la perfección no existe, y perseguirla solo termina alejando a las madres de sí mismas. Por eso este libro quiere convertirse en un refugio emocional para quienes necesitan respirar sin sentirse juzgadas, un espacio donde una mujer pueda leerse y pensar: “alguien entiende lo que estoy viviendo”. Porque sí, la maternidad cambia la vida, pero no debería borrar por completo a la mujer que existe detrás de ella.
Todavía eres importante. Todavía mereces escucharte. Todavía mereces amor, descanso y sueños propios. Y aunque haya días difíciles, aunque existan momentos donde todo parezca demasiado pesado, quiero que recuerdes algo:
No estás fallando por sentirte cansada.
No estás fallando por necesitar ayuda.
No estás fallando por extrañarte a ti misma.
Estás atravesando una de las transformaciones emocionales más profundas que puede vivir una mujer. Y, aun así, aquí estás. Amando, intentando, resistiendo y reconstruyéndote.
Eso también es valentía.
SOLO NOS QUEDA CUTURA FRITA
por Federico José Calegari
Carlos Alberto «Indio» Solari, no fue solo un músico, no fue solo un poeta, ni siquiera podemos afirmar que el mote de artista le haga algo de justicia a la hora de describirlo, su figura excede los límites que un artista suele trazar alrededor de sus seguidores y, lejos de ser esto algo místico, que no se explica solo desde su obra es más bien todo lo contrario, sus creaciones fueron una herramienta rara y poderosa, sofisticada y efectiva que hizo llover cultura sobre todo aquel que la consumiese o simplemente le pase cerca, como la radiación ionizante queda en cualquiera sin que este lo note, la obra del Indio se filtra como el agua por las fisuras de cualquier lugar en donde la cultura pueda habitar.
El Indio es un vector de cultura transgeneracional y transversal a toda clase social, haciendo que se toquen márgenes que nunca pueden hacerlo por diferentes razones y motivos, que padres e hijos escuchen las mismas canciones y se emocionen con el mismo artista, alguien que en sus diez años disfruta lo mismo que alguien de cincuenta años, no parecido, no un derivado, exactamente el mismo artista, sin correrle una coma y sin agregar ni un “pero”.
Su lugar en el ideario argentino es el de un ícono que provocó una evolución interna en el seno de la cultura popular vernácula, su impacto no solo fue inmediato, sino que trabajó sobre el rasgo argento como quién va rascando una cascarita, nunca nada de lo que hizo cayó en un saco vacío, probablemente esa faceta la encontró en alguna otra expresión que no estuvo relacionada con construir canciones o montar shows en vivo.
Líder de una banda que comenzó como una suerte de troupe andante allá a finales de la década de los años setenta, ensayaban y alternaban actividades desde 1975; pero no fue sino hasta 1978 que la banda emprendió su primer épico show en la provincia de Salta, Bar el Polaco y un colectivo, literal el vehículo, comenzó allí la aventura de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Forjados en plena dictadura, siendo el Indio sobreviviente de persecución y torturas en aquellos años pesados, los Redondos eran un auténtico circo, tenían monologuistas para abrir sus shows, bailarinas exóticas y tocaban muchas veces con disfraces, era normal que durante esas noches de delirio y lisergia la gente tome el escenario y el show termine abruptamente por este tipo de exceso colectivo, todo esto mientras alguien disfrazado repartía redonditos de ricota entre los asistentes desde una canasta.
La bohemia duró un tiempo considerable y ya entrados los años ochenta, decidieron empezar a dejar de tener una estructura totalmente móvil para pasar a ser una banda con una formación más tradicional, cinco integrantes, cinco instrumentos (guitarra, bajo, batería, saxo y voz) y solo sobrevivieron a aquellas noches deformes los monologuistas Enrique Symms y Sergio “Mufercho” Martinez, que solo abrían los shows. Corrían tiempos donde había que encontrar un equilibrio en el entramado social, la dictadura se había terminado dejando un tendal de muerte a su paso y la democracia explotaba más en su efusividad por ser libre que en sus intenciones de hacer justicia contra sus verdugos y saqueadores.
En ese lugar de esperanza artificial y dolor real fue que el Indio comenzó su resistencia, construyó lentamente una trinchera donde graficaba mundos que nadie contaba en la televisión, no salían en los diarios, ni siquiera entraban en la imaginación que la radio proponía. El Indio contaba y cantaba verdades solapadas, pero no desde la protesta sino desde la poesía, si querías saber el mensaje tenías que volar, que pensar, no era un perro ladrando sino alguien que dejó una flor en una trampera y era tema de quién se acerque a olerla, tema del que escuchaba lo que significaba cada cosa, como las expresiones artísticas reales carecían de pretensiones, eran solo una puerta de entrada.
Por supuesto que nadie accede a la masividad con cierta velocidad si no admite las reglas del juego de época, el Indio y Los Redondos no las aceptaron, el primer cambio contracultural fue ese, el de mirar el sistema, entender dónde estaba el negocio y decir “¿Sabés qué? No, te agradezco” y empezar a construir su propio juego, con sus propias reglas. Vale destacar que a todo este comienzo el Indio llega con treinta y cinco años, no era un inexperto joven, era un hombre ya adulto con una vida a cuestas y lejos estaba de ser alguien que no conocía su lugar en el mundo, llega a esto bien plantado y con plena certeza de que lo que estaba emprendiendo debía ser de esa y no cualquier otra manera.
Ahí encontramos el primer rasgo de rebeldía que lo acompañaría durante toda su carrera, no ceder el control de su obra a nadie, que todo sea manejado por los artistas y asegurarse la independencia a la hora de crear y promover su trabajo; pero eso no era todo, también lo habilitaba a ser libre a la hora de expresar cualquier cosa que quisiese expresar, como admirador de Silo (filosofo humanista argentino) creía que el hombre no podía ser libre si alguna de sus expresiones estaba regulada por algo que no fuese su propia conciencia.
Fue así como junto a Skay Beilinson, guitarrista y socio fundador de la banda, comenzaron un camino creativo muy prolífico y vertiginoso, sacaron cinco discos en solamente seis años, todos y absolutamente todos editados por su propio sello, ya sea desde su grabación e impresión hasta la distribución en las disquerías y puntos de venta. Trabajo de hormiga, acción comunitaria y mentalidad de colmena, los redondos era un tanque de soberanía cultural en medio de un gobierno democrático que fomentaba el famoso “Rock nacional” al cual los redondos pertenecían solamente por añadidura, no eran parte de la estructura de festivales gratuitos ni tocaban en la televisión en vivo, mucho menos daban entrevistas por fuera de los medios especializados y corrían por el costado de la autopista, su autenticidad crecía tanto como el mito de su hermetismo y eso provocó una estampida de curiosidad, se gestaba el huevo de la serpiente.
Dentro de esa parte del fenómeno radicaba la solidez de su crecimiento, de repente te enterabas que había una banda nueva, que tocaba en lugares donde los demás no tocaban, que se negaba a tocar donde todos tocaban, que tenían un cantante calvo con la voz de un demonio seductor y un guitarrista prodigioso capaz de hacerte corear sus riffs y para colmo de males no te hablaban de divertirte, no buscaban distraerte, su intención era rescatar el, golpeado y torturado, estado de ánimo reinante, ese que no podían ocultar las luces de la flamante y estruendosa democracia.
Fue así como los lugares empezaron a quedarle chicos, que la convocatoria empezó a ser una piedra en el zapato para las fuerzas de seguridad que trataban, recital tras recital, de bajar la espuma de ese incipiente fenómeno, tirar gas lacrimógeno para vaciar los espectáculos, golpear a la gente en la fila de entrada o hacer razias policiales, operativos gigantes de averiguación de antecedentes que consistían en llenar micros con gente y llevarlos a la comisaría buscando posibles sospechosos. Patrañas, solamente era una herramienta de control de público por parte de las fuerzas de seguridad que no podían dejar sus hábitos dictatoriales de lado y pretendían que los desbordes sean aquellos que ellos habilitaban y no un producto del fervor popular.
Fue en este crecimiento donde se produce el primer choque real contra el establishment cultural de la Argentina, en un recital en el estadio de Obras en 1991 una razia policial detuvo a una decena de personas entre ellas al adolescente Walter Bulacio, que murió asesinado producto de apremios policiales en una comisaría del barrio de Nuñez. Este suceso es el que catapulta a los Redondos, y con ellos al Indio, al centro de la opinión pública y de la crítica generalizada.
El maldito rock, según la opinión pública, había matado a un pobre joven y eso provocó una andanada de comentarios, prejuicios y mitos alrededor de un suceso que tenía un único y claro culpable, el accionar policial, todo lo demás que vino detrás fue la cultura del establishment defendiendo sus campos, cuidando sus vaquitas, nada de todo aquello fue responsabilidad ni de la banda ni del publico asistente, todo fue culpa de los policías que actuaron ese día pero era más fácil venderle a Doña Rosa que los roqueros tendían a morirse y la policía, blanca y pura, no pudo salvarlos de ese flagelo, una vez más los que no tenían voz no pudieron defenderse.
Los Redondos habían obtenido ese lugar central a raíz de su quinto disco de estudio llamado La Mosca y la sopa una obra conocida por sus hits “Mi perro dinamita” y “Un poco de amor francés” que inundaron las radios, cortinas televisivas y eventos sociales de todo el país, la gente iba compraba el disco por esas canciones y adentro se encontraba una obra compleja, reaccionaria, que contaba cosas que no salían en la televisión, que mostraba historias de desesperanza, guerras silenciosas y hambre en la casa del vecino, desnudaba un menemismo salvaje donde para que diez sean reyes unos millones debían ser mendigos. Nacía la obra más crítica con la Argentina plástica de entonces, pero esta vez todos se acercaron a oler la flor y la trampa los hirió de manera permanente, ya no se podía tapar el sol con la mano, habían conquistado la primera ciudad tras la muralla del sistema cultural imperante, el caballo de Troya había bajado sus rampas en las fauces del consumo.
El resto de la década de los años noventa encuentra al Indio liderando una antagónica batalla dentro de su propio rol de artista, por un lado el desafío de reflejar una época que sucedía con ritmo de tragedia a espaldas de los focos informativos, había una Argentina que mostrar y contar que contrastaba totalmente con lo que vendía la frivolidad del menemismo y por el otro mantener esa estructura incorruptible que le permitió a Los Redondos llegar tan alto sin renunciar a ninguna libertad creativa, la banda seguía sin apuntar a la masividad pero el fenómeno contra cultural y la identificación de su público con su mensaje artístico, su reflejo de época superaba cualquier planificación, ya existía desde aquellos años una cultura tan sólida que al desarrollarse asustaba a los extraños, la fidelidad tomaba ribetes religiosos.
Posterior a la muerte de Bulacio, la banda toma la decisión de hacer un exilio interior, no volverían a tocar en la Capital Federal y se lanzan a recorrer el país, tocando muchas veces donde nadie iba a tocar y generando adeptos en todos los rincones del país, su incursión en la Argentina alejada de la capital los hizo aún más reales, menos provistos de caretas y muy cercanos a lo que dicen defender, hicieron de aquella desgracia algo constructivo, no pidieron la escupidera para seguir encajando.
Fue en ese exilio interior que se produjo un hecho cultural y político impactante, en el marco de un recital a celebrarse en la ciudad de Olavarría, Provincia de Buenos Aires, en 1997, la policía del lugar elaboró informes de inteligencia y apoyándose en ellos fue que el intendente de la ciudad Helios Eseverri decidió suspender el show porque no estaban dadas las garantías de seguridad para el mismo a pesar de haber sido autorizado previamente por la misma intendencia. A raíz de ello se produce una conferencia de prensa histórica donde se puede ver al Indio dando una clase de oratoria y exposición, tocando varios temas y todos desde un uso del lenguaje muy preciso y elevado, lejos estaba ese señor calvo de lentes negros de todo aquello de lo que se lo acusaba, no era un facineroso, estaba en total dominio de su discurso y asestaba cada golpe con sus opiniones e ideas, muchos padres conocieron ese día, durante esa conferencia, que el ídolo de sus hijos era un pensador contemporáneo, se desarmaba la idea de que el Indio era un reventado tal cual detallaba la televisión, los medios y los informes policiales.
El resto de los discos que llegaron durante el período entre 1993 y 1998 nos mostraron un Indio interesado por contar historias, generar un contenido familiar entre sus personajes y un idioma muy particular que hacía su decir más que especial, el Indio no perdía el tiempo explicando nada, su poesía apuntaba a imaginar pero nos daba pequeños tirones de oreja trayéndonos metáforas que eran aplicables a cualquier cosa que le suceda al escucha, la versatilidad de su lenguaje provocó un sismo en el rock vernáculo, nadie escribía así y mucho menos estando tan encima en la pirámide, el poeta estaba volando directo al sol, acelerando sin dudar pero visto por todos, fue el asalto de la contra cultura al establishment reinante, primero invadidos y luego atacados en su propio Coliseo, perdiendo y ganando pero siempre en sus propios términos.
Fue así como la banda, con el Indio al frente, llegó al evento más desafiante, un lugar impensado en el contexto de exilio que venían aplicando, el mítico estadio de River Plate en pleno barrio de Nuñez la parte más pudiente de Capital federal, lejos de ser el más fervoroso era el que más gente podía albergar, un lugar que servía como real medida del tamaño de tu popularidad, si podías llenar al menos una vez ese estadio, eras una banda grande.
Los Redondos lo llenaron, no una sino dos veces, hubo incidentes y se vio reflejada con mucha claridad la violencia comprimida y oculta que tenía aquel pueblo fervoroso y marginado que estallaría socialmente tan solo un año más tarde, llegando hacia el fin del año 2001.
Aquella vez, durante el primero de los dos shows, hubo una pelea adentro que terminó con una persona apuñalada y posteriormente muerta; el segundo espectáculo tuvo que hacerse con las luces prendidas por orden de un juez, un reflejo de un nuevo mundo que no esperaba a nada ni a nadie, ni siquiera a la muerte. Dentro de ese contexto Los Redondos obtuvieron esa cucarda, el Indio se transformó en la voz de una generación postergada y encabezó la lista de los enemigos del establishment cultural durante todo ese período, el ídolo que nadie podía tocar, el que nadie podía comprar, la cara de una horda de gente desesperada pidiendo a gritos que alguien los vea, el padre de los que se cayeron del camión y nadie frenó a levantar, su sola figura era digna de veneración para sus seguidores y de respeto para aquellos que no consumían a la banda.
Tan solo dos shows más tarde llegaría la disolución de la banda y un hecho hasta ahora inédito en la vida del Indio, comenzaba su camino en soledad, empezaba un exilio hacia si mismo que duraría hasta la salida de su primer trabajo solista, El tesoro de los inocentes, que saldría en 2005 y confirmaría la capacidad artística y creativa del poeta maldito, su lengua sagaz y misteriosa no había perdido un ápice de habilidad, formó una banda poderosa y se lanzó a la aventura, tras llenar dos estadios únicos de la Plata en la presentación de su primer disco solista El tesoro de los inocentes y dirimió una cuestión que parecía atormentarlo: la gente de los redondos lo seguía a él, es ahí donde se produce el último quiebre cultural de la imagen del Indio, pasa de ser el poeta a ser el profeta, su caudal poético, la complejidad de su obra y la fácil penetración que tenía en todos los sectores de la sociedad lo sacaba del simple rol del artista y lo ubicaba en un rol similar a una fuerza natural, el cantante daba paso al mensajero y la realidad cedía ante el mito, el ser politíco firmaba con su nombre.
Ya en su etapa solista los shows empiezan a espaciarse, a razón de un puñado por año, la metodología de promoción era que cerraba un show con el anuncio del siguiente, eso provocó que la gente empiece en masa a seguirlo por todo el país, el Indio iba a una punta y la gente iba a esa punta, el Indio iba a la otra punta y la gente iba a la otra punta, sin saberlo o sin buscarlo se convirtió en un extraño señuelo turístico, el artista llevaba su obra y la gente recorría pueblos, ciudades y provincias para presenciarlo, ciudades itinerantes que recorrían la ruta en una suerte de cultura alternativa, de situación temporal pero de tradición permanente, el profeta tenía su pueblo y si había que exiliar la fiesta, se exiliaba.
Y no solo eso, su obra empezó a servir para ejemplificar amor en otras cosas, llegó al fútbol a través de banderas, a otros artistas de nuevas generaciones, a los taxis, a los quioscos, a las cárceles y a todo lugar donde la identidad nacional sonaba como música de fondo.
El pulso de su cultura logró formar otra nueva que convivía en perfecta armonía con el resto de las ya existentes, su poesía dejó de ser un ente oculto y empezó a enseñarse en lugares tan increíbles como colegios y universidades, su poesía inspiró libros de todo tipo, filosofía, política y hasta de ficción, la evolución cultural era un hecho, su cara estaba en banderas de equipos de fútbol no siendo el Indio futbolista siquiera, se construían casas enteras con su obra sonando de fondo, miles de marchas llevaron carteles con frases suyas y su cara se pintaba en miles de paredes alrededor del país, mucha gente eligió llevar sus letras o su imagen en la piel, el amor y el fervor tenían tintes pasionales, rozando lo obsesivo, el Indio pasó a ser un pedazo de la identidad argentina.
Es acá donde ocurre el último tramo de su carrera, de su obra, donde el Indio llevó su ultima evolución a cabo, tras sacar cinco discos consolidó su obra solista elevando mucho más su categoría de ídolo e ícono, tuvo que alejarse de los escenarios por una cruenta enfermedad y se produce su último y definitivo exilio personal. Fiel a su costumbre de no mostrarse casi en público generó una cultura a través de las nuevas redes sociales difuminando un halo de misterio que lo envolvía desde hace décadas en un mundo que cada vez ocultaba menos cosas, su figura aparecía más en fotos, remeras, tatuajes y vídeos más que en programas o entrevistas, revistas o eventos de cualquier tipo, el personaje vivía en la gente, pero el indio vivía en casa con su familia.
Fue a raíz de su enfermedad y su encierro que las redes sociales se transformaron en su última voz, sin ser demasiado activo desarrolló una serie de vías para comunicarse con su gente, a veces de manera más poética otras de maneras más humanas y torpes, pero siempre buscó mostrar también sus nuevas creaciones, jugando siempre a ser un nuevo artista diferente seguía exponiendo su poesía ya más en un tono lúdico, pero no por ello menos bello y contundente.
Otro rasgo que le trajo el uso de estas nuevas herramientas fue la exposición de sus opiniones al respecto de muchos temas, inclusive se le pudo apreciar un costado más cercano al comportamiento de una persona promedio que al del mito que había construido, involuntariamente o no, no lo sé, durante casi tres décadas. Fue así como vimos a un Indio que daba su parecer al respecto de política, cine, libros, música, pero también se reunía con otras celebridades como Juan Román Riquelme o Cristina Kirchner y no tenía reparo en sacarse fotos con ellos, como haría cualquier otro fan o amigo con sus propios amigos. Fue también siempre presente su aporte a causas nobles como los saludos a las Madres de Plaza de Mayo, su simpatía con streams de política como Gelatina o Futurock o Radio la Patriada y mismo incursiones en las redes aportando parte de su obra inédita para que muchos fans lo disfruten por canales públicos como YouTube, el Indio pasó la última etapa de su vida y de su carrera mucho más conectado con la gente, con sus fans sobre todo desde su lado, del lado de los seguidores siempre el personaje llenaba todos los casilleros ahora era el profeta el que quería saber sobre ellos. Se lo podía ver cantando en su banda a través de vídeos previamente grabados, trató dentro de lo posible de no faltarle nunca a sus seguidores, más no sea a través de un vídeo.
Pudimos ver a lo largo de toda su trayectoria una obra prolífica, un artista poderoso y un actor político consecuente y coherente, un ser humano virtuoso y uno de los pocos rebeldes que eligió caminar por afuera del sistema y llegó al mismo lugar de los que alquilaron su obra. El Indio no es un artista fácil de consumir, su música si, su poesía no te da nada masticado, jamás trata de tonto al que escucha y sus aportes a la construcción de un sentir nacional son indiscutibles, desde su voz y su poesía se pueden explicar muchísimas cosas de la idiosincrasia Argentina, escucharlo no es señal de entenderlo pero si de sentir, de pensar y de tratar de ubicar por qué y para qué dice lo que dice, en su látigo poético hay azotes de todo tipo y para cada uno que lo escucha sentirá que hay alguno que sea suyo en especial, algunos dicen que habla sobre una mujer, otro que es sobre drogas pero capaz solamente sea una cita a un libro de Roberto Arlt, de Shakespeare o de Leopoldo Marechal y ahí es donde se construye el acto cultural, donde el arte evoluciona a la sociedad, cuando un hecho artístico crea un vínculo directo entre alguien y algo que no se hubiesen conectado si no fuese por el inicio de una emoción porque de otra manera ganaría el prejuicio, esa conexión no se produciría si no incluyera haber sentido algo por ella.
El fin de este análisis respecto al impacto cultural de la obra del Indio me encuentra presenciando su velorio, kilómetros y kilómetros de fila solo para pasar y agradecer frente a sus restos, elevando la figura a niveles de popularidad que solo se vivieron en este país con la muerte de Gardel, Eva o Juan Domingo Perón que también tuvieron despedidas populares multitudinarias a esta altura, el pueblo cuando ama nunca se equivoca.
El Indio pasó por esta vida transformando todo un país a su paso, desde su resistencia artística, su lucha contra el sistema (que ganó por knockout) su compleja y barroca poesía nos mostraron que este páramo perdido en el fin del mundo era el mejor lugar en el que uno puede nacer, desde Ushuaia a la Quiaca se hizo seguir por cualquiera que se sienta conmovido por el poder de su arte. Igualó la sociedad, juntó los márgenes conformando un nuevo idioma en común, un lenguaje identitario que permite distinguir quién es seguidor de él y quién no, el Indio suena en la desesperanza de las celdas, en los cuartos adolescentes, en los frigoríficos helados y en las pizzerías con hornos ardiendo, su linaje cultural es eterno y forma parte ya del sentir nacional, podes ir caminando por cualquier lugar y va a sonar su voz perdida en alguna radio que está de fondo, como quién escucha un canto de un pájaro, el sonido del trafico o el ruido del viento entre los árboles.
Su funeral duró casi veinticuatro horas, expulsado por el gobierno nacional de la capital federal, se hizo en pleno conurbano bonaerense, en un gimnasio con nombre de ídolo popular, Gatica, ubicado en Villa Dominico corazón de Avellaneda. Fue intenso el pulular de almas, con mucha tristeza y amor por su ídolo cerca de un millón de almas hicieron kilómetros de fila para el último adiós, vaticinaron destrozos y caos, nunca ocurrió, el poder del amor pudo mucho más que los prejuiciosos y el odio recibido en el rechazo. Se iba el artista y daba paso al mito, la gente ya no será fan del Indio, será devota y es lo que corresponde para un emblema eterno del amor, para un ángel cáido.
Cambiar una sociedad entera solo con arte es un privilegio conseguido por pocos y que eso se traduzca en un amor infinito es un regalo insoslayable, un tesoro imposible de cuantificar, el Indio se retira por la puerta grande habiendo creado una cultura, un pueblo y una identidad que nunca podrán morir porque el que ama cuando crea se convierte en inmortal, pasa de lo físico a lo etéreo y pertenece a todo aquel que esté dispuesto a devolver ese amor, su obra conmueve por igual a alguien que duerme en la calle como a uno que viaja en un jet privado y eso define lo granítico de su legado.
A título personal, entre lágrimas e incredulidad, me tomo la libertad de decir “Gracias Indio, Graciosos y valientes” y me desarmo, porque de mí queda un pedazo menos.

Ilustración por Pablo Rivas de Oktubre wallpaper, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota V2
Metamodernismo: Entre la conservación de los ideales de antaño y la relativización absoluta de todo sentido
por Nicolás Genovecio Lucía
Sería incorrecto decir que en los últimos tiempos ha surgido la problemática de los malosentendidos en la comunicación entre las personas, sin embargo, sí es cierto que se le ha dado lugar a la misma, conceptualizándola de forma explícita. Esta afirmación es bastante básica e inherente a lo que nos hace humanos, pues cada individuo representa una subjetividad intrapsíquica imposible de conocerse en su totalidad y, por consiguiente, entenderse, replicarse y contentarse.
No obstante, podemos actualizar dicha problemática para poder comprender las mencionadas diferencias, razonar la perspectiva de los otros y hacer una sólida introspección sobre las posiciones propias. A mi parecer, una de las dicotomías que viene complejizando a las relaciones humanas en los últimos dos siglos ha sido la modernidad/posmodernidad. Desde el “Dios ha muerto” nietzscheano, las distintas arkhés que sustentaban nuestra existencia, dando coherencia, seguridad y propósito a la vida, comenzaron a caer. Esta caída debe entenderse como la ausencia de una matriz explicativa de la existencia sustentada como andamiaje universal, o cuasi universal (para evitar críticas basadas en la excepción a la regla), pero un porcentaje altísimo de la población siguió (sigue) manteniendo dichas arkhés, aunque actualizadas a la especificidad de la vida actual. Por el objetivo y posicionamiento de este artículo es necesario explicitar la existencia, número e importancia de esas personas, defensoras de un modelo, de una concepción de la vida, las cuales suelen ser relegadas a un papel menor, insulso, por parte de sus antítesis ideológicas.
La descentralización de los principios fundadores dio lugar a la irrupción de la posmodernidad, la cual evolucionó de forma desigual en los distintos países del mundo, coexistiendo (en pugna) con la modernidad. Este paralelismo entre corrientes, presente hace más de cien años en las universidades y la literatura especializada (con sus respectivos nombres o en la confrontación de sus conceptos fundamentales) se ha masificado recientemente con el auge de los medios de comunicación, pudiéndose apreciar en soportes más tradicionales como programas de televisión y en nichos más actuales como hilos de reddit. Las discusiones entre conservadores y progresistas, idealistas y pesimistas, derechistas e izquierdistas, religiosos y ateos, entre otras encarnaciones/facciones de modernos y posmodernos, han invadido todos los ámbitos y esferas de la vida cotidiana, desde la escuela, pasando por el trabajo, hasta la familia, el deporte y las salidas entre amigos.
De esta manera, conviven aún nociones modernas sustentadas en concepciones de sustancia aristotélica que buscan insertar un orden extraordinario en la cotidianeidad, desde creencias como el horóscopo y las distintas formas de supersticiones, hasta la cosmovisión de un destino que nos antecede y dirige, o encausa, nuestras acciones, pasando por tintes con aún más consenso como las almas gemelas. No obstante, con la excepción de los sistemas religiosos institucionalizados, estas creencias han sido adoptadas por individuos cuyo perfil ideológico no parecería encajar con las mismas. En contraposición a la idea de una historia lineal y progresiva, vemos como día a día prácticas analizadas en libros medievales de lo obscuro y lo paranormal se instalan en el mainstream. Estas prácticas fueron rechazadas en el auge histórico de la modernidad, marcado por la ilustración, por la descentralización de Dios, desplazado por la ciencia. No obstante, constituyen ejemplos de sustancia aristotélica, de causa primera, de tiempo lineal, de verdad como adecuación y de dualismo cartesiano, es decir, representan ideas modernas, aunque contrapuestas a la ciencia, modelo prototípico de la modernidad.
No es raro ver en el año 2026 anuncios de servicios de tarot y amarres, no es inusual escuchar a un conocido (incluso en ambientes científicos/académicos) comentar que fue a una sesión de reiki o a leerse los registros akáshicos y es muy probable que cualquiera de nosotros conozca su signo zodiacal, hasta incluso características del mismo. Sin embargo, quienes llevan a cabo estas prácticas no pueden agruparse homogéneamente en la primera parte de las dualidades previamente nombradas (conservadores, idealistas, derechistas y religiosos), muchos de ellos se identifican con la segunda parte, por lo que somos testigos de un sincretismo de ideas/posiciones filosóficas, morales y políticas que relativiza la discusión entre modernos y posmodernos.
Las mencionadas concepciones modernas entran en coalición con el más pesimista posmodernismo que plantea un mundo gris, desesperanzado, a la deriva. Estas son las consecuencias del cuestionamiento de toda razón de ser externa, si no hay un Dios ni un principio regidor, ni ninguna fuerza metafísica que justifique/encause la existencia, la misma carece de todo sentido, es un error estadístico, un capricho del azar. Posiciones con claras consecuencias psicosociales, pero con importantes aportes a nuestra forma de entender la realidad. Al cambiar una moral universal por un utilitarismo que, lejos de concebir normas morales estancas, permite discernir entre lo correcto y lo incorrecto en situación, ha dotado al ser humano de una mayor libertad para perseguir su prosperidad. Asimismo, la complejización del “bien” y el “mal”, marcando una concepción de la humanidad en una gama de grises, la cual no debe interpretarse como símbolo de derrotismo, ni rasgos depresivos, también nos ha concedido una mayor libertad para ser y hacer, dejando, a su vez, menor lugar a los prejuicios. Al cambiar la esencia por los atributos, nos podemos permitir pensar que no existe LA realidad, sino que esta es construida por todos y, por lo tanto, no es la misma para dos personas, ni hablar de ocho mil millones.
Habitamos ficciones de la realidad construidas a base de nuestras percepciones y la asimilación de datos, acomodados en nuestra arquitectura cognitiva, la cual incluye sesgos personales que modifican esos datos, denominados por algunos autores sistémicos como captos, extracciones de la realidad ajustada a nuestra singularidad. La realidad sería la totalidad de esas ficciones.
En una palabra, la posmodernidad nos brinda herramientas para poder tener en cuenta a la existencia y la historia como construcciones, que se llevaron a cabo de una manera y, por lo tanto, podrían haberlo hecho de tantas otras. Esto nos permite ampliar el horizonte de acciones posibles para encarar el presente y construir el futuro. Sin embargo, facciones dentro del posmodernismo han protagonizado una guerra santa contra la modernidad y sus defensores, planteando la imposibilidad de un futuro al que aspirar en el cual permanezcan ideas modernas. El cuestionamiento inicial, sano y necesario para la discusión de ideas, se desfiguró en la defensa de posiciones estancas, diferentes de las antiguas, pero igualmente dogmáticas.
Irónicamente, esto ha llevado a prácticas similares a las criticadas, como la cultura de la cancelación, quitándole la voz a todo aquel considerado inmoral en sus posicionamientos, juicio esgrimido por quienes hicieron camino a partir de la relativización de la moral. Fuimos testigos de una transformación dentro del seno del posmodernismo, de una posición con tintes nihilistas sobre la existencia, la humanidad y la moral a una posición con un diagnóstico negativo del pasado y el presente, pero aparente poseedora de las respuestas para un futuro mejor, las cuales incluyen su posición hegemónica en el pensamiento.
Como se mencionó previamente, la discusión entre tradicionalistas y progresistas es actual, pero no su homologación con modernismo y posmodernismo. Es moneda corriente encontrarse en las redes o en ámbitos físicos, como las aulas de las universidades, a individuos que adoptaron como propios el nihilismo de inicios del posmodernismo como una bandera ideológica en contra de la religión, pero que, en paralelo, adoptan prácticas sustentadas en la sustancia aristotélica, en la creencia en las arkhés. Se genera una burla pseudo-intelectual basada en posiciones: “Vos sos X, cuando claramente son los Y los que están en lo cierto”, desprovista de argumentos. Por lo que facciones de quienes poseen la bandera de la lucha contra los sentidos externos encarnada mantienen un ferviente discurso anti-religioso, pero no ven la contradicción al mantener a su vez otras creencias metafísicas como las energías, el karma, el destino, la astrología, etcétera. Esto implica dividir al dualismo posmodernismo/modernismo en diferentes ámbitos, pudiendo, por ejemplo, identificarse con el político de manera explícita, convirtiéndose en un rasgo de la personalidad, a la par que se ignora la comunión con principios filosóficos rectores del modernismo, un mundo existente, tangible, con reglas plausibles de ser conocidas en su totalidad. Análogamente, también abundan, en los medios mencionados, posiciones tradicionales, contrarias a los cambios sociales y nostálgicas de los valores históricos que se vienen discutiendo en las últimas décadas, pero que reniegan de la existencia de las arkhés, un conservadurismo laico.
En el campo político, vemos como la división de izquierda y derecha pierde efectividad dando lugar a categorizaciones más dimensionales (aunque no menos clasificatorias) como las que implican un eje económico y otro social. De esta manera, es posible tomar los partidos políticos de cualquier país y ubicarlos en un eje cartesiano que conforma cuatro cuadrantes: liberales de izquierda, liberales de derecha, autoritarios de izquierda y autoritarios de derecha. Dependiendo de la posición discutida, puede haber mayor consenso en el eje X o en el Y, es decir, un énfasis en la diada izquierda/derecha o liberal/autoritario. Es habitual ver en programas de entrevistas o canales de YouTube a intelectuales de izquierda clásicos, socialistas/socialdemócratas que encarnan el pensamiento intelectual ateo del siglo XX, como Stephen Fry o Bill Maher criticar abierta y duramente las políticas/ideas que proclaman el monopolio de la izquierda actual, políticas identitarias que asumen un rol propio de la moralina que solían discutir. Figuras y partidos históricos asociados a la izquierda fueron reubicados en la centroizquierda, el centro, o, incluso, la centroderecha por los referentes de la nueva izquierda. De esto se desprende que decir: “Soy X” hoy en día no nos dice mucho sobre las ideas de nuestro interlocutor.
Por las limitaciones de la dualidad modernismo/posmodernismo; la esterilidad de la discusión intelectual, deformada en una riña, y la pérdida de vigencia de estas categorías como rasgo identitario por la difuminación de sus características definitorias, considero necesaria la emergencia de un paradigma superador. El arte nos ha proporcionado una perspectiva con la capacidad de trascender esta dualidad aparentemente irreductible. El metamodernismo es una respuesta reaccionaria al posmodernismo, forjada en su propio seno, con las herramientas brindadas por el mismo. Esta filosofía toma los aportes del posmodernismo citados en el párrafo anterior y les sustrae su costado pesimista, negacionista, recurriendo (¡Vaya sorpresa!) al modernismo para poder devolverle a las personas la esperanza en la vida sin invitarlos a abrazar nuevamente la metafísica ni los demás elementos propios de la cosa en sí (aunque da espacio a que lo haga quien así lo desee).
De esta manera, se considera efectivo que no existen las “almas gemelas” en el sentido de que no estamos destinados a una persona, ni podemos ser “felices” solo con un x incógnito que conoceremos en cierta época de nuestra vida; pero si podemos crear artificialmente nuestra concepción de alma gemela de compartirla con la otra persona. En la película Her, el protagonista se enamora de una inteligencia artificial, de una voz en su teléfono y, si bien sabe que no es una persona real, en el sentido convencional de la palabra, desarrolla sentimientos por ella, para él esa relación es real y lo hace feliz, pero el valor de esta interacción recae en su carácter completamente singular, él no reniega de las relaciones tradicionales entre humanos, ni milita las relaciones con IA, simplemente habita su realidad. Un ejemplo burdo de los alcances de este enfoque que permitiría tomar al posmodernismo como punto de inicio para dar forma a las nociones modernas que encajen con nuestra perspectiva idealizada de la realidad, siendo conscientes de que esto es creación y no un aspecto inherente a la existencia.
Podemos considerar que ciertas nociones de familia, roles sociales, requisitos de felicidad, etcétera. fueron constructos sociales que surgieron en la historia como podrían no haberlo hecho, pero, de todas maneras, abrazarlos y crearlos en la ficción individual. Se puede ser liberalmente (en el sentido del llamado progreso) conservador sabiendo que se crea ese camino, no se lo escoge, a la vez que se puede ser progresista, entendiendo que esa tampoco es la mejor elección, sino UNA elección.
En definitiva, todos podemos prosperar respetando la diversidad de subjetividades, impulsando y persiguiendo nuestro proyecto de vida individual y reconociendo en el mismo su carácter de ficción personal, restándole toda connotación propia de la esencia, de la verdad absoluta. Los autores de este enfoque, Timotheus Vermeulen y Robin van den Akker (2010) postulan que mientras abrazan elementos posmodernos como la ironía, el escepticismo y la autoconsciencia, consideran al paradigma en un punto de agotamiento, necesitando de una visión más compleja y matizada. En consecuencia, buscan restablecer el sentido de la esperanza, la sinceridad y el compromiso con grandes narrativas o ideales.
El arte metamoderno (literatura, música, cine y artes visuales) se caracteriza por combinar elementos de diferentes estilos y épocas, a menudo fusionando lo antiguo con lo nuevo, lo analógico con lo digital, lo abstracto con lo narrativo. Los artistas metamodernos suelen explorar temas como la identidad, la ambigüedad, la nostalgia, la fragmentación y la búsqueda de significado en un mundo cada vez más complejo y conectado. Se plantea la creación de narrativas como el punto medio entre la alabanza a las arkhés y la desesperanza y sinsentido absoluto, entre la incredulidad y la creencia, entre el cinismo y la sinceridad. La vida tiene un sentido, un camino, está repleta de ideales y de valores, solo que los mismos son singulares, no universales. La pretensión de universalidad es una característica moderna, mientras que la posmodernidad ha llegado a asemejar las nociones de valores, virtudes y dignidad con posiciones recalcitrantes o con un intelecto limitado.
El metamodernismo reconoce la complejidad del mundo. No plantea una vuelta a la hegemonía de la ciencia y la razón como único conocimiento válido y faro del progreso como se dio en la modernidad, pero tampoco plantea el absurdismo de todo descubrimiento o invención. Plantea a la ciencia como una herramienta válida para mejorar nuestra comprensión de la existencia, solo que no es la única herramienta, ni siquiera la más importante, debiendo compartir su lugar con otras fuentes de conocimiento como el arte. Las experiencias estéticas son vitales en el metamodernismo, por la posibilidad de interpelarnos, de contar con un rasgo de humanidad difícilmente hallable en otras disciplinas, por permitir la emergencia de saberes singulares, en detrimento de la universalidad de la ciencia. Mientras la ciencia busca leyes, conocimientos universales, una expresión artística por sí sola (un cuadro, una novela, una película) permite ser apropiada, interpretada y vivenciada de tantas maneras como receptores tenga, incluso permite un nivel de interacción mayor, el experiencial, ya que permite la intertextualidad constante, el receptor también es emisor, ya que puede dejar su impronta y modificar el producto original. Las posibilidades individuales (y colectivas bajo premisas compartidas) son la evolución de la aspiración al progreso universal y el derrotismo compartido.
Los párrafos anteriores pueden dar la sensación de que el metamodernismo es una corriente de pensamiento estrictamente individual, pero, si bien es cierto que da libertad a las narraciones singulares, las mismas son una figura delante de un fondo. Frente a la homogeneización como consecuencia de la globalización, el metamodernismo busca celebrar las diferencias y reconstruir la identidad, tanto personal como colectiva. No reniega de la historia ni la ve como inferior al punto actual, trampa del posmodernismo que lo lleva a plantear un progreso lineal, crítica hecha a la modernidad. La historia permite entender y complejizar quienes somos en la actualidad. Quién es una persona con nombre y apellido, pero también qué implica ser hombre, mujer, argentino, chino, estadounidense, heterosexual, homosexual, no binario, clase media, etcétera. Permite explorar las múltiples facetas de la identidad, como el género, la sexualidad, la etnia, la clase social y la nacionalidad, así como la intersección entre ellas, sin que esto implique conclusiones absolutas ni categorías estancas (modernidad) ni la negación de toda categoría por considerarla limitante (posmodernidad). La metamodernidad habilita todo diálogo posible, no realiza juicios a priori, ni prohíbe voces o discursos por considerarlos contrarios a las posiciones de las mayorías o de minorías vulneradas.
El metamodernismo encarna una ética de la singularidad contraria a la moralidad de lo particular. No plantea un universo agotable, reductible a las posiciones contenidas y sus contrapartes. Las singularidades no pertenecen a la lógica del conjunto vigente hasta ese momento, pudiendo interpelarla y transcender los límites del universo en cuestión, creando un universo nuevo. No son ni A, ni –A, ni afirman ni niegan una posición determinada, son un modo de habitar la existencia diferente, que no necesita apelar a constructos preconcebidos, sino que puede crear los propios. El psicólogo argentino Juan Jorge Michel Fariña (2004) plantea que no existe lo universal sino a través de lo singular y lo singular solo es una de las infinitas formas posibles de realización de lo universal. Lo universal refiere al rasgo propio de la especie humana, su carácter simbólico. En cambio, lo particular es un efecto de grupos, un sistema de códigos compartidos. Se utiliza el término moral para describir los sistemas de valores, reservando la denominación de ética para la disciplina que estudia dichos entes. Modernidad y posmodernidad son sistemas de valores que nos dictan como pensar ante problemáticas específicas, uno plantea el A y el otro el – A, blanco y negro, a favor o en contra. La metamodernidad permite recortar el carácter simbólico de nuestra especie, el universal que nos hace humanos, en una narrativa singular, única, capaz de adoptar sistemas de pensamientos, pero permitiendo su modificación, entendiendo su carácter artificial y limitando su aplicación a la existencia personal. Los singulares no hacen escuelas, no se enseñan, se ejercen, se viven. Son la posición de un sujeto frente a su soledad, frente a lo que está dispuesto a afirmar y firmar. Al decir de Alejandro Ariel (1994), proponen otro plano de existencia, son atemporales, atemáticos y existenciales (producen una posición nueva). No son contrarios a las posiciones propias de la moral, no pretenden suplantarlas, sino desorganizarlas. De buscar reemplazarlas serían el –A de su A, cayendo en un nuevo binomio, una nueva dualidad irreductible, estéril, limitante. Mientras que la modernidad y la posmodernidad son máquinas creadoras de ideología, la metamodernidad es una fuerza política, entendiendo a la misma como la intervención en la polis. La existencia personal es un acto político, una actitud transformadora que no busca afiliados. Esto es lo singular, la capacidad creadora, la posibilidad de actuar por fuera de los límites del universo moral. Los singulares no son individuales. Lo que hace Juan o María en su vida no es un singular, sino la capacidad de recortar la universalidad del simbolismo que nos humaniza en acciones, de afirmar la existencia, sin negarla ni vivirla bajo preceptos impuestos. Los individuales son uno más, término previsible, nombrable, puesto en serie por la propiedad que regula su agrupamiento. Los singulares hacen desfallecer las capacidades clasificatorias de la lengua de la situación, cuando ese algo no se deje contar como individuo por ninguna de las propiedades vigentes. Lo singular hace tambalear las consistencias previamente instituidas.
En conclusión, la metamodernidad permite la co-existencia de diversas ficciones sobre lo que la realidad es, los valores, la dirección del mundo y nuestro lugar en ese camino. Sin embargo, reconoce la artificialidad de esos conceptos, circunscribiendo su validez a la esfera individual o colectiva, pero sin eficacia universal. Permite escapar de la imposición de sentidos externos, así como de la desesperación nihilista. Es una ética de la celebración de la existencia, de la construcción de narraciones, la forja de la identidad y la búsqueda y aplicación de los ideales atesorados. Una política contraria a la legislación basada en cosmovisiones personales y, en consecuencia, ajena a la imposición. Una praxis del respeto y la tolerancia, así como de la defensa de la libre práctica de la existencia construida. Una ficción donde quepan todas las ficciones. Una ficción cuya naturaleza artificial no implica que no sea genuina, válida, real.
Bibliografía
Ariel, A. (1994). El estilo y el acto. Ediciones Manantial.
Fariña, J. J. M., Leukowicz, I., Gutiérrez, C., & Mosca, J. C. (2004). Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba.
Jalfen, L. J. (1996). Las tramas del mundo. Galerna.
Vermeulen, T., & Van Den Akker, R. (2010). Notes on metamodernism. Journal of aesthetics & culture, 2(1), 5677

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¿Crisis adolescente o crisis social? Una reflexión histórica sobre el joven como “problema”
por Bárbara Cabrera
Hay una escena que parece repetirse a lo largo de la historia. Una generación mira a la siguiente con una mezcla de desconcierto y preocupación. Los adultos hablan de rebeldía, inestabilidad e impulsividad. Se repite la misma sospecha: algo en los jóvenes parece desbordar el orden establecido. Entonces aparece una explicación aparentemente simple. Se dice que es la adolescencia, una etapa inevitable de crisis, marcada por cambios emocionales, biológicos y psicológicos que todos los seres humanos deben atravesar.
Pero cuando uno mira la historia con un poco más de atención, la escena empieza a verse diferente. Y surge una pregunta incómoda: ¿la adolescencia es realmente una etapa de crisis inevitable o es la sociedad la que entra en crisis cada vez que aparece una nueva generación? Tal vez la pregunta puede formularse de una manera todavía más inquietante: ¿la adolescencia es una etapa problemática de la vida o es la forma en que las sociedades intentan domesticar la potencia transformadora de la juventud?
Pensar la juventud de esta manera cambia ligeramente el punto de vista. Los jóvenes dejan de aparecer únicamente como individuos que atraviesan una fase biológica para convertirse también en una fuerza social. Encarnan lo nuevo frente a lo viejo, el cambio frente a la estabilidad, la posibilidad frente a la costumbre. Cada generación llega al mundo con experiencias distintas, con preguntas que todavía no tienen respuesta y con una relación diferente con la realidad que hereda. En ese sentido, más que una crisis natural e inevitable, la llamada “crisis adolescente” podría ser el reflejo de una tensión más profunda entre el deseo de continuidad de las sociedades y la aparición constante de algo nuevo que amenaza con transformarlas.
A lo largo de la historia, las sociedades han construido imágenes muy específicas sobre lo que significa ser joven. En muchos momentos, la juventud ha sido presentada como una fase problemática que necesita ser corregida, vigilada o guiada por los adultos. Sin embargo, cuando se observan estos discursos con cierta distancia histórica aparece otra posibilidad: tal vez el joven no sea el problema en sí mismo, sino lo que representa para el orden social existente.
Curiosamente, durante gran parte de la Europa medieval la adolescencia como etapa diferenciada prácticamente no existía. Los jóvenes pasaban relativamente rápido del mundo infantil al mundo adulto a través del trabajo, el aprendizaje de oficios o el matrimonio. La edad biológica importaba menos que la función social que cada persona cumplía dentro de la comunidad. El historiador Philippe Ariès estudió este fenómeno en su libro Centuries of Childhood, donde sostiene que las etapas de la vida —como la infancia o la adolescencia— no son realidades universales e inmutables, sino construcciones históricas. Las sociedades definen esas categorías según sus propias necesidades culturales, económicas y políticas.
Algo parecido señaló el sociólogo Pierre Bourdieu cuando escribió que “la juventud no es más que una palabra”. Con esa frase sugería que las categorías de edad no describen una realidad natural homogénea, sino que agrupan situaciones sociales muy distintas. No todos los jóvenes viven la juventud de la misma manera: las condiciones económicas, culturales y familiares influyen profundamente en cómo se experimenta esta etapa. Desde esta perspectiva, la juventud comienza a aparecer como un problema cuando deja de encajar con claridad dentro del sistema social existente.
Ese desajuste se volvió especialmente visible durante el siglo XIX, en pleno proceso de industrialización. La migración masiva del campo hacia las ciudades y las largas jornadas laborales de los adultos produjeron una situación social nueva: miles de niños y adolescentes pasaban gran parte del día sin supervisión familiar. La ciudad industrial estaba llena de jóvenes que trabajaban de manera precaria, deambulaban por las calles o simplemente ocupaban un espacio social difícil de clasificar. En ese contexto surgió una narrativa que se repetiría muchas veces a lo largo de la historia: la del joven urbano peligroso. Niños y adolescentes pobres comenzaron a ser descritos como vagabundos, delincuentes potenciales o amenazas para el orden social.
Frente a ese miedo aparecieron instituciones destinadas a intervenir sobre ellos: reformatorios, tribunales juveniles, sistemas de escolarización obligatoria. El criminólogo Anthony Platt analizó este proceso en su libro The Child Savers: The Invention of Delinquency y mostró algo bastante revelador: muchas de las políticas que afirmaban buscar la protección de los jóvenes pobres respondían en realidad a la necesidad de controlar y normalizar su comportamiento. Este fenómeno también puede entenderse a la luz del pensamiento del filósofo Michel Foucault. En obras como Discipline and Punish, Foucault analizó cómo las sociedades modernas desarrollaron lo que llamó sociedades disciplinarias, donde instituciones como la escuela, la cárcel, el hospital o el cuartel funcionan como dispositivos destinados a observar, clasificar y normalizar la conducta de los individuos.
La historia argentina ofrece un ejemplo bastante claro de esta lógica. En 1919, en el contexto de la agitación social que rodeó a la Semana Trágica, se sancionó la Ley de Patronato de Menores impulsada por el médico y diputado Luis Agote. Esta ley permitía que el Estado interviniera sobre niños y adolescentes considerados “abandonados”, “vagabundos” o “moralmente peligrosos”. El problema era que esas categorías eran tan amplias que podían aplicarse prácticamente a cualquier joven pobre que pasara tiempo en la calle. La socióloga Sandra Carli muestra en su libro Los menores en la historia argentina cómo la figura del “menor peligroso” fue utilizada para justificar políticas de tutela y control sobre las juventudes populares. A este clima de preocupación social también contribuyeron ciertas teorías científicas del siglo XIX. El médico italiano Cesare Lombroso sostenía que los criminales podían identificarse a partir de características físicas. En su obra L’uomo delinquente afirmaba que rasgos como la forma del cráneo o la mandíbula podían revelar una predisposición natural al delito.
Hoy estas ideas están completamente desacreditadas, pero durante mucho tiempo contribuyeron a reforzar la idea de que ciertos individuos —con frecuencia jóvenes pobres— poseían una tendencia natural hacia la desviación.
El miedo social hacia la juventud reapareció una vez más a mediados del siglo XX. En Estados Unidos, durante la década de 1950, se produjo un fuerte pánico moral en torno a la delincuencia juvenil. Películas como Rebel Without a Cause mostraban al adolescente como una figura rebelde incapaz de adaptarse al mundo adulto. El historiador James Gilbert mostró en su libro A Cycle of Outrage: America’s Reaction to the Juvenile Delinquent cómo estas reacciones aparecen de manera cíclica a lo largo del tiempo.
Sin embargo, el temor de muchas sociedades se hizo todavía más evidente cuando los jóvenes comenzaron a organizarse políticamente. Durante las Protestas de Mayo de 1968, miles de estudiantes cuestionaron el autoritarismo universitario, el capitalismo y las jerarquías culturales existentes.
En las sociedades contemporáneas parece haber surgido otra estrategia para lidiar con la incomodidad que produce la juventud. Mientras que en otros momentos históricos la respuesta predominante fue la disciplina o la criminalización, el capitalismo actual ha desarrollado un mecanismo más sutil: la captura de la juventud a través del consumo. En lugar de reprimir directamente la energía juvenil, el sistema económico tiende a integrarla dentro del mercado. La cultura juvenil se convierte así en uno de los motores más poderosos de la industria cultural. La música, la moda, las redes sociales y las plataformas digitales producen constantemente estilos, símbolos e identidades dirigidas a los jóvenes.
En este contexto ocurre algo curioso: la rebeldía misma puede transformarse en mercancía. Aquello que alguna vez fue un gesto de ruptura puede ser rápidamente absorbido por la lógica del mercado y convertido en tendencia. Como sugiere el sociólogo Zygmunt Bauman, en las sociedades contemporáneas los individuos tienden a integrarse principalmente como consumidores. La juventud se convierte entonces en uno de los públicos más activos y codiciados del capitalismo cultural.
De esta manera aparece una paradoja extraña. Los jóvenes siguen siendo, al mismo tiempo, objeto de sospecha social y uno de los mercados más valiosos de la economía contemporánea. Se los teme, pero también se los necesita.
Si se observa la historia con cierta distancia, resulta difícil sostener que la adolescencia sea simplemente una etapa biológica de crisis inevitable. Lo que parece repetirse, más bien, es la incomodidad de las sociedades frente a una fuerza que constantemente amenaza con alterar su equilibrio. Los jóvenes representan la posibilidad de lo nuevo. Encarnan preguntas que todavía no han sido respondidas y deseos que aún no han encontrado su lugar dentro de las normas existentes. Por eso, cada generación adulta intenta de distintas maneras domesticar esa energía: disciplinándola, medicalizándola, criminalizándola o integrándola al consumo.
Y sin embargo, algo siempre se escapa.
Porque la juventud es, en el fondo, el momento en que una sociedad se encuentra con su propio futuro. Y el futuro, por definición, nunca llega obedientemente. Siempre llega con preguntas nuevas, con dudas inesperadas y con la silenciosa sospecha de que el mundo podría ser distinto.
Tal vez por eso cada generación adulta vuelve a mirar a los jóvenes con la misma mezcla de inquietud y fascinación. No porque los jóvenes estén en crisis. Sino porque cada vez que aparecen, la historia vuelve a moverse.
Referencias bibliográficas
Ariès, P. (1962). Centuries of Childhood: A Social History of Family Life. New York: Vintage Books.
Bauman, Z. (2007). Vida de consumo. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Bourdieu, P. (1984). La juventud no es más que una palabra. En Sociología y cultura. México: Grijalbo.
Carli, S. (2002). Los menores en la historia argentina. Buenos Aires: Miño y Dávila.
Foucault, M. (1975). Discipline and Punish: The Birth of the Prison. New York: Pantheon Books.
Gilbert, J. (1986). A Cycle of Outrage: America’s Reaction to the Juvenile Delinquent. New York: Oxford University Press.
Lombroso, C. (1876). L’uomo delinquente. Torino: Bocca.
Platt, A. M. (1969). The Child Savers: The Invention of Delinquency. Chicago: University of Chicago Press.

Foto de carlos guevara
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